Soy mano: “La espera de nadie”

por Graciela Labale

9 de abril de 2016 - 00:00

En homenaje a Alejandro Haddad, alias “El ravino”


Montado en su bicicleta llegaba cada día a Villa Astolfi desde su Villa Urquiza, con el guardapolvo blanco y su título de maestro recién estrenado. Venía en el furgón del tren cuando los 2000 acechaban con el fantasma del hambre y la desocupación y cuando, al menos para mí, la escuelita abierta ya tenía un final anunciado.
Su mochila estaba cargada de sueños libertarios y muy rápidamente se aquerenció del barrio y de su gente que aún hoy lo recuerda con mucho cariño, a pesar de lo breve de su paso por ahí. Un par de años bastaron para alguien como él. Amante de la lectura y de las chacareras, de Carlos Mugica y las Madres de Plaza de Mayo, tímidamente y con mucho respeto, empezó a contarme sus deseos de convertirse en maestro rural en la Patagonia y de su otra enorme pasión, la literatura. Fue así como, junto a otros amigos, compartimos varias giras bohemias regadas de vino barato, poemas y guitarras nocheras, en momentos donde ése era el único refugio ante el dolor del recién estrenado “que se vayan todos”.
Al tiempo decidió seguir su camino, no sin antes dejar una profunda huella en mi corazón. Lo esperaban las escuelitas olvidadas en los lugares más postergados y el mundo entero a través de su otra pasión, la cámara de cine que lo llevó hasta Kurdistan y a la cruda vida de aquellos pueblos de luchas ancestrales también olvidados por la historia oficial. En medio de esta breve historia, por agosto de 2001, llegó su libro: “La espera de nadie”.
A poco de todo esto, su vida intensa comenzó a apagarse. Un cáncer furioso, al que le presentó dura batalla, ganó la partida y hoy quién sabe en qué estrella estará cantando, bailando y contando historias como ésta.
 “Te recuerdo y me persigo. En este rincón oscuro, en esta habitación repleta de ángeles carceleros y demonios protectores. Las paredes húmedas, con ese charco de licor en el piso que no pienso limpiar, porque no pienso moverme de aquí ni siquiera para alcanzar aquel vaso de angustias que se hace llamar güisqui, cómplice de esta sequedad en la boca junto con el tabaco… Voy a ahogarme en el sudor que me cubre, me hundiré en el pecho si es necesario, si el corazón no entiende lo aceleraré hasta fundirlo, pero ya no más para vos, no voy a dejarlo latir por vos”.
Demoré bastante en escribir esta columna, a los dolores hay que ela-borarlos, recién ahí aparecen las palabras. Gracias Ale, ¡gracias ravino!
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