“Considero valor cada forma de vida, la nieve, la frutilla, la mosca/Considero valor el reino mineral, la asamblea de las estrellas/Considero valor el vino mientras dure la cena, una sonrisa involuntaria/el cansancio de quien no se salvó, dos ancianos que se aman/Considero valor aquello que mañana no valdrá más nada…/y aquello que hoy aún vale poco/Considero valor todas las heridas/Considero valor ahorrar agua, reparar un par de zapatos/callar a tiempo, acudir a un grito, pedir permiso antes de sentarse,
Octubreando: Historias vividas
por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
/sentir agradecimiento sin recordar porqué/Considero valor saber en una habitación dónde está el norte/cuál es el nombre del viento que está secando la ropa/Considero valor el viaje del vagabundo, la clausura de la monja,/la paciencia del condenado, sea cual sea su culpa/Considero valor el uso del verbo amar y la hipótesis de que exista un creador/Muchos de estos valores no los he conocido”.-
Las manos ásperas, duras, del albañil que fue, no armonizan con sus ojos azules y figura magra de anglosajón, pero sí con el peculiar hablar y su rostro tostado por el sol de Nápoles. Ciudad a la que ama y se halla presente en cada una de sus obras, porque Erri de Luca nació en esa Italia tan distinta a la otra Italia. Perteneció a la generación setentista que se reveló por un deseo de justicia y vergüenza ante tantas desigualdades, sintiendo que hoy forma parte de una generación derrotada. Escritor tardío, comenzó a publicar, cuando había dejado muy atrás sus treinta años de vida. Su escritura es seca, concisa, reacia a adjetivar, son historias vividas, olvidadas y después recordadas, (como suele decir).
“Comencé a escribir para tener compañía y ahora sigo escribiendo igual. Escribo historias del pasado y, mientras lo hago, habito otra vez en ese pasado. Mientras escribo, estoy con personas que, para el lector, son personajes, pero para mí, han sido personas. En ese momento estoy escribiendo para esas personas. Cuento mi versión de aquella historia común que hemos vivido. Es mi manera de hacer que la vida acaezca una segunda vez”, nos supo decir.
“¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí/al estruendo terrible de trompetas y clarines?/Perdona, Dios, pero me consuelo pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,/lo anunciará el simple canto de un gallo...
/Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento.../La primera en levantarse será mamá.../ La oiremos encender silenciosamente el fuego/poner silenciosamente el agua sobre el fogón/y coger con sigilo del armario el molinillo de café. Estaremos de nuevo en casa”. (“Resurrección”)