OCTUBREANDO: Si los escritores depusieran su palabra…

19 de abril de 2016 - 00:00


Nadie duda que Shmuel Yosef Agnon (1888-1970) sea el fundador de la literatura moderna israelita. Galardonado  dos veces con el prestigioso Bialik, en 1966 se le concedió el Premio Nobel de Literatura en reconocimiento a su amplia obra sobre la tradición de su pueblo y la transición del judío de la diáspora a la Tierra Prometida, se puede afirmar que la memoria de Israel vive en sus cuentos.
Nacido en Galitzia, Polonia, a la edad de ocho años comenzó a escribir en hebreo e idish, publicando a los quince años. Cumplida su mayoría de edad, atraído por el ideal sionista, decide instalarse en Palestina, donde residió hasta su muerte. Agnón, (cuyo nombre real era Shmuel Yosef Czaczkes), ejerció y sigue ejerciendo, a través de su obra, una fuerte influencia en escritores de la talla de Amos Oz, A.B. Yehoshua, David Grossman, Meir Shalev y otros.
(…) ¿qué razón impulsa a los que dejan sus hogares y van de un lugar a otro? ¿Es una primera ley de nuestra experiencia o una engañosa ilusión que como reza el viejo proverbio: ‘Tu felicidad está donde no estás tú’?” (Agnon. “Edo y Enam”).
Directa, contundente y sencilla, su escritura se destaca por la excelencia de sus metáforas, profundizando en las pasiones, en los interrogantes existenciales y espirituales de su pueblo. Con un extenso conocimiento de las tradiciones judías, (tal vez aprendida de su padre rabino), y una moderna forma del idioma hebreo, crea una obra basada en la destrucción de la vida tradicional de su pueblo, pérdida de fe e identidad, en un tono por momentos trágico o grotesco, donde siempre está presente la guerra y el Holocausto, tanto como las tensas pasiones que agitan la religiosidad de su pueblo.
“De los lugares secretos de la noche, llegó el silencio y se enroscó a mi alrededor hasta que pude ver y tocar la tranquilidad.” (Agnon. “Edo y Enam”).
Sus críticos lo consideran creador de la literatura paradójica. Sus cuentos y novelas no son realistas ni naturalistas, ni costumbristas, se los puede enmarcar en el realismo fantástico. Sus personajes son seres solitarios y a veces al borde de la esquizofrenia, que aunque creen estar solos, están acompañados por todo un pueblo que pasa por las mismas situaciones. Aplica la ironía como una manera de distanciarse de esa realidad que conduce al absurdo.
“Por un momento ella se quedó en la cama pensando en su madre, quien, aunque enferma toda su vida y apenas capaz de ganarse la vida, nunca les pidió a sus primos nada. Si uno de sus vecinos le decía, -Tú tienes parientes ricos, por qué no les dejas saber que existes-, ella les contestaba con una sonrisa, -¿Sabes qué es lo mejor de los parientes ricos? Que tú no tienes que mantenerlos.” Fragmento “Una simple historia”. 

 

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