El largo día del profesor Landi

Cuento de Mauro Peverelli.

10 de abril de 2016 - 00:00

 Cuando me enteré de la muerte del profesor Landi, lo primero que me vino a la memoria, antes que su figura, su cara o su aspecto, fue aquella expresión abatida, aquel aire desganado y taciturno que transmitía en su conversación y sus gestos las últimas veces que tuve ocasión de hablar con él. Se ahorcó, lo encontré muerto al mediodía… cuando fui a avisarle que estaba el almuerzo, me dijo doña Ester, por teléfono, en una conversación entre horrorizada y lacrimosa unos días después de la tragedia. Doña Ester acudía a su casa al menos dos veces a la semana, desde hacía unos veinte años, desde que Landi dejó la universidad y se instaló definitivamente en aquel pueblo de Entre Ríos, para cocinar y ocuparse del orden y la limpieza. El profesor me había hablado de aquella casa, de la laguna, del viejo nogal que había crecido a orillas de ese cañadón al que él llamaba laguna. Yo conocía, sin haber ido nunca, cada uno de los rincones, cada patio, el momento en que la sombra de aquel árbol inmenso pisaba el principio del camino que llevaba a los jardines, al laborioso entretejido de la parra cargada de uvas. El primer día del verano llega a las diecinueve y quince, me decía el profesor, con una precisión que lo mantenía más preocupado que las clases de antropología, en su departamento de la calle Azopardo. Señalaba el largo de la sombra en la pintura y me explicaba la exacta ubicación del sol en ese momento.


El profesor Arturo Ezequiel Landi ya era una eminencia en el terreno de la investigación antropológica a fines de la década del setenta. Sus trabajos e indagaciones se publicaban en las revistas especializadas de mayor prestigio alrededor del mundo. Durante los últimos años de esa década, y por razones políticas, tuvo que emigrar del país en un exilio que se prolongó por algo más de seis años. Yo lo conocí a su regreso, en 1984, cuando la efervescencia y las expectativas por la vuelta de la democracia ganaban los claustros académicos. En la misma proporción crecía también, durante aquellos primeros años de su retorno al país, la pérdida del entusiasmo por la carrera a la que había consagrado su vida. Había sabido distinguir, en el curso que tomaban las nuevas direcciones de la currícula universitaria, cómo ésta marchaba hacia un deterioro en la calidad y una pobreza en los objetivos. Valoro su optimismo, Peverelli, me dijo una tarde. Caminábamos por la calle Viamonte, para el lado del bajo. Pero si la antropología, continuó diciendo, sigue empecinada en discutir los fechajes y dataciones con que, a principios de siglo, Canals Frau pretendía distanciarse de Imbelloni… si insiste en nominar de tal o cual manera a antiguas poblaciones como los Pámpidos o los Fueguinos, en lugar de pensar qué es lo que de todo aquello nos sirve para mirar hacia delante, para avanzar en líneas que aporten a consolidar una mirada plural y heterogénea sobre nuestra identidad… si seguimos así no hay ningún futuro. Ese era el tono; con esa cadencia solía hablarme de una pasión que lo estaba abandonando a medida que pasaban los días. Una vez me lo encontré en un bar del bajo. Yo estaba tramitando la carta de embarque porque quería ingresar en la Marina Mercante y así encontrar una manera viable de recorrer el mundo. El curso para conseguirla se hacía en unas oficinas del viejo Puerto Madero; estaba entre galpones abandonados y grúas en desuso, cerca del comienzo de la avenida Independencia. El profesor se asombró cuando le conté aquella idea y cuando, casi a modo de confesión, también le dije que no estaba seguro de seguir con la carrera porque lo que quería, en realidad, era escribir. Si piensa dedicarse a cualquiera de las disciplinas que están relacionadas con el arte, me dijo, detrás de un pocillo de café, y mirando hacia la avenida Huergo, lo mejor es que se aleje cuanto antes de la academia. Fue esa misma tarde cuando el profesor me contó, a lo mejor alentado por aquel comentario sobre mis aspiraciones literarias, que él pintaba, que había encarado aquel proyecto desmesurado de pintar un día entero de un árbol que había a orillas de una laguna. Allí fue cuando me reveló lo de la casa. Me contó que la había comprado con unos dineros reunidos de su trabajo en un par de universidades europeas, que estaba tramitando la jubilación italiana y que, cuando eso se concretara, se retiraría al campo a pintar. Yo vi en su departamento el primero de sus cuadros terminado. Es el de las siete de la mañana, me dijo y después me mostró el boceto con el proyecto entero. Eran 24 cuadros, uno por hora, y que, a la manera de los impresionistas, registrarían el progreso y la declinación de la luz de un largo día de verano, con sus horas calcinadas y su noche azul y profunda. Los cuadros, una vez terminados, cubrirían la pared más amplia de su casa de campo. 
Pero eso fue más adelante. Durante aquella tarde, mientras caminábamos por San Telmo, el profesor me habló por primera vez de la muerte. Los proyectos de la vejez son siempre más pobres y menos ambiciosos, me dijo; por más que parezcan interesantes carecen siempre del entusiasmo y la expectativa que tienen cuando somos jóvenes… mire, agregó enseguida. Se detuvo en mitad de la vereda y me señaló una esquina antigua. Aquí vivió el general Mansilla, el héroe de la Vuelta de Obligado en tiempos de Rosas; cuando a esta parte de la ciudad la asoló la fiebre amarilla, a fines del siglo XIX, el general pensó que se iba a morir y también encaró su proyecto para aquellos supuestos últimos días de vida. Seguimos caminando. Se compró un ataúd, lo guardó debajo de su cama y se puso a esperar la muerte.

Dos días después de aquella comunicación telefónica viajé a Entre Ríos. Iba a conocer, por fin, la casa. Doña Ester me había dicho que era la voluntad del profesor que yo me encargara de sus pinturas, que me había dejado también unas fotografías que retrataban cada una de ellas, y un artefacto en el que trabajaba y que, en su opinión, no tenía ningún uso práctico más que el de clasificar y guardar aquellas fotos sobre su trabajo de tantos años. El micro se detuvo en la ruta, en un parador. Me senté en una de las sillas que había en el inmenso playón de grava. Era una madrugada fresca pero agradable. Algunos pasajeros pedían café en aquel salón también enorme y vacío. 
Yo no pretendo ni quiero contagiarle mi escepticismo, Peverelli, me dijo el profesor, una tarde, en su departamento de la calle Azopardo. Yo miraba con detenimiento aquella pintura que él había titulado, sencillamente, 7 am. Había descubierto un pequeño defecto en la tela, una apenas perceptible mancha negra debajo de la copa del nogal que el profesor no parecía haber advertido. Se lo iba a decir cuando tomó un libro de su biblioteca y me lo entregó. Era una edición española del Viaje por América meridional, de Alcide d’Orbigny. Aun hoy conservo ese libro. El genial naturalista francés, me dijo, que recorrió estas pampas a principios del siglo XIX, unos años antes que Darwin, es, por lo menos en estas latitudes, un poco el padre de esta carrera… alcanzó a establecer, en sus estudios, que las poblaciones originarias de nuestro territorio, divididas y subdividas en distintos grupos étnicos y raciales, eran transatlánticas y mucho más antiguas que aquellas sobre las cuales, algunos investigadores norteamericanos, fechándolas en apenas quince mil años, postulaban que habían ingresado al continente por el estrecho de Bering. Yo notaba que el profesor, desde que le comenté que quería abandonar la carrera, se pensaba un poco responsable y trataba, entonces, de motivarme con aquellos comentarios. Pero estas eran sólo unas breves digresiones; enseguida volvía a aquellos temas que lo obsesionaban. Hablaba de la muerte, decía que el gesto más humano era el arbitrio, y que sólo el hombre tenía la potestad de tomar la decisión más drástica sobre su propio devenir.

Una línea clara, hacia el este, dejaba ver los primeros indicios del amanecer. El micro avanzaba algo lento porque había sectores de la ruta que estaban en obra. Dos años después de su llegada al país, y con las heridas de aquel exilio aun sin cicatrizar, el profesor Landi abandonó definitivamente la carrera y se mudó a Entre Ríos. Durante los años que siguieron lo vi de forma esporádica, cuando venía a Buenos Aires por algún trámite o para embarcarse a Europa en ocasión de un par de viajes que hizo, a fines de los noventa, a Italia. En los últimos encuentros su aspecto era ya bastante avejentado, lo transmitían su tono de voz y aquel aire abatido que resultaba de su conversación y en ocasiones sólo de su presencia. El contacto más fluido fue el que mantuvimos por correspondencia. Guardo todavía una carta suya donde habla, de manera muy interesante, sobre el anhelo de inmortalidad de los hombres. “Existe una única manera de trascender el propio tiempo”, dice en uno de sus párrafos, “y es a través de la experiencia artística. Hablo de experiencia porque se trata, precisamente, de lo que experimentan el artista y aquel quien consigue, mediante la apreciación de la obra, un entendimiento total de la misma. A veces hay momentos, en la experiencia de quien contempla una obra de arte, en que se produce una total identificación con aquello que el autor fue capaz de concebir, con esa densidad que siempre aparece edificada con la materia sutil e inasible que utiliza a la razón y a la construcción de conceptos sólo como precarios instrumentos de aproximación. Cuando eso ocurre, cuando el observador de una obra de arte: de un cuadro, de una melodía, de una vaga escena en una ópera, de un verso en aquél poema que lo conmueve, cuando el observador al fin, de pronto, entiende; allí, en ese preciso y mágico instante, no importan los años, los siglos que hayan pasado de dicha creación, pero es justo allí donde, por remoto que haya sido su tiempo, y en la conciencia de quien contempla, el artista, otra vez, de pronto, vive”.

Ni bien llegué al pueblo un auto me condujo hasta la casa. Estaba unos cinco kilómetros apartada del caserío y había que ir por un camino de ripio desparejo y polvoriento. Doña Ester estaba en la puerta esperándome. Me dijo, después de los saludos, que dejaríamos mis cosas en el cuarto del profesor. Ni bien entré a la casa me detuve, algo perplejo, ante aquella enorme pared de la sala totalmente cubierta con las pinturas. El largo día del profesor Landi, me dijo ella, de pie al lado mío, y casi compartiendo aquel azoramiento que me empujaba, de manera inevitable, a saltar la mirada de un cuadro al otro. Yo había visto el boceto con todo este monumental trabajo terminado y, también, lo había representado muchas veces en mi imaginación, pero estar en presencia de aquellas pinturas era algo indescriptible, el modo sutil en que los tonos diferían de un cuadro al otro, al punto de mirar dos pinturas juntas y pensar que se trataba de la misma, convertían la escena toda, cuanto menos, en irreal; y ello debido a que, cuando se observaba el conjunto, la diferencia entre el día y la noche era total. 
Antes de almorzar doña Ester me alcanzó unos papeles que el profesor me había dejado y me mostró aquel artefacto donde se guardaban las fotografías de los cuadros. Era un tanto raro, o, por lo menos, algo complejo para ser sólo un estuche de diapositivas: iban cuidadosamente ordenadas desde la última hasta la primera y tenía unos cristales sobre uno de los extremos que yo no alcanzaba a entender para qué servían. Mientras almorzaba me puse a leer los papeles del profesor. Había una carta donde dejaba instrucciones sobre el destino de sus posesiones; me pedía que conservara sus libros y, si no podía quedarme con los cuadros, que buscara la manera de tramitar una donación a la casa de la cultura de aquel pueblo. Allí están en este momento. Me detuve en unas consideraciones que me eran dirigidas de manera personal. “Fue únicamente con usted, Peverelli, con quien tuve ocasión de hablar de estas cuestiones”, escribía el profesor. “He llegado a pensar que hay una horrible falla en el diseño humano. No está preparado para la fatalidad. La vida es algo demasiado hermoso para abandonarla cuando uno ya ha aprendido a apreciarla en su compleja y maravillosa diversidad; debería ser ella misma la responsable de producir, al final del camino, las formas o los modos en que uno pueda llegar a aborrecerla para poder, al fin, dejarla ir aliviado, y en paz”. Me quedé pensando en estas palabras y dejé el resto de los papeles para revisarlos después, con más tranquilidad. Cuando terminé de almorzar doña Ester me dijo si quería conocer el lugar. La laguna, me dijo, si quiere podemos ir, es aquí cerca. Cuando salimos de la cocina, y volvimos a pasar por la sala, me detuve otra vez a contemplar los cuadros. Observé que en todos ellos, sin excepción, existía aquella mancha negra que, en el departamento del profesor, en Buenos Aires, y hacía ahora más de veinte años, me había parecido una falla o un defecto en la tela. Se trataba de unos pequeños trazos oscuros, todos de diferente forma y tamaño, debajo de la copa de aquel viejo árbol. Caminamos a lo largo de unos cien metros, por el campo, hasta que pude divisar el nogal antiguo. Doña Ester me contaba que el profesor, durante años, recorrió esa distancia casi a diario. Cuando llegamos me puse a contemplar el sitio y a tratar, sin haberlo planeado, de establecer la comparación de ese momento, con algunas de las pinturas de la sala. Debería de estar ubicado cerca del centro de la pared, pensaba. Fue ahí, me dijo, de pronto, y sacándome de mis especulaciones, doña Ester. El qué, le pregunté. Fue ahí donde lo encontré, vine a buscarlo, para que fuera a comer, y estaba allí colgado de aquella rama del árbol, y me señaló el viejo nogal imponiéndose sobre el principio de la tarde.
Fue entonces cuando, de golpe, lo entendí todo: aquél prematuro abatimiento del profesor, que arrastraría después durante años, sus conversaciones sobre la muerte, sus cartas, aquel proyecto con que había decidido, desde hacía más de dos décadas, ejecutar aquello a lo que él mismo llamó el gesto más humano. No es un estuche, dije, en voz alta, es un proyector. Doña Ester me miró sin comprender. Volví corriendo hasta la casa. Me puse a revisar los papeles del profesor hasta que lo encontré. En un sobre cerrado estaba el plano donde explicaba cómo funcionaba aquel artefacto. Fui hasta la mesa de la sala donde estaba ubicado. Era justo frente a una pared blanca, con la distancia perfecta. Doña Ester me miraba armando las piezas. Tiene que haber un cable, le dije. Ahí, en el cajón de la mesa, contestó ella. Lo enchufé. Apague la luz, por favor, le pedí una vez que acomodé cada una de las veinticuatro diapositivas en el proyector. Apreté la perilla que tenía el cable y la imagen del profesor apareció, nítida, cuando cada una de las manchas de color negro se ordenaron, de manera perfecta, atravesadas por la luz, debajo de la copa del nogal inmenso. 
 
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