OCTUBREANDO

La Juana*

de Horacio Pettinichi [email protected]

Por Redacción Pilar a Diario 14 de diciembre de 2016 - 00:00
Se fue muriendo de a poco, a tranquitos cortos nomás. Algunos alegan que nunca murió, que aún vive en un ranchito perdido en medio del monte, otros, dicen que siempre existió; cuentan que cuando los más ancianos apenas asomaban un jeme del suelo, ella ya andaba enhuellando la vida, asida a la pollera de la Alejandrina, su abuela.  
Con ella aprendió de los yuyitos que curan, y de los otros, de esos que despenan a un hombre cuando ya no tiene alivio ni santo a quien promesar, con ella, aprendió a amistarse con las almitas, hacheros  y quemadores de carbón y algún que otro muerto de mala muerte, que vagan por esas  orfandades buscando un cristiano que les rece un Bendito.
Con ellos hablaba, a ellos les preguntaba el por qué de las cosas. El por qué el llanto solo es para el que no tiene pañuelo, el por qué tenía que andar con sus patitas desnudas, habiendo tanto zapato en el mundo, el por qué, si los Reyes Magos sabían todo, no se allegaban nunca por esas lejanías. Y en medio de sus necesidades, con las naditas que tenía, era feliz la Juana. 
Semejante felicidad no podía traer nada bueno, y la desgracia, que siempre anda buscando un hueco donde ganarse,  se asomó pronto en la  vida de la niña. Andaba  Dios un día por esas soledades cargando el dolor de sus siete llagas, andaba dolido de tanta maldad, harto de advertir tanto encono en el hombre.
Vaya a saber  si por ése u otro motivo, al ver anidarse en el pecho de la niña el fuego de la felicidad, no pudo dejar de sentir un dejo de envidia. Ganado por esa animosidad, envió a su hermano, el mismo   Satanás, para confundir a la pobrecita.  
Cuentan  que el mal parido se disfrazó de finadito, cuentan que se le cruzó  en una de las picadas y le habló; le narró  de una ciudad donde todos tenían zapatos y que Melchor y Baltasar venían cada vez  que uno los llamaba, una ciudad donde no existía el llanto y las casas eran  más altas que cien algarrobos juntos. Y un día más triste que jueves Santo, su mano se desdibujó tras el vidrio de una ventanilla diciendo adiós a su abuela, a su monte, a sus  muertitos que agitaban sus tristezas desde el andén de una estación.
Y llegó a la ciudad, vivió en ella, padeció en ella, fue crucificada una y mil veces en ella. Qué no fue la Juana, niñera, muchacha para todo servicio, obrera textil, lavandera, fue mujer antes de ser niña, la pobrecita. Ella, que tenía la risa cerquita, le fue muy arduo aprender a  llorar. Nada, absolutamente nada le ahorró la vida en la ciudad. 
Buscaba a sus muertitos y se encontraba con difuntos revolviendo los desperdicios, hurgando los tachos de basura, harta hambre y harto frío habría en la tumba de esos pobrecitos. Buscaba sus pájaros y encontraba jaulas donde encerraban el contentamiento, el alegre y libre canto, enormes jaulas donde clausuraban al hombre.
A veces lograba escapar de su cuerpo y volvía al monte, su amado monte. Ahí se andaba oyéndose preguntar el por qué si nacemos todos encueraditos, si venimos al mundo iguales, más luego nos diferenciamos tanto, preguntaba y se preguntaba el por qué de tanta nada. Caminaba la Juana por la ciudad que se oculta en la ciudad, andaba ayudando a sus iguales por los barrios grises, hechos de chapas y frustraciones, alcanzando algún yuyito cuando no había  para farmacia, allegando alguna mercadería como para yapar al guiso.
Se andaba en la ciudad dando lo que no tenía. Esa ciudad donde la pobreza sigue siendo pobreza, pero con un algo más de desgracias. Y cuando todo escaseaba, cuando ya nada había que dar, daba su amor, se daba, generosamente se daba. Se fue muriendo de a poco la Juana, a tranquitos cortos nomás. Se fue inclinando mansamente, buscando la tierra que la estaba  aguardando. Se dejaba ir, enferma de destierros, de ausencias, cansada de cargar tristezas en su costado izquierdo. 
Y un día más alegre que Sábado de Gloria, volvió la Juana, regresó a su monte, a sus olores, a la demorada caricia de su abuela.
Y ahí estaba esperándola, y estaban sus muertitos, y sus pájaros, ahí estaba todo el monte, agitando sus alegrías en el mismo andén que un mal día la vio partir. 
En la ciudad, en la umbría sala de un hospital, un médico de guardia firmaba el certificado de defunción de una anciana de cetrina piel  que olía a monte y a tusca en flor. Afuera, en un árbol enfermo de hollín, cantaba un responso el  pitojuan.   

*De la antología de cuentos "La Juana”.
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