Camino al Salado

Por Redacción Pilar a Diario 11 de diciembre de 2016 - 00:00
de Mauro Peverelli


La historia me fue referida por la conversación profusa de don Amílcar Yáñez, historiador y poeta, aficionado entusiasta al avistaje y clasificación de aves de la llanura, una noche azul, salpicada de grillos y de estrellas, en el patio de un almacén a las afueras de Saladillo. Los dos viajábamos en el mismo ómnibus. Él había subido en Carlos Casares; yo lo había visto a la tardecita; caminaba con dificultad por el pasillo del ómnibus casi vacío, asistido de un bastón y de uno de los choferes que lo acomodó, no sin dificultad, en uno de los asientos delanteros. El micro ya venía prometiendo una avería que terminó por cumplir ni bien salimos de Saladillo. Apenas alcanzó a llegar, con el último estertor, y un poco ayudado por la suerte debido a una leve pendiente de la ruta, hasta el playón de grava de un almacén de campo donde, los escasos pasajeros, nos dispusimos a aguardar otro coche con el cual seguir el viaje.
-Con los años, se sabe… -me decía don Amílcar mientras lo ayudaba a bajar del micro- …con los años se oxidan todas las bisagras, sobre todo las rodillas.
Nos acomodamos en una mesa que todavía tenía la sombrilla abierta. Don Amílcar dijo dirigirse a San Miguel del Monte. Quería ver, sin intermediación de pantallas ni de fotografías, el entramado de bambú y tiento con que los indios Pampa tejieron el techo del ya legendario rancho de Rosas. Estaba escribiendo, para un semanario de Carlos Casares, un artículo sobre la conservación y el famoso traslado del rancho, desde la estancia Los Cerrillos, que había pertenecido a Rosas y que ahora era propiedad de la familia Bemberg, hasta el centro de San Miguel del Monte.
-A lo mejor todo empieza cuando El Abúlico Géremy Hix recorrió La Pampa, a principios del siglo diecinueve… -dijo más tarde don Amílcar, después de que nos hubiéramos tomado la primera jarra de cerveza, y cuando ya había referido casi toda la historia de Ladislao Flores, gaucho pendenciero que, en una misma noche, a principios de mil ochocientos, quemó la pulpería La Bermeja y después decidió terminar con su vida allá por los pagos del Tuyú, cerca de lo que fue el Rincón de Croto, hoy Esquina de Croto -. Digamos que todo empieza cuando Géremy Hix, irlandés alcohólico, predicador protestante, pero ante todo perezoso en exceso (de ahí el apelativo de El Abúlico Hix), recorre La Pampa en un gateado de crines descuidadas, atiborradas de yuyos y de abrojos, y con una mula en la que cargaba los primeros espejos que se vendieron en las pulperías de La Pampa. Cuentan que El Abúlico salió del saladero de Funes, allá por los pagos de Madariaga, donde los peones, después de escucharle un sermón algo lacrimoso, lo convidaron con una cama de rastrojo de chala en un galpón de adobe, y con un porrón de ginebra al que Hix no perdonó ni una sola gota, vio el gateado desenganchado de la carreta, donde le quedaban unos pocos espejos, y decidió que no se tomaría el trabajo de engancharlo. Montó el flete sin recado; agarró de las riendas a la mula que llevaba el resto de los espejos, y siguió camino al Salado.

La conversación se perdió después en una descripción algo puntillosa que hizo don Amílcar, aquella noche cálida y estrellada, sobre las curiosas costumbres de los horneros, cuyo nido copiaron los gauchos para construir sus ranchos, que tienen un canto que suele ser bastante intimidatorio para las demás aves, y que en cierta época del año andan casi siempre de a tres.
-Es como si dos de ellos se ocuparan de comer, de conseguir el alimento para los pichones, y un tercero estuviera siempre vigilando, atento a las alimañas y otros depredadores –terminó diciendo don Amílcar.
Habíamos empezado otra jarra de cerveza y del micro que debía venir a rescatarnos no había ni rastros.
-He leído decenas de libros de ornitología –explicaba en medio del temblor de los dedos con que descascaraba el maní antes de llevárselo a la boca-. Ninguno es capaz de relacionar las aves de la llanura, con el espíritu de lo que fue esta tierra como lo hicieron Las aves del plata, o Allá lejos y hace tiempo de William Hudson… tampoco los libros de historia, tampoco las novelas ni las descripciones de la época.
Había algo de nostalgia, o por lo menos de melancolía en la manera en que pronunciaba estas últimas palabras. 

Muchos años después, en los estantes raleados de una biblioteca en un hotel de Dolores, donde me hospedaba a la espera de una audiencia en los tribunales de esa ciudad, encontré un libro enorme que compilaba unos cuantos años de la revista El Faro, semanario que ya no se publicaba, y del que ya casi nadie tenía memoria en el pueblo. Con fecha del 23 de enero de 1953 vi un título que decía: Rastros de una pelea legendaria. Debajo de este enunciado se leía casi completa aquella historia que don Amílcar Yáñez, hacía ya más de una década, me había contado en el patio de un almacén, a las afueras de Saladillo.
El cronista la había adornado con referencias de una erudición algo colorida y algo innecesaria. "Como bien explica Martínez Estrada…”, comenzaba diciendo en una de las citas aceptables. "Como bien explica Martínez Estrada en La cabeza de Goliat, los porteños acostumbran a cruzar las calles y avenidas por la mitad de la cuadra, esquivando automóviles y colectivos con un quiebre de cintura, y un zigzagueo exacto y elegante, porque heredaron la atávica costumbre con que los gauchos de La Pampa profunda esquivaban las embestidas de los puñales en los duelos a cielo abierto…” Así comenzaba. Después relataba casi idéntica la historia donde Ladislao Flores mata de una puñalada por la espalda a Rufino Echagüe, en el patio de un rancho donde se festejaba el santo de una criatura con escasos meses de vida.
A Flores alguien le había dicho, en un boliche, que había un gaucho, que se llamaba Rufino Echagüe, que era mucho más hábil y más rápido que él con el facón. A Ladislao esa sentencia le envenenó el poco juicio que le quedaba y ocupó su tiempo y su vagabundeo en seguir el rastro de aquel sujeto. Había una diferencia que saldar, y mientras el destino no corrigiera esa diferencia, el mundo no estaría en orden.
Aquella noche de festejos por el santo de la criatura, y cuando ya tenía unas copas encima, las que necesita el coraje y algunas otras, alguien le dijo a Ladislao que en la fiesta se encontraba Rufino Echagüe. Cuando lo tuvo en frente, Ladislao se puso a inquirirlo con provocaciones que incrementaban su tono insultante a medida que el otro lo iba esquivando. Hay que decir que Rufino Echagüe era un hombre ya entrado en años, que tenía una barba blanca y copiosa que le atenuaba los gestos y las expresiones. Si el convite es tan grande, no voy a poder negarle el brillo de mi daga a esta luna tan hermosa, aceptó por fin Rufino y salió del patio hacia un descampado lindero. Hay una tensión y un sigilo de dientes apretados cuando dos hombres se pelean, hay también la densidad y la espesura de un aire enrarecido al que sólo aligera el último aliento de uno de los contendientes. 
Esa noche, debajo de la luna, sólo se percibía el nerviosismo de Ladislao que había envuelto su brazo izquierdo con el poncho, con modos opulentos y aparatosos. Le propuso a Rufino un par de enmbestidas con su facón, también exageradas por un brazo que conoce antes que el pensamiento la hora del destino. Rufino las esquivó sin problemas, sin casi despegar las botas de potro del suelo y, después de unos cuantos segundos, en un movimiento del que fue testigo sólo la noche (porque nadie, de todas las almas que allí estaban, rodeando a los dos peleadores, alcanzó a ver), le hizo un corte en la cara y las gotas de sangre surgieron de la mejilla curtida de Ladislao. Basta; dijo Rufino; no se haga matar por el capricho de la bebida, amigo. Y se dio vuelta para irse. 
Pero el facón de Ladislao Flores llevaba más odio que el que era capaz de perdonar aquella frase y se clavó, casi ausente de la voluntad de la mano que lo empuñaba, en la espalda del hombre que acababa de abandonar la pelea. Cuentan que Ladislao vio en la cara del viejo, todavía con vida en el piso, un gesto de cansancio al que él tradujo como clemencia. Entendió que el hombre lo perdonaba, y eso terminó con su juicio. Aquella expresión del viejo Rufino lo acompañó el resto de su vida, se le aparecía en el sueño, dibujada en el rostro de niños y hasta de mujeres, y acrecentaba su culpa a la que intentaba borrar con la bebida. 

En su camino de alcohólico, de desertor y matrero una noche entró a la pulpería La Bermeja, en los pagos del Tuyú. Se arrimó a la reja y pidió una ginebra; cuando levantó los ojos vio, del otro lado de un vidrio que había encima del mostrador, al viejo Rufino Echagüe que lo estaba mirando a la cara. Su gesto era increpante, era adusto y de condena. Ladislao salió de la pulpería sin tomar la ginebra. Se sacó el pañuelo que llevaba al cuello; con el yesquero lo encendió y lo arrojó arriba del techo de paja. Sacó su facón de la espalda; apoyó la punta en el pecho, en el lugar donde palpitaba la carne, y se tiró de boca al piso. Antes de que el puñal se hundiera del todo y le apagara la vida, vio el desparramo de gente saliendo de la pulpería en llamas.

El artículo consigna, también, una suerte de explicación del caso. Un historiador de la zona, de los pagos de El Tordillo, partido lindero a Dolores, investiga la procedencia del gaucho y concluye que la madre de Ladislao Flores, Petrona Flores, había trabajado en la estancia El Lucero. Era lavandera. En la misma estancia Rufino Echagüe, todavía joven y bien parecido, era capataz y había tenido amoríos con la madre de Ladislao. Cuando Petrona se embaraza la echan de la estancia y Rufino le pierde el rastro. 
El destino, o el azar, que llevan distintos nombres pero que se comportan de la misma manera, hizo que una noche fatídica de luna y de festejos se encontraran padre e hijo y que entre ellos sólo mediara el odio, el brillo del acero y la subsiguiente culpa que arrastraron los años.

Pero el final verdadero, o por lo menos el que yo prefiero, es el que me contó don Amílcar Yáñez, en el patio de un almacén a las afueras de Saladillo, aquella noche azul, salpicada de grillos y de estrellas. 
 Cuando Ladislao Flores entra a la pulpería La Bermeja aquella noche en que termina con su vida, era ya un hombre viejo; se había dejado la barba para tapar la vergüenza de la cicatriz que Rufino le había dibujado en la mejilla. La barba ya era blanca por los años y por la persecución de la culpa. Se acoda en el mostrador y lo que ve, del otro lado de la reja,  no es la cara del viejo Rufino a través de un vidrio, sino su propia imagen, con gesto adusto e increpante, en uno de los espejos que El Abúlico Géremy Hix acababa de venderle al patrón de La Bermeja, hacía sólo un par de días, en su paso camino del Salado. 

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