OCTUBREANDO: La palabra empeñada
por Horacio Pettinicchi lithorachi@gmail.com
Como periodistas somos objetivos pero no imparciales, porque no se puede permanecer imparcial entre el bien y el mal... J.M.
“Cómo me duele la cabeza. Y qué frío hace. ¿Es que nadie pasará por esta maldita calle?
Ya estoy cansado de esperar. Y la tristeza me sigue colgando de las carnes. Creí que todo sería distinto. Que todo acabaría después del estampido. Que mis ojos dejarían de ver y mis oídos de oír y mi pecho de subir y bajar, subir y bajar. Y que este corazón mío ya no sentiría frío ni estaría oprimido. Pero todo sigue igual.
Quizá sea porque es de noche. Pero cuando llegue el día podré darme cuenta de que ya no existo para los demás. Y me llevarán. En la morgue me darán unos tajos y luego viajaré en un carro negro hasta el cementerio. Me echarán algunas paladas de tierra y no veré más. Comenzaré a secarme a medida que las maderas se irán poniendo húmedas. Y entonces vendrán los gusanos, caerá mi boca y se tragarán mi lengua. Y ya no podré gritar. Poco a poco, dejaré de ser. No sentiré en mi pecho ninguna opresión ni me zumbarán los oídos ni me dolerán las piernas rígidas. Quizá un par de buenos bichos glotones se entretenga en mis sesos y se indigeste con mis últimos pensamientos. Así terminarán mis dolorosas dudas, mis temores, mi pánico por la gente. Ya no trataré de saber qué piensan de mí. Si logro engañarlos, si disimulo mi ridiculez. Si me ignoran o me desprecian. Habrá llegado el momento de la tranquilidad. Estaré vacío. Vacío. Y por último no estaré. Me habré confundido con la tierra. Y cuando renazca en flor o en grano o llegue a lo alto de una rama, no temeré al hombre que me cercene, porque no seré yo. Seré flor o trigo o rama.
Ya nace el alba. Dentro de algunos minutos empezará el final. Se acerca alguien. Son pasos de mujer. Ahora se alejan, corren. Sin duda me habrán visto. ¡Pero al menos hubiesen gritado! Maldición. No me vieron. Pero sí. Ya llega más gente. Qué espantoso parece que no se acercan más.
Aquí estoy. En medio del círculo. Con todo el mundo observándome y cuchicheando. Como siempre, como siempre. No. No. Por favor. Perro, no lamas mi sangre. Te volverás rabioso y malvado y cobarde. Jamás querrás volver a jugar. Esos que se acercan deben ser de la Asistencia Pública. Ah. Por fin. Fuera, curioso. Se acaba el espectáculo. Me voy. Se han llevado mi cuerpo. Y yo oigo. Y yo veo. Y yo siento. El perro sigue lamiendo mi sangre y la gente me pisotea. Estoy aquí. No me escupan. No claven sus tacos en mi cabeza. Estoy aquí. Aquí”. (Fragmento de Eternidad, de Jorge Massetti).