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Soy mano: De veranos y veraneos

por Graciela Labale.
16 de enero de 2016 - 00:00

“En el albergue mezclamos cuanto hay. Es divertido, mezclamos todo, gritamos para que nos escuchen, abrazamos a alguien que llore, somos un caos coherente.” Marcela Serrano (chilena) de “El albergue de las mujeres tristes”.

Arrancan los días de vacaciones, al menos para mí, mucho antes de subir a un micro. Empiezan en el mismísimo momento en el que me dispongo a pensar cuál va a ser el destino, casi por no decir siempre, sujeto a los avatares económicos. En fin, cómo, dónde y con quién son las preguntas básicas de cada año.
Si bien el convite a la salida es amplio, la cosa pasa por la disponibilidad de cada una en guita, tiempo y demás cuestiones familiares, “la base está”, mi ami-cuña Cristina y yo somos de la partida. Con unas pocas pilchas, un par de libros (entre otros, el del fragmento que encabeza la nota, que tan bien retrata las juntadas de mujeres), la radio y el protector solar, el micro pone proa esta vez a Miramar, para instalarnos en el inefable departamento “vintage” de mis sobrinos que amorosamente se lo ofrecen a jubiladas de la familia. Fueron días a puro sol, charlas interminables, largas caminatas, asadito en el vivero y en la parrilla del mejor parrillero de la zona, don Jorge Rivarola, rondas diurnas de mate playero y rondas nocturnas de buen vino, juegos de ingenio y hasta un memotest con versos de Neruda: “Me vine aquí a contar las campanas que viven en el mar”. Y Miramar no es para mí un sitio cualquiera. Es el lugar donde pasé las mejores vacaciones de adolescencia con la familia Venini en la vieja casa de la calle 29, a la que llegábamos en una Rambler cross country, donde hice mis primeras salidas con amigas, a tomar un helado o una gaseosa a Mickey, sin la mirada inquisidora de los viejos. Y también, el lugar donde años después, por el 73, en la disco Acú-Acú, me enamoré del que fuera el amor de mi vida. “En el presente intemporal del amor, en ese loco espacio donde una mujer y un hombre lo son todo para luego pasar a otro espacio donde ya nada resta, donde los derechos se han acabado, desapareciendo la intimidad para ser guardada con llave en el baúl de los recuerdos, en esta arbitrariedad de los amantes donde de un minuto a otro se ha instalado la nada, emergen los recuerdos”, dice la novela veraniega de la Serrano.
Hoy, con muchos más años encima y otros tiempos para el disfrute, Miramar sigue guardando el encanto de entonces pero con una actualidad que siempre estará abrazada a los bellos recuerdos. De eso se trata la vida, ¿no?
 
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