por Víctor Hugo Koprivsek
Mi madre cruza con su bicicleta, lleva un guardapolvo blanco y llueve en el barrio. El tío Dick y su guitarra sentenciosa prenden fuego una esquina. La abuela Romana con su Biblia al pie de la cama, siempre después de la fiebre estaba ahí. La abuela Teresa preparando el tuco del domingo. Cuatro hermanos criados en un mundo de primos y primas y tías y tíos y amigos.
La vida es buena porque las raíces son buenas. Ha pasado la tormenta y fue un látigo la noche ancha en desesperanza y necesidad de abrazo. Pero aquel viento de atrás no pudo sujetar en su vaivén tanta existencia. Se volaron las hojas, el tronco quedó sin corteza, pero las raíces no cedieron.
“Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”, escribió Bernárdez.
La otra vez miré una película llamada “La gran belleza”, italiana, la recomiendo con ahínco. Está filmada en Roma y claro, atravesada por el catolicismo y su liturgia. En medio de la arquitectura dorada y el reviente de Rafaela Carrá apareció una monja de más de cien años, representada como una mujer Santa a la que todos veneraban.
Se alimentaba solamente de raíces la monja. “Porque las raíces son buenas”, dijo con la voz hecha de arrugas.
Tierra en las manos, tierra en los ojos, barro en los pies, música de barracón, poesía del barrio. Raíces fuertes, fuertes alas. Vigorosas para emprender al cielo de los confines donde se arman las rondas necesarias, las charlas prominentes, descomunales debates sobre el bien y el mal. La política, la ética, el hombre lobo del hombre. Los cuervos, los cuerpos y los cuernos.
Las buenas raíces nutren a la buena estructura. Será por eso que la esquina guarda en su recuerdo a esa madre maestra cruzando en su bicicleta sin que ninguna lluvia la detenga. Hilda Velárdez, ésa es mi raíz.
Un grupo de mujeres, vecinas casi todas de Pilar, artistas plásticas, mujeres de pinceles y fotografías, de galerías de arte, están haciendo un libro, ya lo hicieron.
-Y no es el primero –dice Graciela Labale mientras Gardel sonríe y la petaca pasa de mano en mano a la hora de la siesta.
Raíces, memoria, génesis de lo que fue y será. Robustez del árbol que el tiempo hizo. Mis raíces se enredan en los girones de las noches más rancias, entre cuerpos desnudos con zambas sonando en la distancia, entre el humo del tabaco y un sol que sale allá lejos de madrugada.
Poema susurrado para no morir, acompaña el tiempo de dicha. Hoy la vida es buena porque las raíces son buenas. Saludemos con la copa en alto llena de vino y duendes y amistad. Un nuevo nacimiento viene con forma de libro: Raíces.