La tribu cruza tempestades mientras la música madura en rincones de luz. ¿Son los años los que llegan o son las noches con luna las que asoman esa locura que no se va? ¿Qué es lo importante mientras el tiempo desgrana su arena al amparo de la amistad?
Humildes Tártaros vuelca su fiesta en Palermo, de Pilar lleva esa vasija gigante donde la lluvia fue cayendo en sus corazones pura música y temblor y ansiedades, para volcarlo esta noche en ese lugar marcado por una cruz en el mapa virtual: Humboldt y El Salvador, donde está el escenario de La Viola Bar, donde habrá de tronar el escarmiento
Sábado 4 de julio cita impostergable para que vayas. Digo hoy, 21.30 estarían encendiendo los motores los muchachos. Avisá a tu gente y corré la voz para que arrimen su corazón en una bandeja de plata y lo dejen ahí tendido para el sacrificio.
El Negro Abrate, el Lali loco y toda su banda, sabrán qué hacer con ese pedazo de carne latiendo porfiada frente a su canción.
Giraveces levantándose al pie del patíbulo y a poco más de 50 kilómetros de casa. Canción de esquina del tiempo que fue con los rostros que aun siguen firmes aleteando en el fondo.
No los conozco por nombre, solo sé de sus hazañas, de esas anécdotas que fueron sembrando miedo en la noche. No los conozco por sus nombres pero los he visto deambulando en las plazas de Pilar en ese tiempo de oscuridad, cuando las madres de las pibas lindas les temían, cuando el solo hecho de evocar su posible presencia espantaba a los más mentados.
Esos son los fieles de los Tártaros, son sus seguidores enajenados, los más antiguos espectadores. ¿Quién miraba a quién?
¿Los de abajo del escenario a los de arriba? O los de arriba a los de abajo, envueltos en llamaradas de humo, crepitantes sus ojos de incendios de hace quince o veinte años cuando todo era vaivén.
Se fue mezclando la velada como se mezcla la familia ahora, en profundos mediodías con los hijos que miran y escuchan a esos padres que fueron solitarios vagabundos de un mundo en llamas.
Pero el día fue pariendo un sol de trabajo y preocupaciones, de luchas ajenas y propias, es el día, es el sol vertical sobre las cabezas que se amontonan en las puertas de los colegios llenos de madres que llevan de la mano esos pequeños tesoros tan reales, tan hermosos.
Que sea la música pues una puerta hacia lo mejor de nosotros mismos, incendio o libertad, error o coincidencia, gratitud o ira. Que sea la música tártara, esa que llega de confines salvajes, que rompe estructuras que aprietan, que altera la quietud y hoy, esta noche, será capaz de anunciar el día nuevo y repetido, la quimera que anda con guitarras mendigando estallar.



