“Mi literatura es totalmente realista y apasionada. Yo lo que trato es de escarbar a fondo en mi propio pensamiento, de ver más allá de lo que yo misma creo estar viendo, porque si no, sería una simple narradora de anécdotas, una narradora de historias, y creo que la literatura tiene que ir más allá de eso. Tiene que develar secretos, siempre tratar de decir lo inefable, porque hablar de lo que se puede hablar… ¿qué sentido tiene eso?”. Luisa Valenzuela.
Ella no quería ser escritora, no entendía a esa gente que rodeaba a su madre (Luisa Mercedes Levinson), gente rara que consideraba escribir como algo divertido, pero fue escritora. De adolescente escapaba de su casa para recorrer techos y baldíos, mirar a la gente en su diario, hacer y soñar. Luego su viaje a París, luego su primera novela (“Hay que sonreír”), donde se mete de lleno en la vida de las prostitutas del Bois de Boulogne, luego llegan “Cambio de armas”, “Cola de lagartija” y tantos libros más.
Luisa Valezuela es una escritora alabada por la crítica internacional, sus libros son una mera reflexión sobre estructuras sociales y culturales, aplicando alta cuota de humor y erotismo, jugando con el cuerpo y la voz femenina, convirtiendo a sus textos en un verdadero cuestionamiento del lenguaje y el acto creativo representado en la escritura.
“La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe, porque en su billetera sólo había 7.400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido” (Visión de reojo).-