Octubreando: El amor sin el amor

Por Horacio Pettinicchi
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21 de julio de 2015 - 00:00

“Hoy no envidio ya ni a los necios ni a los sabios, ni a los grandes ni a los pequeños, ni a los débiles ni a los poderosos; envidio a los muertos, sólo por ellos me cambiaría”. (Diálogo entre Tristán y un amigo- Giacomo Leopardi). Deforme, con una joroba que le oprimía el pecho y otra que doblegaba su espalda, elevó su voz desde su escaso metro cuarenta de estatura contra el desamparo del ser humano y cantó al amor, al infinito amor a esas mujeres a las que nunca pudo carnalmente amar. Prácticamente ciego, marcado por una madre de la cual nunca recibió ni siquiera una gota de amor, cercado por la incomprensión de sus pares, la pobreza y la soledad, el conde Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi, poeta, filósofo y erudito italiano del Romanticismo, alzó su voz cargada de un profundo pesimismo.

“¿Todavía recuerdas de tu vida mortal, Silvia, aquel tiempo,/en el que la beldad resplandecía/en tus ojos huidizos y rientes,/y alegre y pensativa, los umbrales juveniles cruzabas?/Resonaban las calmas/estancias, y las calles vecinas con tu canto inagotable,/mientras a las labores femeniles/te sentabas, dichosa de aquel vago futuro de tus sueños./Era el mayo oloroso: y tú solías/pasar el día así./Yo los gratos estudios/tal vez dejando y los sudados pliegos,/que mi temprana edad gastaban y de mí la mejor parte,/en los balcones del hogar paterno/ escuchaba el sonido de tu voz/y tu mano ligerearé corriendo la tela fatigosa./Miraba el cielo calmo, los dorados caminos y los huertos,/y allá el lejano mar, y allá los montes./Lengua mortal no díselo que mi alma sentía./¡Qué dulces pensamientos que esperanzas, qué pálpitos, oh Silvia!/¡Cómo la vida humana y el hado contemplábamos!/Cuando recuerdo tantas ilusiones, me abruma un sentimiento acerbo y sin consuelo,/y me vuelve a doler mi desventura.
/Oh tú, naturaleza, ¿por qué no das después lo que un día prometes? ¿por qué tanto engañas a tus hijos?/Antes que el frío arideciera el prado, de extraña enfermedad presa y vencida/; ni contigo en las fiestas las amigas de amoríos hablaban./También murieron pronto mis dulces esperanzas: a mis años/también les negó el hado la juventud. ¡Ah, cómo, cómo pasaste, cara compañera de mi primera edad, mi llorada ilusión!/¿Es este el mundo aquel? ¿Éstas las obras, el amor, los sucesos, los placeres/de los que tanto entre los dos hablábamos? ¿esta es la suerte de la raza humana?/Al llegar la verdad tú, mísera, caíste: y con la manola fría muerte y la desnuda tumba de lejos señalabas” Canto XXI:A Silvia.
 
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