OCTUBREANDO: El hombre que escribía

16 de junio de 2015 - 00:00
“Son tan bien, tan irónicos, tan finamente sabios, que uno es un hotentote, un perdonable bruto innoblemente vivo todavía. Ellos esperan, ellos miran y esperan, sencillamente esperan. Tienen un aire dulce de bohemia, un no sé qué elegante, una sonrisa tía (una vez escribieron doce versos pero bah quién se acuerda), un gesto roberteilor para ciertos asuntos, te toleran. Te toleran creer, desgañitarte, andar despellejado por el mundo, te toleran hundirte hasta el no entiendo, hasta el no puedo más, o hasta las lágrimas. Te toleran nacerte una mañana, y asombrarte y reírte como loco y seguirte y seguir y adónde está esa vida y vengan cartas. Te toleran tu angina, tus horarios, tus deudas, tu vino peligroso en ciertas noches, tus camisas, tus ganas. Te toleran morir cuarenta veces, te toleran salir y enamorarte, te toleran vivir loco de vida.) Claro, tienen paciencia, tienden redes, dicen como diciendo todavía, te ofrecen su fraterno aburrimiento, te ofrecen lindos nichos, te convidan. A veces se insinúan sonrientes como putas, tiran viejas carnadas, te dicen que los otros, que fulano, es así que vos en cambio... Luego esperan, te sonríen y esperan, sencillamente esperan. Yo no les tengo lástima, quisiera verlos chisporrotear en el infierno, dando vuelta el manubrio de sus nadas, bebiéndose sus muertes venenosas como un aperitivo”. (Ellos-poesía).
Escribía, atornillado a la silla escribía, en su barrio de Pueyrredon escribía, haciendo cerámica, vendiendo, estudiando veterinaria escribía, si hasta cuando tuvo que exiliarse por siete años, siete meses y siete días en la tierra de Emiliano Zapata siguió escribiendo, “Desde por aquí nomas” (1958), su primer libro de cuentos, nunca de dejó de escribir, si hasta cuando militaba en el PRT dejó de escribir. Humberto Constantini, hijo único de inmigrantes judíos italianos, escribió hasta la última noche de su vida.
 “¿Qué pretendo yo con mi poesía? Bueno, es tan fácil macanear en este tipo de declaraciones ¿no? O esquematizar. O decir una cosa por otra. O desembuchar las ideas que uno tiene sobre estética, o sobre política, o sobre la filosofía del arte en general... Pero me parece que sin querer se me escapó algo que es cierto. La poesía sirve para no macanear. Eso es. La poesía y el cuento me sirven a mí para no macanear. De eso estoy seguro. Para ser auténtico, humildemente, trabajosamente auténtico. Contar como veo, como siento algunas cosas, tratar de que alguien las vea y las sienta igual que yo. Sin pretender enseñar, ni adoctrinar, ni contrabandear ideas. Y para eso tengo simplemente que hablar con mi propia voz. Cosa bastante difícil como lo sabe cualquiera que ande metido en este asunto. Pero una vez conseguido eso, una vez que a fuerza de un largo trabajo de búsqueda, de desprendimiento, de humildad, qué sé yo, uno cree haber encontrado, en el fondo del alma o de las tripas, esa voz, los conceptos “bueno” o “malo”, “poema” o “no poema” pierden totalmente vigencia. Se habla de un modo verdadero o se macanea. Y se macanea cuando, vaya a saber por qué, no se puede encontrar la propia voz. Cuando me veo obligado a escribir un artículo, o un ensayo, o esto que estoy tecleando ahora por ejemplo, tengo siempre la fulera sensación de que estoy macaneando. De que podría afirmar todo lo contrario de lo que digo con la misma compostura y la misma sinceridad. En la poesía y en el cuento eso no me pasa. Sé que hay una única forma para decir una única verdad. Y que lo demás es una pelea con las palabras hasta encontrarla”.- (Declaración jurada H.C.)

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