-Papá, papá, ¿de veras existen los ricos?
- Sí, Pílquele, creo que sí. Yo nunca vi ninguno, pero dicen que en algunos sitios lejanos, pasando el río Shmendrik, el pueblo de Lomirkvetchn, los montes Akshn y algunos poblados más, como Geshtórbeneshpilke, Vuguéistemberg, Blintzenberg, Shlejtelokshn y Undzereáizn, hay ricos.
-Y ¿cómo son los ricos, papá?
- Como ellos quieren, Pílquele, los ricos son como ellos quieren. Si tienen mucho frío, se abrigan; si tienen hambre, comen; si tienen sed, beben y, cuando hay un pogrom, ellos se tienen que preocupar por sus familiares pobres que viven lejos, no por ellos mismos.
-Bueno pa, nosotros también nos preocupamos por los pobres que viven lejos cuando hay un pogrom, ¿o acaso los cosacos no son pobres y viven lejos de nosotros?
-No tan lejos como quisiéramos…
- No sé, a mí el rebe Meir Tsuzamen me dijo que los ricos son malos y que los pobres somos buenos; que los ricos son el opio de los pueblos, pero que los pobres todos unidos les vamos a ganar, les vamos a sacar sus riquezas y entonces nosotros vamos a ser los ricos y ellos pobres.
-¿Eso te dijo el rebe?
- No, eso último se me ocurrió a mí porque seguro que si les ganamos nosotros vamos a tener riquezas y ellos, pobreza.
Desopilante diálogo con increíble humor que escribiera Marcelo Daniel Rudaeff, más conocido como Rudy, (humorista, escritor, comediante, psicoanalista retirado) en “La circuncisión de Berta”, una serie de relatos que se desarrolla en la imaginaria Tsurenberg, que de haber existido, habría sido una de las 5.000 aldeas judías arrasadas por la Shoá en la Europa Oriental. Sus personajes se quejan, con motivo o sin ellos, renovando los temas de discusión, los rezos y las infinitas formas de usar la papa, el único bien que poseen. Rudy va tejiendo a través de estos relatos un universo entrañable, tan real como mágico, donde resuena toda la historia y las tradiciones de los inmigrantes judíos que llegaron a la Argentina.
“...Y todo se solucionaba. Porque el crédito funcionaba en Tzuremberg mucho antes de que existieran las tarjetas. Todos le debían a todos y así nadie podía quejarse porque Shloime le reclamaba la deuda a Moishe, Moishe lo mandaba a lo de Shmulik, Shmulik a lo de Itzik, Itzik a lo de Moritz, Moritz a lo de Jacob y Jacob recordaba a Shloime que él le debía dinero o sea papas, con lo que Shloime terminaba debiéndose a sí mismo. El sistema funcionaba perfectamente sin grandes quiebras.”
En estos relatos nos encontramos con lo innegable de los judíos: inventiva para superar los desafíos, creatividad para superar las dificultades, el valor de la familia, la alegría de vivir, y fundamentalmente el razonamiento donde la conversación no pretende llegar a conclusiones ni tener razón, tan solo procura que el juego continúe, que la discusión siga.
En Tsúremberg no nos falta nada -dicen uno de los personajes-. ¿Queremos comer?: ¡tenemos hambre! ¿Queremos beber?: ¡tenemos sed! ¿Queremos hacer algo que está prohibido?: ¡tenemos al rebe que nos dice por qué no debemos hacerlo! ¿Queremos tener una tierra para nosotros?: ¡tenemos sueños! ¡Y además, tenemos tanta pobreza, que si tuviéramos un poco más, no tendríamos dónde meterla! ¿De qué nos quejamos?



