“Yo me invito a entrar a la casa del vino cuyas puertas siempre abiertas no sirven para salir”. Tenía miedo, miedo a darse y pedir, a vivir, al hablar, miedo a la gente que teme pensar, pero no temía soñar y soñaba poemas. Temía al tedio, a estar lúcido, a aburrirse, y bebía, tomaba porque no tenía tiempo -decía- y el alcohol contrae el tiempo. Se hace difícil -pensaba- separar la poesía del vino. Como toda persona respetable soy un suicida implícito -gustaba reiterarse- solo los patanes no se suicidan ni son alcohólicos. “Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo/te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes/Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie/saca a bailar, es para los hermanos que/afrontan la borrachera y a quienes desdeñan/los que se creen santos, profetas o poderosos”. (Botella al mar De «Cartas para reinas y otras primaveras”)
Jorge Teillier fue un poeta chileno, ejerció la docencia y el periodismo. Amó ser poeta para hacer conjuros contra el mal, contra el universo que se deshace; para sobrevivir contra todas las miserias. “Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones./Me amaron las doncellas y preferí a las putas./Tal vez nunca debiera haber dejado/El país de techos de zinc y cercos de madera./En medio del camino de la vida/Vago por las afueras del pueblo/Y ni siquiera aquí se oyen las carretas/Cuya música he amado desde niño./Desperté con ganas de hacer un testamento/-ese deseo que le viene a todo el mundo-/pero preferí mirar una pistola/la única amiga que no nos abandona./Todo lo que se diga de mí es verdadero/Y la verdad es que no me importa mucho./Me importa soñar con caminos de barro/Y gastar mis codos en todos los mesones./Es mejor morir de vino que de tedio/Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas./Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano/Cuando se gastan los codos en los mesones./Tal vez nunca debí salir del pueblo/Donde cualquiera puede ser mi amigo./Donde crecen mis iniciales grabadas/En el árbol de la tumba de mi hermana./El aire de la mañana es siempre nuevo/Y lo saludo como un viejo conocido,/Pero aunque sea un boxeador golpeado/Voy a dar mis últimas peleas.
/Y con el orgullo de siempre/Digo que las amadas pueden ir de mano en mano/Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron/Y yo gasto mis codos en todos los mesones./Como de costumbre volveré a la ciudad/Escuchando un perdido rechinar de carretas/Y soñaré techos de zinc y cercos de madera/Mientras gasto mis codos en todos los mesones”. (Pequeña confesión en memoria de Serguei Esenin).