Lento andar por el barrio mirando la vida que brota y sigue. Lento andar por el barrio saludando aquí y allá. Lento andar por el barrio acompañado de nombres y rostros que dejaron huella, que hicieron camino. Otoño de hojas amarillas, de árboles volviéndose tierra, brisa en el pasto pero sin frío. Suenan trenes en el pueblo. Las nuevas formaciones cruzan temprano por la estación del San Martín, esa que lleva el nombre de la ciudad, el nombre de la patria crecida.
Vida que brota en los ojos de los pibes, dignos pibes de acá. Paridos por las gentes de acá. En los detalles está Dios. Esta columna es para quienes la pelean hasta el final. Porque la muerte es parte de la vida y si duele un poco, si duele bastante, es tan solo por el apego que se siente, por el corazón que se arrima, por la costumbre de los días alados de risas compartidas.
Y aferrados a esa estrella es que se sigue. Con las manos sujetando esos recuerdos que se deben atesorar en la memoria. Somos hojas que el viento mece, somos canción de esquina, noches en paz. Somos padre y madre, hijos, sobrinos y nietas. Somos la vigilia hasta el amanecer, tibieza en las mejillas del sol que vuelve.
Si acaso el pueblo pudiera soñarnos de nuevo. Si pudiera volver a darle forma a nuestra cara con sonrisa alguna vez. Si acaso pudiera devolvernos en cada esquina al niño aquel que fuimos llegando del colegio. Si nos devolviera los días alados de siestas y potreros cuando nuestras piernas corrían como el viento, cuando incendiábamos el crepúsculo con amigos en mitad de las veredas.
Si acaso el pueblo pudiera volver a dibujar a los seres amados que partieron para siempre, si pudiera reflejarlos otra vez montados en sus bicicletas o sentados en sus sillas favoritas debajo de la sombra de esos árboles llenos de recuerdos. Pablo Ringius se fue, el Pato Torres también, el nieto de “Bruja” tan joven, el padre del querido negro Roberto, pero antes de irse, Don Ayala me contó:
-La fiesta del encuentro va a ser increíble, cuando todos estemos otra vez reunidos y no falte nadie. Va a haber música y baile y comida en abundancia, vasos llenos para refrescar el alma de los que lleguen cansados de tanto andar. Los que se fueron antes van a preparar la bienvenida, esos que llegaron primero. No va a haber tristezas porque los abrazos van a sacarlas del cuerpo y las van a dejar colgadas como saco viejo en el perchero de la entrada de la casa. Los aromas de siempre llenarán el aire, ese olor a padre y madre, a tostadas recién hechas, a olla hirviendo manjares de la abuela. Y los hombres estarán sonrientes en la parrilla charlando y riendo mientras el asado chirrea bajo un sol estelar. Así será cuando todos estemos juntos otra vez. Alguna se volverá niña para apachucharse de nuevo entre los brazos del abuelo, otro se quedará hecho un hombre para mirar de frente a la madre y agradecer. Pero todos, absolutamente todos, sonreirán. Es una promesa de Dios.