Alguna vez me pregunté qué dejaría a mis hijos y me di cuenta que estuve tan ocupado por vivir que no tuve tiempo de acumular heredades.
El día de mi última muerte llegará para ellos el momento de la partición, abrirán pues el viejo arcón y caerá en sus manos una gota de rocío deslizándose mansa por el vértice de una hoja, encontrarán el recuerdo de una calesita y el tintineo de la sortija que tanto me costaba alcanzar; dos o tres alegrías sin usar junto a un atado de sueños no cumplidos los estarán esperando.
Llegará a ellos el suave canto de una mariposa junto a la inconfundible risa de un duende y el lamento de un monte hecho carbón se hará oír para que no olviden sus raíces.
La caricia de la brisa en un atardecer a la orilla de un río ya olvidado jugará en sus cabellos y el pertinaz aroma de una rosa y el imborrable olor a tierra mojada invadirán sus sentidos.
Junto a un coágulo de llanto no llorado habrá unas carillas borroneadas con una u otra poesía olvidable que tuve la osadía de escribir, páginas alumbradas por la lágrima de un ángel o quizás de una mujer. Hallarán mi voz, mi ronca voz herida con escarcha de luna y el salobre sabor de la noche.
En uno y mil libros que también les legaré, les dejo la luz de la Palabra para que la mantengan viva, en ellos, en esos viejos libros, de palabras subrayadas y hojas gastadas, estará la llama del eterno sueño junto con la memoria, y el eco de voces encrespadas de compañeros que ya no están se dejarán oír.
Les dejaré preguntas, muchas preguntas sin respuestas, dudas y recuerdos les será concedido.
Ese día mis hijos y los hijos de sus hijos, ramas de este viejo árbol, heredarán la rebeldía innata para que se acune en ellos y caminos, infinitos caminos sin recorrer.




