“Él querría decirle que, algún día, se sentará ella a la mesa y será él quien le pregunte qué desea y ella quien le diga: un poema, por favor, corto de agua y ausente de llanto.
Así era ella –le aclarará el poeta–, igual que una flor, y todo será más claro, acaso el aire, el clavel, esta historia, aunque en mi cabeza no deja de volar un pájaro insomne,
y me vuelvo por última vez para contemplar tanta belleza”. (Fragmento de “Como el clavel del aire”).
Alberto Szpunberg, poeta, periodista, docente y militante político nacido en Buenos Aires, exiliado en España desde 1976 hasta 2001, año en que retorna a su ciudad natal. Entre 1973 y 1976 fue director del suplemento cultural del diario La Opinión, uno de los más prestigiosos periódicos de habla castellana. En 1973, fue director de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura argentina y Medios de comunicación y literatura en la Universidad de Buenos Aires. También se desempeñó como corresponsal de la Agencia Nueva Nicaragua en París (1983). Juan Carlos Tata Cedrón, César Strocio y Jorge Sarraute han musicalizado sus poemas.
“La desmesura inconcebible, ese barco frente a tu ventana,/que hundió su ancla, de pronto, con el chasquido de un rumbo muy oscuro/Te despertará algún día el chirrido de la cadena recogida/pero ya se habrá marchado, tal como vino, entre gestos de niebla, y vos mudo de asombro ante cualquier certeza, incluso la de irte/Lo sabrás para siempre o, mejor dicho, desde siempre/Por eso, no insistas: el mar no cabe en tu valija, es el momento de guardar tu valija en el mar/Y aún sigues ahí, ante el arrebato rojizo de las tejas/como si la niebla se levantará del mar para que tu mano descorra la memoria, pero no insistas, no hay más nombres que esas islas de dulce balanceo: ningún mapa las registra sino el aire, el frescor del aire, entre espumas y gaviotas y despedidas, aunque eterna es la mañana/Hasta que el sol te ciegue los ojos para que veas/ astillas de oro entre las sombras últimas/ Ahora sí, ahora es el momento/Todas las mañanas tomás mate en la cocina de tu casa/pero desde hace unos días encendés el fuego, tu pequeño fuego, en medio del mar/Donde sea, las gaviotas chillan como si el ancla temblara en el barro más profundo/A lo mejor hoy es el día, nunca se sabe, pero llueve como si lo fuera/Como siempre, llevas la navaja en el bolsillo izquierdo: son formas primitivas del amor que todas las mañanas reverberan/pero la sal, ya lo sabes, penetra más adentro que el filo de la hoja/Ninguna marea, ni la más alta, basta para borrar una sola gota de sangre: la memoria no es la herida, es siempre el mar”. De “Como sólo la muerte es pasajera”.




