Soy mano: Hasta siempre, maestro

Por Graciela Labale

18 de abril de 2015 - 00:00

“Canción de esquina, poesía del barrio, quemante fuego. Latinoamérica. Nosotros hechos de vos, nosotros alimentados de vos, paridos de eso que dejaste temblando en la hoja.” Víctor Hugo Koprivsek.

“No nos juntamos para despedirte, nos juntamos para que nos acompañes… porque nos duele.” Clarita Dellagiovana.

“El amor como la alegría, riamos intensamente.” Javier del Valle Barrozo.

“Cortito y al corazón, con palabras que rozan el alma, que me identifican en cada párrafo.” Mica Cirillo.

“Tu palabra vive en mí para siempre, caló profundamente mi alma latinoamericana. Este encuentro frente a la plaza de un pueblo, también sos vos. Hasta siempre maestro.” Maiu Dellagiovana.

“Que tus palabras se dilaten hasta que todos los fuegos llenen el aire de chispas y que la vida se encienda. Gracias querido Eduardo.” Chino Méndez.

El lunes pasado, la noticia corrió como reguero de pólvora, el maestro Galeano había dado su último suspiro en esta tierra. Una patada al corazón de muchos, una que otra lágrima, el alma estrujadita, la urgencia de bucear una vez más en su palabra y la necesidad de juntarnos, para acompañarlo y acompañarnos en este trance.
Se nos había ido un compañero, un amigo lejano, ese que siempre tuvo, tiene y tendrá la palabra justa, la necesaria síntesis entre la historia y la literatura, la que ayuda a entender cualquier suceso del pasado o del presente, por complejo que sea.
Y así fue como en “El Almacén”, el barcito frente a la plaza de Presidente Derqui -en la misma esquina en la que Leonardo Favio filmara “El Dependiente”, un espacio recuperado- un grupo de amigas y amigos nos juntamos a compartir lecturas, recuerdos atravesados por don Eduardo, en los que su palabra y la vida de cada uno se entreveraron hasta el cansancio, junto a la capturadora de buenos momentos Mica Cirillo y su máquina de fotos.
Y así revoloteamos por “El Libro de los Abrazos”, “Espejos”, “Los Hijos de los Días”, “Patas para arriba”, “Días y noches de amor y de guerra y artículos varios”.
Y así fue como la tarde se hizo noche, del café pasamos al vino, y llegó el momento de despedirnos. Fundidos en un abrazo colectivo, dejando alguna que otra palabra escrita en un papel de servilleta, volvimos a casa con la emoción de haber participado de una bella y sencilla ceremonia de despedida, a nuestra manera, en la que solo soltamos sus palabras al viento, como a él seguramente le hubiera gustado.

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