Son los que no faltan, los que estudian, los que llueva o truene van al colegio. Los que cumplen y hacen las tareas, los que estudian para las pruebas y lecciones. A veces son señalados, les dicen cosas como nerds, tragas, come libros, etc.
Pero nosotros, ya adultos, sabemos lo que verdaderamente son: un valioso tesoro que hay que cuidar.
Cargan con las banderas para los actos escolares, con el peso del himno que nadie canta. Sin embargo y a pesar del mundo que ni los reconoce, ellas y ellos, pibes de este tiempo hecho de licencias y faltazos, miran desde su silencio de pibe y por naturaleza o convicción, sacan las mejores notas y se desafían a sí mismos en cada prueba.
Esta es la época de los cierres de año, todos iremos a los actos con nuestros celulares para fotografiar a nuestros hijos o nietos, amontonándonos y empujándonos para sonreírles de cerca y grabar sus morisquetas.
Ellas y ellos estarán lo más firmes posibles a una distancia prudencial, con la banda atravesando el pecho y la bandera en alto, punta de lanza.
La vida es algo raro, ¿no? Es como un laberinto de complejidades, está llena de telones que se abren y telones que se cierran.
A veces, de vez en cuando, me sorprenden los ojos de esos pibes del barrio profundo, esas pibas que van creciendo en las márgenes donde hay que tomar varios colectivos para llegar a algún lado, parecería que todo les juega en contra a los que les gusta estudiar, 20, 30 cuadras hasta la escuela pública y, con suerte, privada, si sus padres pueden y tienen la visión.
Son innumerables los silencios de la adolescencia, profundos como pozos.
Pero los abanderados, rostros adustos, peinados con brillo, guardapolvos hechos con la dignidad sin precio, esas y esos que cumplen, que no estudian para zafar, ¿a dónde van cuándo crecen? ¿Quién los cobija bajo su ala protectora para que no abandonen y sigan la universidad? ¿Llegarán a ese lugar de ensueño donde el alero de la casa al pie de la familia acaricia las noches?
Me gusta pensar que sí. Ingenuo. Pensar que sí y darles un fuerte apretón de manos o una sonrisa en el momento justo, cuando pasan a nuestro costado mientras estamos distraídos mirando vaya a saber qué.