OCTUBREANDO: Escritura marginal

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
martes, 25 de febrero de 2014 · 00:00

“Borracho estoy, pero me acuerdo” es el último libro que nos dejo Víctor Hugo Vizcarra, muerto de una fulminante cirrosis a mediados del año 2006 y el primero que se editó en la Argentina.

¿Bukowski boliviano? De hecho, no lo sé. Considerado como uno de los “malditos” en su país, denostado o enaltecido por la crítica, (más lo primero que lo último), sus escritos se están convirtiendo en una obra de culto.

Cuentos, crónicas o simplemente memorias, no interesa género o estilo, cosas que él nunca respetó, el hecho es que están escritos desde la mera marginalidad. Descarnados relatos donde desnuda la noche y el hampa paceña. Casi a los cincuenta años, el alcohol le quitó la vida. El alcohol le dio la calle, los tugurios donde se cobijó, le dio el frío que le hacía decir ser un pobre diablo, que aguardaba la muerte para ir al infierno, donde por lo menos estaría más caliente. También, le dio la necesaria inspiración para sus escasos libros que lo llevaron trascender la sordidez donde se transcurrió.

Bebió tanto alcohol como pudo, de la misma manera que bebió su vida. Devoraba alcohol para escapar del frío, y caminaba, con su extenuado abrigo y su botellita de alcohol puro en un bolsillo, caminaba, aguardando los rayos de sol que lo abrigaran.

Cuando no podía más se acurrucaba en algún umbral, despertándolo a la mañana algún generoso vecino con un helado balde de agua.

Soy antropólogo, experto en antros, solía decir. Y vaya si lo era, jamás podría decirse que haya escrito sobre lo que no sabía.

Esas calles donde vagaba buscando la moneda que le asegurara la consabida cuota de alcohol, ese universo donde conviven delincuentes, proxenetas, botijas bolseándose con pegamento, putas venidas a menos, era el suyo. Marginalidad y adicciones hilaban la trama de sus escritos. Calles de moral ambigua, del sexo animal y perversiones, donde rigen códigos no conocidos, donde nada tenía que perder, salvo su vida, fueron su inspiración.

Envuelto en un vaho de rústico alcohol, abrigado en su capa de mugre, tambaleándose, con sus pisadas irregulares de  duende cojo, lo vemos alejarse, perderse entre voces quechuas y aymaras, desvanecerse, dejándonos en nuestras manos sus cuentos que no son cuentos, sus ensayos que no son ensayos, su propia vida para que la conozcamos, para que sepamos de ese mundo negado de explotación y miseria de nuestra américa cobriza.

 

 “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia, conocido entre los ‘artistas’ —los borrachos—  como el Cementerio de los Elefantes, un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero, doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. Para beber, a falta de un vaso de cristal, les da un vasito vacío de yogurt. Y para que el tipo no se eche atrás, cierra la puerta con un candado, cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle —porque está tieso—, no faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón, donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”.

Cementerio de elefantes (fragmento de “Borracho estoy, pero me acuerdo”).

 

Comentarios