Soy mano: Apurate José

por Graciela Labale
sábado, 13 de abril de 2013 · 00:00

“Así hablaba la Jacinta, en mi pueblo, yo la oí. Cuando las aguas llegaron y se tuvieron que ir, mezclando buen castellano con algo de guaraní, esto fue lo que ella dijo, yo lo voy a repetir”.

Desde hace casi dos semanas este viejo tema de Teresa Parodi, que retrata como nadie el drama de las inundaciones, da vueltas por mi cabeza. Una canción tristísima, la pintura de una realidad que nos golpea a todos.

“Apurate José que ya está viniendo, la creciente otra vez y no sé por qué, esta vuelta las aguas me dan más miedo, todo el bicherío la está anunciando como nunca fue ¿haye José? Ya junté los críos y el atadito en el terraplén”.

Quizá la geografía sea distinta pero el drama del agua que va ganando todos los espacios, es el mismo. Uno se la pasa mirando el cielo y rogando que no vuelva a suceder. Con solo pensar en el dolor de los que ven perder el esfuerzo de toda su vida y mucho peor los que han visto perder la vida de los seres queridos resulta intolerable, estruja el corazón.

“Doña Pancha vino al amanecer y se fue con Frete por el batel, se llevó unas colchas y algunos trastos en el carro cue. Ya pasó la Eulogia y cambá Maciel, orillando el pueblo por el tapé, apurá te digo que llega el río y no sé por qué, el silencio aturde asustándome, nunca fue tan triste el atardecer”.

Pasada la primera impresión, con la ayuda solidaria en marcha, una empieza a pensar en las razones, en las causas que provocan el desastre y ahí aparece la bronca ante tanta fragilidad a la que estamos expuestos.

“La Virgencita que me perdone pero hace mucho que Dios se olvida de los isleños jhei chupe. Ay cómo sufre la gente pobre! Calamidades mante le suelen pasar al pueblo ¿haye José?”

Y sí, que me perdone la virgencita pero no podemos seguir culpando a la mala suerte.

Hay responsables, gente que hace grandes negocios con nuestra madre tierra, con el uso de los recursos naturales y otros que con silencio cómplice los permiten. Tala de árboles para plantar la maldita soja, ríos y arroyos arruinados por las industrias contaminantes, montañas que explotan de la mano de la minería, desarrollos urbanos en lugares no aptos, el cemento taponando el escurrimiento de las aguas, falta de espacios verdes, el destino de la basura. Y los pequeños actos cotidianos de los que arrojan residuos domiciliarios en lugares y horas indebidas, la latita o papeles que se tiran desde la ventanilla del auto o el tren.

“Te acordás la otra vez, los que no pudieron alcanzar el camino, nadie más los vio. La Evarista Luján la de lo de Ríos, se quedó solita esperando al López en el rancho allá y no se supo más, cada viernes santo suelo rezarle el rosario angá”.

Acá es donde pienso en qué haremos de ahora en más, cuando veamos que el agua viene.

 Siento que el único camino posible es estrechar los lazos solidarios, mirarnos, hablar con nuestros vecinos, ponernos manos a la obra en la cuadra, en el barrio, quizá no logremos solucionar las grandes problemáticas ya enunciadas, que sí hay que exigirlas a las autoridades de turno, pero entre todos seguramente podamos ver qué hacer para mejorar la calidad de vida en un medio ambiente tan destruido. Prevenir, organizarnos como comunidad.

“Apurá te digo, fíjate bien, el Jacinto Gómez pasó también, fue de lo del Chino para buscarle a la guaina de él. Ya junté el atado y los cunumí y a mi virgencita la de Itatí le pedí con rezos que nos ayude para salir, hay que ir costeando el camino así apurá te digo añá membí”.

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