Soy mano: “Hubiera querido”

por Graciela Labale
sábado, 1 de septiembre de 2012 · 00:00


Hubiera querido traspasar tu cuerpo,

hasta diluirme en tu sangre somnolienta,

y conocerme al revés,

y salirme

y verme al verte.

Hubiera querido masticar la noche

y tragarla muy despacio

hasta vomitarla y detenerla.

Hubiera querido que tus pies helados

se quedaran atracados en la cama

y yo atracarme en tu cuerpo cálido

y hacernos esclavos infinitos de las ganas.

Hubiera querido muchas cosas

alargar la distancia de mi cuerpo

abarcarme y abarcarte más…

Entrar, ser vos,

salir, dejar de serlo.

Apretarte, apretarme.

Estar siempre mojada de tus hijos

llenarme las manos con tu pelo,

recorrer con mi lengua las raíces de tus cosas,

todo muy rápido, ¡todo al mismo tiempo!

pero el tiempo se viene y hay que caminarlo para hacerlo.

Porque desde allá, desde donde el carajo está siendo razonado,

y el fusil ya se abre paso entre los dedos

porque el hambre ya se transformó en bostezo largo

y el sueño, como el pan, es un misterio.

Se oye un grito gritando para todos

el que no quiera escuchar, se irá muriendo…

Hubiera querido dije,

y no alcanzó el tiempo.

 

Hoy se me ocurrió compartir con ustedes este poema de amor, fuerte, erótico. Un poema de amor que quizá alguna vez “hubiera querido” escribir y no pude. Como tantas cosas que me hubiera gustado hacer y no hice, palabras que me hubiera gustado decir y no dije,  abrazos que quise dar y no di… Pero lo particular de estos versos es que fueron escritos en un tiempo de vidas intensas, un tiempo de lucha pero también un tiempo de amores impresionantes, a prueba de todo.

Rosa María Pargas, su autora, fue una muchacha de mi generación. Entrerriana de nacimiento, salió de su tierra natal para estudiar Sociología, primero en La Plata y después en Buenos Aires donde comenzó su militancia. Detenida en 1972 es trasladada de la cárcel de Devoto al penal de Rawson donde conoce a Alberto Miguel Camps, uno de los sobrevivientes de la Masacre de Trelew. Fue en ese lugar donde escribió este poema, pensando que su compañero había muerto junto a los fusilados del 22 de agosto. Luego es trasladada a Devoto desde donde sale con la amnistía de Cámpora en el ‘73. Por el ‘74 se exilia con su pareja pero al tiempo regresa al país clandestinamente. En el ‘77, Alberto es asesinado por un grupo de tareas mientras Rosa es secuestrada y desaparecida después de ser vista en el centro clandestino de detención El Vesubio.

 

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