Soy mano: Bastante mujer *

por Graciela Labale
sábado, 13 de octubre de 2012 · 00:00

Porque las horas de mi abuela

fueron tartas de manzanas en el horno,

y motas de polvo acumulándose,

y sábanas poniéndose amarillas

y costuras y dobladillos descosiéndose inevitablemente,

yo casi nunca me ocupé de una casa,

aunque la verdad es que me gustan las casas

y quisiera tener que hacerle la limpieza a una.

 

Y la fragancia inconfundible de la crema Hinds, las sábanas bordadas por sus propias manos y el olor inconfundible de la plancha con el viejo almidón Colman con el que aprontaba los guardapolvos de las maestras de la escuela, donde el nono Domingo oficiaba de portero-casero, para sumar un manguito al presupuesto familiar.

 

Porque los minutos de mi madre

fueron chupados con el zumbido de la aspiradora,

porque bailaba el vals con la lavadora

y se arrancaba el pelo esperando a que la repararan,

yo mando la ropa a la lavandería

y vivo en una casa con polvo,

aunque la verdad es que me gustan

las casas limpias tanto como a cualquiera.

 

 

Y Flora, mi vieja, saliendo bien temprano para cumplir con su orgulloso oficio de maestra, pero dejando la casa impecable y todo preparado para que nada fallara a su regreso, especialmente la comida, con la que solía agasajar a la familia y los amigos particularmente en el invierno con su inefable buseca.

 

Soy bastante mujer

para que me encante amasar el pan

tanto como el tacto de las teclas de la máquina de escribir

en contacto con mis dedos, elásticos, resistentes.

Y el olor de la ropa recién lavada y el de la sopa que hierve

me resultan casi tan queridos como el olor a papel y tinta.

 

Me gustaría que no hubiera elección;

me gustaría poder ser dos mujeres.

Me gustaría que los días fueran más largos.

Pero son cortos.

Con que escribo mientras se apila el polvo.

 

Estoy sentada a mi máquina de escribir

recordando a mi abuela y a todas mis madres,

y los minutos que perdieron queriendo a las casas más

que a sí mismas; y el hombre al que quiero limpia la

cocina gruñendo, sólo un poco, porque sabe que después de todos estos siglos es más fácil para él que para mí.

 

Y así soy yo. Y también mis amigas y mi hija y todas las féminas de la familia o no que me rodean. Me gusta hundir los dedos en la masa para hacer pizza casera tanto como planificar el trabajo del día con el que me gano la vida, organizar las compras semanales o sentarme en la compu para escribir esta columna. No soy, no somos dos mujeres, sino dos o más mujeres en una, ni más ni menos.

 

* Poema de la estadounidense Erica Jong.

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