OCTUBREANDO: Arlt, el torturado (2/4/1900 - 26/7/1942)

por Horacio Petinicchi
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martes, 9 de agosto de 2011 · 00:00

 

Por la senda de grava roja que lleva al crematorio avanzan los hombres cargando un humilde ataúd, una persistente llovizna azul acompaña al heterogéneo cortejo. En el umbral de la irrealidad los simples mortales se echan atrás intimidados por el gran misterio y el olor a muerte. Sólo quedan los hijos del difunto, que vienen a despedir a su padre. Se los ve inusualmente alegres, esta vez, definitivamente, tendrán con ellos al fabricante de fantasmas que los revistiera de su forma inasible.

Haffner, más melancólico que otras veces, busca dónde descansar su espalda acribillada, mientras le susurra a Erdosain unas palabras incomprensibles. Éste, con un gesto dolorido,  ciñe sus manos en el pecho tratando de contener la sangre que le mana. A un costado, eternamente revestido con su larga túnica, que no alcanza a disimular el motivo de su vergüenza, el Astrólogo toma entre sus brazos a la Coja que no cesa de llorar. Ergueta, olvidado ya de sus recetas magistrales, empuña en su mano izquierda la Biblia, mientras entre dientes murmura “esto es lo que les espera a todos, turritos”.

Unos pocos pasos atrás, Saverio, mal llamado El Cruel, deja a un costado el catálogo de manteca para empuñar, con su real mano, la espada que le han legado. A un costado, un mulato con pinta de mandadero, amenaza con mostrar sus tatuajes sin dejar de hablar de la Isla Desierta, mientras su jefe ordena clausurar para siempre el sol que se cuela por las ventanas. Silvio Astier, callado y rabioso, como su juguete, observa desde un rincón. El viejo empleado de gris guardapolvo acomoda el cuerpo sobre la plancha metálica. A través de la ginebrina niebla que escapa de su prominente y roja nariz, observa el continente de quien es ofrecido a la purificación, tratando de adivinar qué fue. Ve un rostro marcado por las líneas de la decepción, unos labios descreídos, un espolón de proa en lugar de mentón, abundantes cejas, grises, a igual que el rebelde mechón de cabellos que adorna su frente, amplia por cierto, dando un aire de secreta picardía a ese rostro invadido por la muerte. Pregunta quién fue.

Un pecador en busca de la verdad - dice Ergueta. Un iluso, un soñador- susurra la Coja, secándose las lágrimas. Fue un torturado, peregrino en el valle de las angustias, acota Erdosain, dejando por un instante de apretarse el pecho, para acariciar levemente la cara de su padre. Un gran inventor, un creador no comprendido, alcanza a decir el compañero Vulcano. Tenía un profundo amor hacia los hombres, estaba enrolado desde siempre en el partido de los que nada tienen que perder, manifiesta quedamente el Rufián Melancólico, con un leve arrastrar de palabras. Se acerca el Astrólogo, se acerca y susurra en el oído del viejo empleado: ¿Sabe quién fue? Un Hombre, simplemente un hombre. 

Arlt fue el Caos, el dios que daba vida a iconoclastas personajes, destructores de viejos esquemas, buscando crear una nueva sociedad donde convivieran el unicornio con la bestia misteriosa.

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