APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Después de los penales

Por Hernán Deluca
miércoles, 20 de julio de 2011 · 00:00

 

La pelota atraviesa la línea, golpea la red y silencia a la poca euforia que me queda. En el centro de la cancha, los uruguayos ya están festejando, celebrando el pasaje a las semifinales. Festejar, una práctica común en todos aquellos que ganan algo. Clavo la mirada en el techo, lo sabía, las definiciones por penales no suelen estar de mi lado. La suerte y la eficacia se ignoran y mi corazón paga las consecuencias. Y van…

Otra jornada donde el fútbol me niega el saludo. Recuerden, soy de River.

El televisor se oscurece, exponiendo una deformada imagen de mi rostro. Mentira, la imagen es fiel. Sin despegar el culo del sillón, arranco con la conocida catarata de insultos. En esta ocasión, empiezo con Batista, paso por Tévez, gran párrafo dedicado a Grondona y termino, otra vez, en Batista. Por suerte, estoy solo. No hay testigos para esta irracionalidad, la que me acerca, bastante, al mediático Tano Passman. Respiro profundo y me pongo de pie. Tomo mi chaqueta preferida y la sostengo tal como lo hace Patti Smith con su saco en la remera que tengo puesta. Afuera, un cumpleaños me espera. Celebración. Antes, la calle.

Los insultos siguen en mi cabeza. Crecen, se alternan con preguntas e improvisadas explicaciones sobre lo sucedido. ¿Por qué esos tres mediocampistas en el partido inicial? ¿No éramos locales? ¿Milito? ¿Zanetti por izquierda? ¿De qué jugó Tévez? Un paso, una pregunta. Un paso, una puteada. Así, camino unas tres cuadras hasta que me doy cuenta que sigo solo. Ni un alma por la calle San Martín. Cada tanto, miro hacia atrás, no sea cosa que esté en un cuento de Mempo Giardinelli y nadie me avisó.

Cuando llego a la intersección con Fermín Gamboa se da el particular momento que quiero contarles. Ojo, esto no lo estoy inventando ni es consecuencia de alguna droga. Puro realismo mágico.

Estaba por pisar el asfalto cuando me detiene el sonido de una breve corrida, mezclada con un murmullo. Levanto la vista y lo veo a él. Todavía con el pantalón corto y los botines desatados. Me quedo duro y, repito, no por alguna droga. Con las manos en los bolsillos, lo observo. No quiero interrumpir su desahogo. Hay bronca y tristeza. También, lágrimas. Camina de un lado para el otro, mirando el cielo, como si allí, en las estrellas, esté la explicación. Lo imito. No advierte que estoy en la otra vereda, ni le importa. ¿Por qué?, parece preguntarle a algún dios. Con su mano derecha, la que está cerrada, golpea sus piernas. Una especie de castigo que no me animo a detener.

El frío lo obliga a moverse, también a mí que, por fin, cruzo la calle. Estoy a dos metros, voy a decirle algo, al menos, contarle que no lo puteé en toda la noche. Pero, en un rápido movimiento, gira, me da la espalda y extiende su brazo para parar al bondi. Debo correrme para que no me pise. Sube y deja ver las pocas monedas que apretaba con su mano derecha. Sin mirarlo, le dice al chofer: Derqui. Y se va. Así, como si nada, Messi se va.

Tardo unos segundos en reaccionar. Nuevamente, la soledad.

En el cumpleaños no hablé casi nada y esto llamó la atención de todos. Hernán, estás callado, ¿te pasa algo? Me duele un poco la cabeza, esa fue mi respuesta.

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