OCTUBREANDO: Mis putas queridas

por Horacio Pettinicchi
octubreliterario@yahoo.com.ar
martes, 12 de julio de 2011 · 00:00

 

Dicen que es el oficio más antiguo de la humanidad, cuentan que no hubo guerra revolucionaria en que ellas no estuvieran presentes, refugiando a perseguidos o empuñando un arma en las barricadas, ahí estaban las compañeras trabajadoras del sexo.

“Los seres más humillados de nuestra sociedad”, decía Bayer cuando hablaba de ellas recordando a Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache, la gringa Maud Foster, todas ellas pupilas de Paulina Rovira, dueña del prostíbulo “La Catalana”, de San Julián, allá en la lejana Patagonia, quienes se negaron a “atender” a los soldados del Teniente Coronel Benigno Varela, luego que éstos fusilaran a más de 1.500 peones rurales. Ellas, las prostitutas, fueron las únicas voces de repudio que se escucharon ante la peor matanza de obreros en nuestra historia.

Dicen que es el oficio más antiguo de la humanidad, no hubo bardo que no les cantara, ¿cómo olvidar las poesías de Tuñón, de Girondo o los “Versos de una puta” de Clara Berte?, nacida en la increíble pluma de César Tiempo: “A veces hasta me da vergüenza llorar pensando en lo pequeña que es mi pena ante la enorme pena universal. ¿Qué es mi dolor de triste yiradora ante el de aquellos que no tienen pan?

Legal desde 1875 hasta 1936, su prohibición sólo sirvió para acrecentar el nivel de corrupción en ciertos círculos de poder. La prostitución es un hecho y como tal hay que tratarla. No se puede esconder la realidad barriéndola bajo la alfombra, hay que dejar el eufemismo de lado, la visera de nuestra pacata sociedad que sólo ve lo que quiere ver. Es necesario ir al meollo de la cuestión. Combatir con todos los medios la denigración que significa la Trata de Personas, pero fundamentalmente a los que lucran con ella. 

Son de conocimiento público los prostíbulos habilitados, los arreglos con funcionarios, con agencias de turismo, los famosos books de los hoteles de cinco estrellas, pero eso no se arregla con un simple decreto de prohibición, si no, recordemos cuando la Revolución Libertadora pretendió negar al peronismo. Creo que no es tiempo de prohibición, sino de reglamentación, de leyes que las protejan y las rescate de su condición de ciudadanas de segunda clase. Que a las compañeras se les permita tener un sindicato y no una asociación civil, que puedan acceder a una obra social, tener los derechos de cualquier asalariado, recuperando así su dignidad de trabajadoras.

“Me entrego a todos, mas no soy de nadie; / Para ganarme el pan vendo mi cuerpo.  / ¿Qué he de vender para guardar intactos / mi corazón, mis penas y mis sueños?”

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