Apuntes desde la otra vereda: Un salvavidas llamado rock

por Hernán Deluca
miércoles, 30 de junio de 2010 · 00:00

 

 

 

Rocks Off. Los parlantes estallan. Frente a ellos, un torso desnudo que se entrega a una coreografía diabólica. Mi cuerpo. En la calle, hombres y perros, caminan hacia la única dirección que conocen: para adelante y con la cabeza gacha. Buenas noticias Hernancito, todavía conservás el enojo adolescente. Como remate, le pego a un redoblante fantasma. En pequeñas dosis, es cierto, pero ahí está, frente a tus ojos, aquel pibe que luchaba contra molinos de viento. Un croquis del ayer. ¿Y?, algo es algo.

Transición macabra. Ahora, en este momento, soy un pedazo de blues, consecuencia de una británica insatisfacción que congela a las recurrentes rabias cotidianas. Agito la cabeza, despeino la chatura. Miro la hora, hay tiempo. Hay tiempo. Total, ya conozco el final. Al atardecer, dos señoras, Calma y Madurez, se sentarán en la lastimada silla de hipermercado. Todos contentos frente al televisor. Happy.

Figurita repetida. Trabajar para un jefe que no reconoce el esfuerzo; descargar parte de la bronca contra los semejantes que inflan el 291; la burocracia que desconoce tu nombre; una respuesta que te engaña y la sonrisa que volvió a ausentarse. Bronca, ganas de gritar aunque papá y mamá ya miran hacia un lugar llamado nietos. Siempre hay una puerta: la música. La única droga que vale. Corre por las venas, agita la sangre, me cierra los ojos. Sweet Virginia, nena.

“Exile on Main Street”, el más stone de los Rolling acaba de reeditarse y esto es lo que me pasa. ¡Al fin, una caricia para el melómano desesperado, el que andaba dando manotazos en el mar de las “nuevas costumbres culturales”! Otra vez, mi cuerpo.

La reedición de viejas glorias rockeras es la nueva golosina con la que las empresas discográficas mantienen vivo al tipo que aún pierde el tiempo entre las bateas cubiertas de polvo. No me importa, me encanta ser engañado de esta manera y con esta calidad.

Cuando lo nuevo no me produce nada, es decir, no me hace viajar, una nueva mirada hacia lo viejo, hacia lo clásico, suele ser la solución. Esos muertos que siguen vivos, ¿no? El CD está extinto, afirman. Lo importante es acumular y no apreciar, el hit antes que el concepto. ¿El arte?... ¿Lo qué? Fuck a todos los Steve Jobs del mundo.

Un salvavidas doble. Con un arte de tapa que, habitualmente, mejora al original, estas reliquias llegan con premio. Por un lado, la obra maestra que en su momento voló cabezas y que hoy suena de manera soberbia. Por el otro, la novedad, el segundo disco, el que contiene tomas alternativas y viejas composiciones, las que salen a la luz ayudadas por la  regrabación de voces y nuevas guitarras que se suman a una mezcla acorde a estos tiempos. ¡Hasta llamaron al mismísimo Mick Taylor para no pifiarla!

La cuestión es que los parlantes estallan y yo lejos de mi casa. Gracias o a pesar de la intromisión de la tecnología, me encuentro en aquel sótano oscuro y húmedo de la mansión de Nellcote, Francia. Con los setentas llegan los excesos, las negras que aúllan de fondo y Billy Preston incendiando su piano. Dealers y desprolijidad, el rock en su máxima expresión.

Esto es extraño, digo, darle play a un disco que acabo de escuchar. No pasa con todos. ¿Magia negra, tal vez?... Si, debe ser eso. La maldita brujería en las cabezas de Jagger y Richards. Es por eso que, frente a ellos, un torso desnudo se entrega a una coreografía diabólica. Mi cuerpo, el del eterno adolescente.

 

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