“Todos deberían publicar un libro en su vida”

El derquino Víctor Koprivsek habló sobre su pasión por las letras. Con 4 obras editadas, es uno de los máximos referentes literarios del Partido.
martes, 15 de junio de 2010 · 00:00

 

“Ser poeta es algo inalcanzable, es vivir en poesía hasta el final”, reflexionó Koprivsek.

 

 

Con 4 libros publicados y la organización de innumerables cafés literarios en su haber, el derquino Víctor Koprivsek (36) es una de las figuras que se destacan en el terreno de la literatura local. En el marco del Día del Escritor (se conmemoró el domingo último), el poeta habló con El Diario e hizo hincapié en esta pasión que cultiva desde hace años.

A través de su familia, Koprivsek descubrió su vocación por las letras siendo aún un niño. Por un lado, estaba su madre, docente, quien no acostumbraba leerle poesías, por el otro el Tío Dick, quien sólo le mostró el camino de la literatura, sino que lo conectó con la cultura en general. Si estando en cuarto grado del Instituto Modelo de Pilar, saboreó por primera vez las mieles de este arte tras recitar “La Higuera” (Juana de Ibarbourou), ya en el secundario su apego por la poesía sería mayor, sobre todo luego de escuchar los versos de “La casada infiel” (Federico García Lorca) en boca del profesor Manuel Vázquez.

Un año antes de egresar del Instituto Nuestra Señora de Fátima, Koprivsek hizo sus primeras armas como escritor cuando junto a un grupo de compañeros de curso editó la revista estudiantil “Nazarena, la garrapata”, donde se dedicaba a redactar notas.

Su primera experiencia con la poesía llegó a los 21 años, con un texto inspirado en la música. “Al principio escribía mucho sobre mi disconformidad con el mundo, aunque también apuntaba a lo social y, por supuesto, a lo que me generaban las mujeres que quise. Me volqué a la poesía por impulso, estaba esa fuerte necesidad de escribir textos breves pero profundos”, expresó Koprivsek, quien con la salida de las columnas Soy Mano en El Diario (tarea que comparte con Graciela Labale), incursionó en la prosa y el relato breve. 

 

Trascender

Con el tiempo y la práctica, el derquino supo encontrar un estilo propio, siempre dentro de la poesía. Claro que a su vez, se empapó con la obra de autores tan diversos como Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Baldomero Fernández Moreno, Evaristo Carriego y Roberto Arlt, con quien actualmente siente un fuerte vínculo.

Koprivsek afirmó que, más que una manera de escribir y expresarse, la poesía representa un encanto que trasciende al modo de vivir. “Es algo implacable, te quema la cabeza, tiene principio y final. Un verso puede atesorar una idea muy grande. Si bien muchos me llaman poeta, un gesto que por supuesto agradezco y valoro, siempre tuve la idea que ser poeta es algo inalcanzable, es vivir en poesía hasta el final, como lo hicieron los grandes”, explicó.  

- ¿Cómo viviste la edición de tu primer libro “Poemas de barro” (1998)?

- Lo primero que recuerdo que tardé un año en compaginarlo. La primera sensación fue de conquista. Al estar “Poemas de barro” en la calle, empecé a sentir cierta distancia con esos textos, era muy crítico con mi trabajo. Estuve casi un año y medio sin poder leer mi libro, hasta que llegó un momento que me amigué con lo que había hecho. Considero que todas las personas deberían editar un libro en algún momento de su vida, a fin de expresar lo que desee, ya sea sobre su vida personal o la opinión del mundo que lo rodea. Es una experiencia maravillosa que te conecta con algo que trasciende; vos te morís, pero tu obra perdurará en el tiempo”, concluyó.

 

Bibliografía de Koprivsek 

“Poemas de barro”, 1998

“Territorio”, 2004

“Soy mano” (compartido con Graciela Labale y Carla Manzoni), 2005

“El ladrillo desnudo”, 2006

 

OCTUBREANDO 

El libro que no leí

por Horacio Pettinicchi 

A cierta edad un leedor promiscuo, como me gusta llamarme, toma conciencia que el tiempo se hace corto para leer lo que no he leído, que este pedacito de vida que nos tocó en suerte es escaso, tanto bueno, tanta palabra que no podré acariciar, acunar, y no es casual entonces las relecturas, y ahí estamos pues, de nuevo con Gorki, Quevedo, Arlt, Gelman o Benedetti entre otros, tratando de obtener de ellos la suficiente lucidez para entender el sentido de la vida. Pero, cuando uno se encuentra con los diálogos de una película y se da cuenta que en ellos está todo lo que deseó decir, la idea madre que pretendió compartir coordinando un taller o dando una charla y busca el libro donde nació el guión y se entera que el mismo nunca fue editado, no puede dejar de sentir cierto grado de frustración.

Me estoy refiriendo a la película de Adolfo Aristarain “Lugares Comunes”, basada en  “Renacimiento”, de Lorenzo Aristarain. Texto biográfico que narra la historia de un profesor de literatura interpretado magistralmente por Federico Luppi, a quien jubilan por decreto. En su clase de despedida, brillante por cierto, deja una imperdible enseñanza a todos aquellos que quieren ser o dicen ser maestros.

De la lucidez y sus lugares comunes: (fragmento)

“…Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar quiere decir mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también, enseñando también, el método para entender, analizar, razonar y cuestionar esa información. Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, en dogmas religiosos o en doctrinas políticas sería saludable que se dedicara a predicar en un templo o desde una tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo, antes de entrar en el aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Pónganse como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que “la meta es el camino”, como respuesta no nos sirve. Describe la tragedia de la vida, pero no la explica. Hay una misión o un mandato que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado, pero que yo espero de ustedes, como maestros, se la impongan a sí mismos: despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad. Cuando se percibe el absurdo, el sinsentido de la vida, se percibe también que no hay metas y que no hay progreso. Se entiende, aunque no se quiera aceptar, que la vida nace con la muerte adosada, que la vida y la muerte no son consecutivas sino simultáneas e inseparables. Si uno puede conservar la cordura y cumplir con normas y rutinas en las que no cree, es porque la lucidez nos hace ver que la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia”.

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