Con Kempes en la cancha y pilarenses en las tribunas

Adolfo Pandolfo, comerciante local, presenció junto a tres amigos la final contra Holanda. Revivió su experiencia y se volvió a emocionar. "El festejo siguió toda la vida", aseguró.
viernes, 11 de junio de 2010 · 00:00

 

Desde su ferretería de Rivadavia y ruta 8, Pandolfo volvió a emocionarse al evocar aquella final. 

 

En 1978, la canción decía que “25 millones de argentinos jugaremos el Mundial”. En aquellos días de junio, cuatro pilarenses atravesaron la experiencia de vivir en la cancha las emociones del primer equipo nacional que alzó una Copa del Mundo, y uno de ellos dialogó con El Diario para revivir esos momentos.

Adolfo Choclo Pandolfo está desde hace 50 años detrás del mostrador de su ferretería de Rivadavia y ruta 8. Sin embargo, hace tres décadas hizo una excepción muy particular: “Saqué un remanente de entradas en un banco de San Fernando, que incluían los tres partidos de Argentina en la primera fase y la final. Estuve desde las 15 hasta las 10 del otro día, pero fui el primero de la fila. Salió el gerente para decirme que la venta arrancaba al otro día, pero me quedé, a pesar de que estaba lluvioso. A las 10, la cola daba la vuelta a la manzana”.

El comerciante, en ese entonces de 27 años, adquirió cuatro packs de entradas, cada uno con un valor de alrededor de 1.300 pesos actuales. “Fui con Enrique Quique Rodríguez (suegro de Humberto Zúccaro), Mariano Chichín Parra y mi primo Ricardo Pandolfo”, recuerda. “Habíamos arreglado que, después de cada partido, Rodríguez pagaba la pizza, e íbamos a la cancha en el auto de mi primo, que cada partido se compraba un gorro nuevo y lo elevaba en un dedo cuando se cantaba el Himno”.

A pesar de la magnitud del acontecimiento, señala que “si bien los partidos fueron todos a cancha llena, la gente los vivía como siempre lo hace el público de la Selección, ni siquiera hubo furor en la final. No era una gran euforia, no sé si es por la cancha de River o qué, pero el público no era muy fervoroso. El estadio mismo no transmite demasiado, a la Selección la ví en la cancha de Boca y se venía abajo…”.

Los pilarenses se ubicaban en la popular visitante, detrás el arco en el que hizo los dos goles Mario Kempes. “Desde que metió el segundo gol me puse a llorar y no paré más, pasaron 32 años y me sigo emocionando. Fue mucho más emocionante que cualquier otro título”, dice Adolfo y no miente, ya que mientras habla se le caen las lágrimas una vez más.

Es que, para él, “los jugadores dejaban todo en la cancha. Luque jugaba a pesar de que se había muerto su hermano en pleno Mundial. Jugaban con la camiseta rota, bañados en barro, y en la final hasta el minuto 120 pusieron la misma garra. Y el que entraba en el último minuto ponía la misma voluntad”.

Por eso, no acepta las sospechas que muchas veces recayeron sobre el título: “Para nada, es una ridiculez sin sentido. Siempre va a haber gente así, pero es una ínfima minoría. Al ver el partido te dabas cuenta que era imposible”.

El 25 de junio, día de la final, el partido comenzó a las 15, y los amigos salieron desde Pilar a las 9, “a pesar de que no había el mismo tránsito que ahora –comenta Adolfo-. En la tribuna estábamos bien, no era que no se podía respirar. Como no hubo sobreventa de entradas, estábamos cómodos en la popular”.

Cuando todo era festejo, pasó lo inesperado: “Cuando empató Holanda se nos heló la sangre, igual que el tiro en el palo del último minuto. Sin embargo, veíamos que Argentina ponía todo”. Y agrega: “Por suerte Kempes hizo el gol apenas empezó el alargue. La angustia fue desde que terminó el partido hasta que empezó la prórroga. Por eso se festejó recién al final, cuando terminó el partido. Había mucha tensión, lo único que queríamos era que terminara”.

Con el aliviador pitazo final, “nos quedamos en la cancha hasta el último momento. Luego, la gran mayoría de la gente fue al Obelisco, pero Quique quería volverse a Pilar, por eso nos vinimos a festejar acá. Yo me fui para Escobar –donde vivo-, y todo el mundo estaba en la calle. Fue una fiesta hermosa”.

El día después a la consagración, el gobierno de facto decretó asueto, pero Adolfo asegura que “se habló todo un año de esa final. Fue tocar el cielo con las manos, se festejó durante mucho tiempo. Para mí, el festejo siguió toda la vida”.

 

 

 

Con el Flaco 

Si bien no se muestra admirador de César Luis Menotti, Adolfo Pandolfo afirma que el Flaco “hizo una revolución. Antes de su llegada, la Selección no tenía jerarquía, nadie la respetaba. La organizó de una forma que quedó para siempre, implementó una forma de trabajo que le dio categoría a la Selección”.

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