Melodía de arrabal

Noche de perros

por Mauro Peverelli

9 de marzo de 2024 - 23:39

Hay mucha luz, pensó Jorgito y miró la hilera de lámparas blanqueando la noche a lo largo de esa calle que llegaba hasta la ruta. Hay que meterse en el barrio… por alguna calle un poco más oscura y más… Estaba sentado en la parada del colectivo. Tenía el almacén a unos metros, en la vereda de enfrente. Un viento soplando en ráfagas heladas le congelaba la cara y las manos. El colectivo pasaba cada quince minutos, a veces veinte. Venía de La Lomita, atravesaba toda La Verde y terminaba en el Golfers. Bajaban cinco o seis personas. En segundos se perdían por las calles del barrio y la parada volvía a quedar vacía. ¿A qué hora cierra?, se preguntaba Jorgito y miraba el frente del almacén donde cada tanto entraba o salía algún cliente. Se sentaba arriba de las manos para que no se le congelaran. Hacía dos días que no comía. El sueño y el hambre en una disputa sin ganadores. Los ojos se le cerraban pero el hambre lo despertaba al instante. Imágenes fugaces como estampas en una pantalla delirada en momentos en que los párpados caían vencidos por el sueño. La Nati llorando y tapándose la cara con las manos. Se despertaba. Pensaba otra vez en su hermana. La ternura y la rabia creciendo y el puñado de promesas que le había hecho retumbando en los oídos.

Vio que cerraban el almacén. Llegó otro colectivo. Bajaron solo dos personas que enseguida se perdieron hacia el fondo del barrio. Se fijó la hora en el teléfono. Tenía que esperar a que se hiciera más tarde y las calles se vaciaran del todo. Voy a volver a buscarte, Nati, no llores que voy a volver y nos vamos a escapar de esta casa y de este hijo de puta y… Cuando se despertó vio un perro sentado al lado suyo. Las costillas marcadas a ambos flancos y en los ojos el resplandor vencido de un abandono y un hambre casi tan grandes como los suyos. Chuco, le dijo y el perro movió la cola. Se relambetió un par de veces y enseguida enrolló el cuerpo escuálido a unos centímetros de donde él estaba. Tranquilo Chuco, hay que esperar. El perro movía pesadamente la cola cuando lo escuchaba hablar.

Hacía rato que el almacenero se había ido. El colectivo pasaba cada vez más espaciado. El vapor de los desagües que daban a la calle flotando débilmente sobre las cunetas. Se levantó y caminó unos pasos y cruzó la calle. El perro detrás suyo. Se fijó que no hubiera nadie. Miró la persiana del almacén cerrada con un candado. Arriba y a un costado el rectángulo donde alguna vez hubo un viejo equipo de aire acondicionado. Era el único espacio que la persiana no cubría. Miró dónde pisar para treparse y tumbar la placa de madera pintada que cubría el rectángulo. Se raspó la mano izquierda cuando se zafó el pie con el que hacía fuerza para impulsarse. Le empezó a salir sangre y se llevó la herida a la boca. Un insulto callado surgió como una maldición que no encontraba destinatario y en un segundo volvía como cuando se orina en contra del viento.

Volvió a intentarlo. Golpeó con fuerza la tabla y la volteó. Se descolgó del lado de adentro. Un olor a desinfectante y a piso mojado. No se veía nada. Pateó un cajón de plástico cuando quiso dar un paso. Los ojos se le acostumbraron a la oscuridad cuando pasaron unos segundos. Vio una ristra de salamines colgados de un gancho arriba del mostrador. Una visión alucinada como la de un creyente espiando por una mirilla el fantástico paisaje del paraíso. Avanzó un par de pasos para acercarse al mostrador. Fue cuando estalló el ruido de la alarma y las luces se encendieron de golpe. Se vio parado en medio del almacén ahora totalmente iluminado y pensó que de pronto se despertaba de un sueño. El instante delirado en que mordía la fruta y era expulsado del edén para siempre.

Dio un salto y arrancó la ristra de salamines y los metió en la mochila. Empujó el cajón de plástico hasta debajo de la abertura por la que había entrado.

Cuando estuvo afuera no vio al perro. Empezó a correr por la vereda y se metió al barrio. Las calles más oscuras y el ruido de la alarma a lo lejos como una canción furiosa que va perdiendo su capacidad de seducir intimidando. Dejó de correr y se sintió la respiración agitada y vaporosa. La mirada todavía desesperada intentando anticipar la amenaza. De pronto una jauría de perros hambrientos se fue acercando gruñendo y ladrando. Quería espantarlos agachándose como si fuera a tomar una piedra del piso. No se alejaban. Uno se arrimó y le tarasconeó el pie y le mordió la parte final del pantalón y se puso a tironearlo. En ese momento los otros se animaron y se le fueron encima. Alcanzó a manotearse la mochila y arrancó un salamín y lo tiró lejos. Dos de los perros se apartaron de la jauría y fueron en busca de la comida. Los otros cuatro seguían mostrándole los dientes. De pronto la visión de su hermana y de su padre pegándole cuando llegaba borracho del trabajo. Los pensamientos desesperados y otro perro mordiéndole el tobillo de la otra pierna. Empezó a sacar salamines de la mochila y a tirarlos y los perros empezaron a alejarse.

El resplandor azul de las luces de unos patrulleros acercándose a la calle donde él estaba. Empezó a correr nuevamente. Vio un terreno baldío cerrado con unas chapas viejas y oxidadas. Los patrulleros doblaron en la esquina y empezaron a acercarse. Saltó las chapas y cayó del otro lado. Unos yuyos altos y quemados por las heladas. Se sentó y se recostó contra la pared de una casa vecina. Cerró los ojos del susto y del cansancio. Los volvió a abrir y vio cómo el resplandor de las luces azules se alejaba. Al lado suyo estaba el perro que lo había seguido en la parada. Lo miró y se le escapó una sonrisa nerviosa pero no dijo nada. Se escuchó latir el corazón con violencia. Volvió a pensar en su hermana y en su padre y la impotencia y la bronca estuvieron a punto de reemplazar al miedo. Miró adentro de la mochila. Quedaba un solo salamín. Algo es algo, pensó.

Se puso de pie y caminó hasta las chapas. Espió por una hendija y no vio nada. Se quedó un momento mirando para asegurarse de que el peligro había pasado. Volvió hasta el lugar donde había estado sentado. Buscó la mochila y metió la mano y estaba vacía. Buscó por todos lados y no vio nada. Miró al perro que estaba ovillado a unos centímetros. El hilo del último salamín le colgaba de un costado de la boca. Se quedó mirándolo. Estiró la mano y le acarició la cabeza. Al menos uno comió hoy, Chuco… Se quedó allí sentado. La espalda contra la pared. La noche iba a ser larga.

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