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Literatura

Melodía de arrabal: Luces del suburbio

por Mauro Peverelli

24 de marzo de 2024 - 08:43

Se quedó mirando por la ventanilla. La nena dormida en los brazos con el muñeco apretado entre su cuerpito y el de ella. Escuchó primero el pitido y después vio cómo se cerraban las puertas del vagón y recién ahí se sintió un poco más tranquila. Tenía todavía en la cabeza la imagen de la luz roja y parpadeante en el faro trasero de la moto del Buca. La moto estaba en marcha pegada al portoncito y ella la vio cuando salía medio corriendo y medio llorando y con la nena en brazos. Le pareció raro la moto ahí en marcha y con esa luz trasera que fallaba y no terminaba nunca de prenderse ni de apagarse del todo.

El tren empezó a moverse. Unos perros corriendo al lado del vagón. La gente amontonada en el comienzo del andén y esperando a que el tren pasara y así poder cruzar las vías. Una de las luces blancas estaba apagada al final de la plataforma. La nena gimió dormida y apretó el muñeco con una de sus manos; con la otra buscó su cuerpo y la tibieza de su cuerpo y aflojó los gestos de la cara y siguió con un sueño ahora más relajado. Le venía el recuerdo de los gritos y los golpes pero intentaba apartarlos mirando la noche caliente y borrosa desplazándose veloz del otro lado de los vidrios. Un suburbio humoso y oscuro como el paisaje de un breve infierno al que se entra y se sale como cuando se va a trabajar y se vuelve. Otra vez los insultos y los gritos y ella intentando defenderse a los arañazos de la lluvia de golpes como pedradas sobre todo su cuerpo.

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El tren empezó a detenerse. Astolfi, leyó en el cartel cuando entraban a la plataforma; la última estación antes de llegar a Pilar. Se tocó el pómulo debajo del ojo derecho. Lo sintió hinchado y caliente y tuvo ganas de llorar pero se contuvo. Una música y unas risotadas venían del furgón delantero. El olor de la marihuana se mezclaba con el de una quema de basura que el tren acababa de atravesar antes de llegar a la estación. Pensaba en su madre. No se había ido bien de la casa de su madre y ahora volvía y no sabía si… No le arranca… se dijo de golpe y casi en vos alta. Se acordó de la luz roja y parpadeante en el faro trasero de la moto en marcha. Por eso no la para, porque no le arranca… Volvió a pensar en la pelea. Ella en el piso llorando y tocándose la boca y viendo como los dedos volvían mojados de saliva y de sangre. El Buca entrando como si nada al baño y prendiendo la ducha y el ruido del agua cayendo del otro lado de la cortina de tela. La nena llorando y ella levantándola de la cuna y el muñeco colgando de la manito apretada. El zumbido en los oídos y los pensamientos apretados y un delirio de miedo y de bronca en cada uno de los movimientos. La puerta y del otro lado la noche indiferente y mezquina jugando a ofrecerse a la vez como alivio y como amenaza.

El tren se paró en medio de las vías antes de llegar a Pilar. Oscuros pedazos de tierra baldía y luces amarillas y blancas desperdigadas en el rancherío que se propagaba a la distancia. Entraba un poco de viento por la parte alta de las ventanillas.

Qué nos pasó, que nos

queríamos tanto y ahora no,

Cupido tiró la flecha y la cagó…

Qué pasó…

La música y las voces venían del furgón junto con el olor de los cigarros. Los minutos pasaban y el tren no se movía. La nena se despertó y se quedó mirando por la ventana igual que ella. La bocina y el tirón de la locomotora al mismo tiempo. El tren avanzando nuevamente. Un apagón oscurecía la estación de la que sólo se distinguían unos semáforos con la luz verde dándole vía para que entrara a la plataforma. La formación lenta y mesurada como un ciego avanzando a tientas. Se abrió la puerta. Caminó con la nena en brazos para el lado de los molinetes. El resplandor de las luces de los autos bajando por Nazarre. No se veía nada. Apenas salió de la estación se topó con la luz roja parpadeando en el faro trasero de la moto en marcha.

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