¿Y la chica… Lali, qué dicen los padres? Su madre lo miró por encima de los anteojos. Puso la remera que estaba doblando en la pila y agarró otra. Esa no… dijo él, esa es de papá… no tiene, Lali vive con una hermana, no tiene padres… una casa llena de chicos, no se lleva bien con la hermana ni con el cuñado… para ellos es una solución que se vaya. Ella se levantó del asiento y fue hasta el ropero y acomodó la pila de remeras. No le va a gustar… a tu padre no le va a gustar nada.
Melodía de arrabal: La pieza de material
Por Mauro Peverelli
Cuando salió el pasto estaba mojado por el rocío de la noche. Él lo sabía, por eso hablaba antes con su madre. El viejo era más duro, casi no tenían diálogo. Solo saludos, comentarios a la pasada y… Se frotaba las manos. Después las ahuecaba y soplaba adentro para calentarlas. El colectivo no venía. No se podía hablar con el viejo… pero no había sido siempre así; cuando era chico lo llevaba con él a la obra; él lo veía trabajar y le preguntaba cosas y al viejo siempre se lo veía contento de explicarle cómo sacaba el nivel, o cómo usaba la regla cada vez que tenía que revocar una pared o hacer la carpeta encima de un contrapiso.
El colectivo lleno. El chofer golpeteando el volante con los dedos al compás de la música que venía del estéreo: unos pibes disparándose frases más a los gritos que cantando.
Pasaron la Curva del Mingo y siguieron y se metieron por la rotonda de Carabassa. Se acordó que no había comprado los chicles y se bajó antes de llegar al frigorífico. Se metió en el mercadito y compró tres paquetes y pagó y salió masticando. Caminó las cuadras que faltaban. La mañana un poco ventosa. Cruzó las vías y siguió caminando.
Cuando llegó fue derecho al pozo donde escondía las herramientas. Apartó la tabla y el plástico y empezó a sacar las cosas que usaría. Se subió al techo de la casilla y terminó de clavar las chapas que le faltaban. Se puso a tapar los agujeros de las viejas clavaduras con los pedazos de chicle que venía masticando. Se quedó sentado en el techo y mirando el terreno. Los cimientos y el contrapiso de la piecita de material. Más allá el rancherío desperdigado; las parcelas de campos baldíos y yuyosos; casuchas desvencijadas con chimeneas de lata escupiendo el humo al viento manso de la mañana.
La llamó a Lali antes del mediodía ¿Podés hablar? Sí… dijo Lali, la señora se fue a Pilar y vuelve en un rato, yo ya casi termino, me falta limpiar una pieza y… ¿hablaste con tus viejos? Con mamá, dijo él, con el viejo a la noche, cuando vuelve del laburo. Te paso a buscar y vamos juntos. Dale, dijo ella.
Pasó el resto del tiempo atando el plástico a los cuadrados de la ventana que no tenían vidrios. Después abrió la puerta y la ventana y barrió el contrapiso y esperó a que se esparciera el polvo. Cuando se fue cerró el alambrado enganchando el palo en el ojal de alambre. Miró hacia el terreno y la casilla de madera allí hundida entre los pastizales.
Tenía franco porque era lunes y la panadería estaba cerrada. Estaba solo el reparto pero hoy le tocaba al Polaco. Era temprano para el colegio entonces se fue hasta el almacén de Enrique y se quedó tomando cerveza con Lucerito y con el hermano. Después de la segunda lata ya sabía que tampoco iría al colegio. Hablaban y revisaban los mensajes en los teléfonos y él le contaba a Lucerito que se iba a vivir con Lali a una casilla que ya tenía casi terminada en un terreno al fondo de Carabassa. Brindemos por eso, decía Lucerito y chocaba la lata con la suya y la del hermano. Daba el último trago y le decía al hermano que fuera a buscar otra. Ya hice los cimientos y el contrapiso para una pieza de material que tengo que empezar en cualquier momento. Alfredo está sin laburo, dijo Lucerito señalando al hermano con los ojos …llevateló. No puedo Luce… no tengo guita, compré los materiales y los voy a estar pagando hasta el año que viene.
Siguieron tomando cerveza y dejando pasar las horas en elaborados comentarios a los que el influjo del alcohol solo volvía caprichosos o cuanto menos arbitrarios. Derrochaban sentencias de cómo debería ser el mundo y la gente en el mundo y ellos no estaban en ninguno de los ejemplos porque por supuesto no reunían las condiciones que ellos mismos exigían.
Cuando se hizo la hora salió para la casa de Lali. Estaba oscureciendo y no había casi autos en las calles. Un murmullo de barrio anochecido empujando el silencio hasta la orilla caudalosa de la autopista. Una suerte de oleaje manso y rumoroso apenas insinuándose a la distancia.
Iba pensando en el viejo. Sabía que era inútil. Buscaba siempre las palabras y los argumentos y hasta elaboraba frases y sentencias para intentar hacerle entender algo. Pero cuando estaba frente a él era imposible. Se quedaba mudo. El viejo decía una palabra, dos palabras y se terminaba la conversación. Esta vez sabía exactamente cuál sería la reacción. El colegio. El viejo siempre fantaseó con que él debía terminar el colegio y estudiar arquitectura. Se había pasado la vida haciendo pastones y revocando paredes; siguiendo órdenes de los arquitectos que llegaban a la obra en sus autos nuevos y hablando por teléfono con personas que del otro lado de la línea habitaban otro mundo, uno que era infinitamente menos duro que el que le había tocado a él, hecho de madrugadas heladas, de manos cuarteadas por el frío y de veranos calcinados encima de las escaleras y los andamios. No quería eso para su hijo. No había discusión en ello.
Lali estaba en la puerta esperando. Caminaron unas cuadras en silencio. Ella lo notaba preocupado y lo tomaba del brazo y lo apretaba contra su cuerpo. Cuando llegaron su madre estaba terminando de cocinar y el viejo no había llegado. Escucharon el motor de la camioneta y unos segundos después el viejo entró y saludó con un gesto y se metió en la pieza. Su madre y Lali hablando de cosas que él apenas escuchaba.
Cuando la comida estuvo en la mesa el viejo salió del dormitorio y se sentó en la cabecera y se puso a comer en silencio. Tenía el pelo mojado porque acababa de bañarse. Él tenía el estómago cerrado. Miraba el plato con la cena y se veía incapaz de probar un bocado. Nos vamos a vivir al terreno, dijo de pronto. Sintió como si bajara al piso una bolsa de cemento que traía cargada en el hombro a lo largo de una cuadra. Ya terminé la casilla. Silencio. Recién ahí pudo empezar a comer.
Cuando terminó de cenar el viejo se levantó de la mesa. Papá, dijo él. ¿Y el colegio?, dijo su padre y lo miró a la cara. Por ahora… En el momento en que salgas por esa puerta olvídate que tenés un padre… una familia. Su madre intentó tranquilizarlo. El viejo se metió en la pieza.
Esos primeros días llegaba a la tarde y le gustaba ver la casilla y el terreno con el pasto cortado y el humo saliendo desde el caño de chapa de la salamandra. Una diezmada felicidad que no llegaba a ser plena por aquella pelea con el viejo. Pensaba que el tiempo sanaría esa herida pero se veía peor a medida que pasaban las semanas.
Hubo unos cuantos días de mañanas heladas. Se pasaba las tardes tapando con trapos y papeles las hendijas de la ventana y la puerta por donde el frío se escabullía. Salía hacia la panadería antes del amanecer. Lali se quedaba en la cama un par de horas más hasta que se hacía la hora de salir hacia su trabajo.
Un lunes de franco él se quedó un rato más en la cama. Se despertó a la hora de siempre y se abandonó mirando cómo crecía la luz a medida que el sol desganado y lento trepaba el cielo congelado de la mañana. Lali dormía al lado suyo. Miró la hora en el teléfono y pensó si debía despertarla. Cuando estaba a punto de levantarse oyó el ruido creciendo por el callejón de tierra. Se arrimó casi desnudo a la ventana. Vio acercarse la camioneta del viejo. Traía la mescladora y las reglas y todas las herramientas para empezar a levantar las paredes de la pieza de material.