Hacía un bollo con el pañuelo de papel y lo tiraba al cesto. Los ruidos de la calle y la noche fría y nubosa entrando en ráfagas cada vez que se abría la puerta del quiosco. María me mata, si se entera me mata, decía. Tranca Juli… es tu vieja, te va a entender, seguro a ella le pasó alguna vez, le decía Tamara. No es mi vieja… vos no la conocés, le llego a caer con esto… se secaba los ojos con el puño del buzo. Un resplandor desleído y tembloroso marcando las siluetas de los edificios en la vereda de enfrente. El sonido tardío del trueno haciendo vibrar los cristales de la puerta siempre mal cerrada. Un video musical en la pantalla del televisor que colgaba de la pared. Estaban sentadas en las sillas de plástico. La chica del quiosco las llamó para avisarles que ya estaba el café. Tamara se levantó y fue a buscarlos.
Melodía de arrabal: Juli y Luquita
Por Mauro Peverelli
Veían llover del otro lado de los vidrios. Ella miró el teléfono y después la lluvia y dijo que era tarde. ¿Y Luquita? Dijo Tamara. ¿Qué? ¿Le dijiste? Un colectivo estaba parado en el semáforo. Los ventanales y la puerta del quiosco ahora vibrando con el motor del colectivo en marcha. Es un gato ese… está en cualquiera Luquita, me hace bardo por cualquier gilada… Le tenés que decir Juli, es el padre, le tenés que decir. Ahora está enojado, dijo ella …ya ni me acuerdo por qué, todas las semanas un quilombo distinto.
Había parado de llover cuando salieron del quiosco. Caminaban pegadas a la pared porque los autos pasaban rápido y el agua que salpicaban llegaba hasta la mitad de la vereda. La parada llena de gente. El colectivo no pasaba desde hacía casi una hora y la gente se iba amontonando debajo del techo del refugio porque había empezado a llover de nuevo. No alcanzaron a subir. El colectivo se llenó cuando cargó a la mitad de las personas. Una hora más tarde viajaban apretadas entre la gente que volvía del trabajo y entre pibas y pibes que salían de los colegios nocturnos. El olor de los cuerpos transpirados. Las cabezas mojadas por la lluvia. Conversaciones en vos alta y el sonido de los audios de los teléfonos mezclándose con las voces y las risotadas.
Cuando llegó a su casa todos estaban durmiendo. Escuchó los ronquidos de María o de alguien que dormía con ella cuando pasó por la puerta de su pieza. Trataba de no despertar a sus hermanos. Buscó el bolso arriba del armario y empezó a cargarlo con su ropa y con sus cosas. Anita hablaba dormida, a veces gemía como en el comienzo o en el final de un llanto. Se acercó y le acarició la cabeza. Apenas se despertó y volvió a dormirse. Llenó también la mochila.
Se acostó pensando si no se había olvidado de guardar algo. Estuvo dando vueltas en la cama. Ahora escuchaba como el Juani rechinaba los dientes. Había parado de llover. Se puso las manos en la pansa. No podía decidir todavía si se trataba de una caricia o de un lamento. El llanto trabado en medio de la garganta. Se sintió sola.
Un pájaro enorme volando por encima de su cabeza. De a ratos lo sentía como una amenaza. A veces solo se trataba de un ave y su vuelo lento e indiferente. Miraba hacia arriba y veía la silueta de su papá que se iba desvaneciendo. Estaba siempre de espaldas.
Se despertó con la impresión dolida de ese pájaro misterioso alejándose pero sin desaparecer nunca del todo.
La pieza a oscuras. Se levantó y se acordó que no había guardado la computadora que le dieron en el colegio. La metió en la mochila. Escuchó el ruido de una moto acelerando para el lado de la autopista. Cuando llegó a la parada apenas lloviznaba. Miró la hora y pensó que tenía que pasar el colectivo que venía por Manzanares. Buscaba motivos o excusas para justificar a su patrona que llegaba cargada con el bolso y con la mochila. Pilar-Luchetti, por Fátima, decía el cartel del colectivo.
Vio el amanecer desde la ventanilla. El comienzo borroso y sucio de la ciudad desplazándose a toda velocidad del otro lado del vidrio.
Se pasó gran parte de la mañana limpiando los vidrios de la galería. Su patrona hablaba por teléfono. En un momento se acercó y apretó el celular en el pecho y le dijo que siguiera con las piezas de los chicos. Dibujó una mueca parecida a una sonrisa y volvió a llevarse el celular a la oreja. Habló por teléfono con Luquita un rato antes del mediodía. Le contó lo de la prueba de embarazo y sobre los meses de retraso. Luquita reaccionó de manera confusa. Hizo un par de preguntas y después se enojó y empezó a recriminarle cosas que solo servían para sostener el enojo mientras hablaba. Palabras y frases deshilvanadas buscando estar dentro y fuera de los hechos al mismo tiempo.
Yo me voy, dijo de pronto ella. ¿Cómo que te vas… a dónde? No sé, salgo de trabajar y me voy… Luquita hizo silencio, después pronunció un adiós hermético, definitivo, y terminó la llamada.
Los vigilantes de seguridad la saludaron cuando salió del barrio cerrado. Uno la ayudó con el bolso hasta la parada. Estuvo esperando el colectivo más de media hora. Se acordó del sueño de la noche y volvió a pensar en su padre. Había veces en que le costaba recordar su cara. Cuántos años hacía que se había ido… cuando nació Anita. Un día desapareció y jamás se supo de él. Ella quedó al cuidado de María, la madre de sus hermanos. A lo mejor estaba en su sangre eso de irse… agarrar un bolso y cargar todo y perderse para siempre. Se dio cuenta que estaba llorando cuando llegó el colectivo.
La tarde gris y lluviosa. Consiguió un asiento cuando el colectivo entraba a Pilar. Estuvieron un rato parados en la esquina del Club Peñarol descargando y cargando gente. Mujeres y hombres que volvían del trabajo. Algunos con sus latas de cerveza apretadas en la mano. Sórdida y confusa lámpara donde dormía un genio cruel y solo a veces imbécil.
Miró para ver si se veía el tren cuando el colectivo llegaba a la estación. Se bajó y caminó unos metros y vio a Luquita parado en el portón de la entrada. Dos bolsos en el piso y la mochila clavada en la espalda. Él la estaba mirando. Los ojos brillosos. Una mueca torcida en la boca. Era y no era una sonrisa.