Literatura

Melodía de arrabal: El Gardelito

Por Mauro Peverelli

21 de abril de 2024 - 09:03

Primero pesó las latas de cerveza y el resto del aluminio. Después se fue hasta el galpón y juntó el cobre de los ovillos de cable que había quemado el día anterior y también todo el bronce que tenía. Terminó de pesar y descolgó el pilón del tirante y lo guardó. Anotó el peso de cada cosa antes de cargar en el carro. Se puso a hacer cuentas de cuánto podía recaudar vendiendo todo en el ciruja. Después lo sumó a la plata que tenía y pensó que le alcanzaba justo para comprar el Gardelito. La idea le venía dando vueltas hacía más de un mes en la cabeza. Una noche hasta soñó que se subía al carro y agitaba las riendas y recién cuando el caballo se movía se daba cuanta que el carro en el que iba no era el suyo sino el Gardelito, con las banderas argentinas fileteadas ondeando a los costados, impecablemente pintado de color crema y la cara de Gardel enmarcada en un óvalo dorado y sonriendo a cada lado del carro. Desde hacía años, desde que salían a juntar con el Tucán, que fantaseaban con el Gardelito. El Tucán quería ofrecerle una moto al viejo Landa. Le doy la

moto y unos mangos y el viejo me lo larga, decía el Tucán mientras iban juntando latas y pedazos de cable por las calles. Sí, le decía él y se reía, seguro, y al caballo lo usa para los desfiles de las Fiestas Patronales…

Pero eso era historia vieja. El Tucán había conseguido un trabajo en una fábrica del Parque Industrial hacía unos años; se había comprado un auto y ahora ya casi no lo veía.

Cuando el viejo Landa se murió, el mes pasado, los hijos pusieron en venta el Gardelito.

Desde ese día, desde el momento en que vio el carro, en el campito del viejo, inclinado hacia delante, con las varas apoyadas en el piso, y el tarro colorado con las palabras SE VENDE, escritas en color blanco, él volvió a fantasear que compraba el carro. Ahora llego con la guita, pensó, si vendo todo esto creo que llego…

Cuando salió ya era un poco tarde. Se estaba nublando y pensó que a lo mejor llovía a la noche. Agarró por Zeballos y agitó las riendas para que el Cacique repechara la subida del cementerio. Después se acordó que el día anterior había visto un contenedor en la colectora de la Panamericana, no muy lejos. Estaban desarmando unas oficinas y tiraban viejas impresoras y algunas computadoras que ya no servían. Cuando llegó el contenedor estaba casi vacío. Dos gabinetes de chapa destripados a los que no les habían dejado ni una

plaqueta. El murmullo pausado de los autos como el rumor apagado de las olas en una playa desierta. Se habían prendido las luces de la autopista.

Una bruma apenas visible flotando alrededor de las lámparas que también se habían encendido cuando volvió a las calles del barrio. Los cascos del cacique sobre el asfalto.

Unos pibes jugando a la pelota en la canchita. Una música latosa venía de un rancho de madera metido en el fondo de un terreno arbolado y yuyoso. Alguien empezó a tocarle bocina. Ni siquiera se dio vuelta. Siguió con su ritmo tranquilo y haciendo cuentas. El auto seguía a los bocinazos detrás suyo. De pronto lo pasó y se cruzó delante del caballo. El Cacique se asustó y se quedó parado y nervioso. El Rengo Soria sacó la cabeza por la ventanilla y lo llamó por su nombre. Se reía y le hacía señas para que bajara. Saltó del carro y se acercó al auto y se saludaron entre risotadas. El Rengo levantó la mano con una lata de cerveza y la empinó y reprimió un eructo. Él le pidió un trago. Ni loco, dijo el Rengo y estiró la mano hacia el asiento trasero y le alcanzó una lata cerrada. Hicimos un churrasco el sábado… en lo del Chileno… pensé que te iba a ver ahí. No me dijeron nada, se quejaba él y prendía un cigarrillo y le ofrecía otro al Rengo. Estábamos todos, boludo… El Turco, Gonzalito, Nariz. ¿Nariz… el Tucán?, preguntó él. Sí, …el Tucán, Marito, el Pulga, todos, faltabas vos nomás… y Román que está en la parrilla… Se le complicaba, dijo él y se rieron. En qué anda el Tucán, hace bocha que no lo veo. Ahí está, decía el Rengo y tiraba la ceniza del cigarrillo por la ventanilla, lo echaron del laburo, hace un par de semanas ya… estuvieron quemando gomas ahí en la entrada del Parque… hubo quilombo con la cana y todo… ahora está vendiendo todo, las bicicletas de los hijos, el auto, la máquina de cortar pasto… me ofreció la máquina a mí; yo para qué la quiero, Nariz, le dije, si vivo en un departamento de un ambiente, te volviste loco… se rieron.

Cuando estuvo otra vez en el carro vio la hora y pensó que el ciruja estaba por cerrar. Agitó las riendas para que el Cacique caminara más rápido. Si no llego estoy cocinado, pensó, hasta el lunes… no, hasta el martes. Era viernes y se venía un fin de semana largo.

Empezaba hacer frío. Se subió a la ruta y quedó detrás de un 57 que llegaba al galpón. El colectivo iba despacio. Se bamboleaba a ambos lados como un animal enorme buscando un lugar donde reposar y dormirse. Tiró de las riendas hacia la derecha y se metió por una calle del barrio porque la marcha lenta del colectivo lo impacientaba. Un viento helado en la cara y en las manos. Unos perros salieron a ladrarlo. El Cacique estaba acostumbrado y los ignoraba.

De lejos vio que el portón del ciruja estaba cerrado. Un insulto apenas murmurado y la desilusión más grande que la bronca, como si mordiera el final de un hueso al que ya no le queda carne. Se acordó del Petaco Arana que también compraba metales. El Petaco atiende en la casa, pensó, paga menos pero está a cualquier hora asique… Puso al Cacique a caminar para el lado del tanque de agua. Se bajaba de la ruta cuando se juntaban un par de autos atrás. Los dejaba pasar y volvía al asfalto. Le chistaba al Cacique para que mantuviera el ritmo.

Cuando llegó no vio el Dodge del Petaco en el garaje y volvió a preocuparse. Golpeó las manos y salió una nena. ¿Está tu papá?, preguntó desde el portoncito en el alambrado. La nena no dijo nada. Se metió de nuevo a la casa y en unos segundos salió el Petaco. ¿Qué hacés guachín…?, dijo y le estrechó la mano a través del alambre. ¿Qué hacés Peta?, saludó él y señaló con los ojos el carro. Traje algo, ¿pesamos? Dale, dijo el Petaco; aguantá que te abro.

Pesaron todo y lo fueron acomodando en una pared del garaje. Hacía rato no se te veía, decía el Petaco mientras hacía la cuenta; dónde estás vendiendo. En lo del Ruso, decía él y se justificaba, me queda más cerca, Peta, lo tengo ahí a unas cuadras. No pasa nada… decía el otro. Le mostró el número final y le dijo que iba a buscar la plata. Vino tu socio hoy, dijo cuando estuvo de vuelta. ¿Socio?, preguntó él. El Tucán, me trajo todo eso, y señaló unas bolsas con latas y un cajón de plástico lleno de cobre. Sí, me enteré que lo echaron del laburo… parece que volvió al ruedo. El Petaco le pagó.

Volvió al carro. Hizo girar al Cacique y agitó las riendas y el caballo empezó a caminar. A unos metros, cruzando la ruta, vio un boliche abierto. En realidad era un quiosco con unas mesas en la vereda.

Pidió una cerveza y se sentó a tomarla y se puso a contar la plata. Le sumó lo que tenía en la casa y le alcanzaba para comprar el Gardelito y le sobraban todavía algunos pesos. Tomó un trago largo de cerveza y dejó salir un suspiro como en el final del cansancio. En ese momento le vino una idea terrible. Se levantó de un salto. Cruzó la ruta corriendo y golpeó las manos en el portoncito de alambre. Salió otra vez la nena y al instante se metió otra vez en la casa sin decir nada. Cuando vino el Petaco le preguntó por el Tucán. ¿En qué vino… a traerte las cosas, en qué vino, en el auto? No… qué auto, con lo que sale la nafta… en el

carro vino. ¿Qué carro? El Petaco no entendía nada. En el que era del viejo Landaburu, te acordás, el que tiene la cara de Gardel pintada a los costados.

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