Literatura

Diario de la ciudad; Apuntes de escritura #9

Por Mauro Peverelli

18 de junio de 2023 - 08:45

20-11

La escritura es como la vida. Después de los 50, he notado, la técnica se depura hasta encontrar, digamos, cierto grado de corrección, o por lo menos de fluidez en el manejo de los recursos.

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15-12

Hace calor. Me quedo mirando por la ventana. Es de tarde, pero no tan tarde como para animarme a salir a caminar con esta temperatura. Miro las terrazas vecinas. Unos gorriones se bañan en un charco de agua que la lluvia forma en el techo de un edificio que se alcanza a ver por la ventana de este contrafrente.

Releo lo escrito el día 20. No consigo recordar la idea que motivó ese comentario. Entonces vuelvo a las lecturas de la semana pasada, de la anterior.

Nota en las Confesiones de San Agustín.

-Agustín se acerca a Dios a través de la elocuencia.

Estudia el Hortensius de Cicerón y encuentra allí

un conducto con la idea de lo divino.

Nada. Un párrafo subrayado en las Memorias de Mansilla. Leo las últimas páginas de la novela que empecé a escribir hace unos meses. Nada.

De noche

Salgo. Una lluvia indecisa flota y se sostiene en las lámparas como diminutos insectos orbitando las luces en las noches de verano. Los autos y colectivos circulan veloces por la avenida de mayo. Abre el semáforo y el color verde libera los vehículos, que salen despedidos como el torrente de un líquido que sobrepasa el tamaño de su continente.

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Camino para el lado del centro. Me refugio debajo de aleros y de balcones. La 9 de Julio es un despliegue de ruidos y de luces a los que la lluvia confunde y borronea.

Pensé en La lluvia, un hermoso texto de Eduardo Wilde, a quien un ensayista argentino atribuye (con justicia) el mérito de haber iniciado un camino narrativo que más tarde retomaría, con profusión y maestría, Roberto Arlt en sus Aguafuertes.

Una mujer amontonaba sus cosas en un rincón, debajo de la saliente de un alero. Se preparaba para dormir. Iba apretando, contra la pared, unas bolsas con ropa, un carrito lleno de paquetes mal embalados, a medida que la lluvia se hacía más intensa y amenazaba con anegar su precario refugio.

Sabrá Dios si la lluvia es regalo

pal que tiene techo,

o es disgracia y castigo del cielo,

pal desamparao.

rezan los versos de una dolida y preciosa canción de José Larralde.

Me metí en el bar y pizzería La Junta… una cuadra antes de llegar a la Plaza de Mayo. Pedí una cerveza. Abrí el cuaderno donde escribo la novela. Estoy algo estancado. Miro las fotos de las paredes. Todas alusivas a la revolución y a la Primera Junta.

Una sociedad en extremo susceptible. Creo que arrastramos eso a lo largo de la historia. La revolución se desata gracias a un rumor que llega desde España.

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Había parado de llover. Escuchaba pequeños fragmentos de diálogos de gente que pasaba caminando por la vereda. Sale doscientos mil pesos… pero nuevo. Dos días sin harinas y uno sí, probá un mes y… Un cuatro, me vas a decir que no hay un cuatro en las inferiores. Me trae la bolsa con la verdura y me dice…

Es eso, me parece, la falta de concentración. Me disperso en lo que escucho, en lo que veo.

Ya no hay rey en la península. Napoleón acaba de invadir España y los virreinatos quedan acéfalos. Es el momento. Las condiciones ya estaban dadas, claro, pero es esa noticia ¿rumor? lo que desata la rebelión final.

17-12

En esa suerte de mesura, de cautela en el manejo de los sentimientos, que trae la madurez, la experiencia, vive un solapado temor que, llevado a la escritura, creo entender, se traduce en una suerte de corrección técnica.

La falta de riesgo asegura la asepsia. Así la vida, como la escritura, adquieren rigor, disciplina, y también una mesura pobre y desapasionada; los textos se vuelven transparentes, tienden a una dinámica y una literalidad a veces excesiva.

Una trampa. Se escribe bien y se dice poco.

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Tampoco sé si era esto lo que tenía en mente cuando escribí la nota del día 20. Es simplemente lo que surge de haberla releído con insistencia durante todos estos días.

Una reflexión, una conclusión sobre una idea sin contexto.

Pensé en la historia. Es así, con esa ligereza, como a veces entendemos la historia. Hechos sueltos, desvalidos, como si no marcharan soportando el denso y tedioso lastre del transcurso, como si no cargaran un mundo sobre sus espaldas, un mundo que, hay que decirlo, no fue muy distinto de este que insiste, ciego, pertinaz, en ir llevándose nuestro tiempo, nuestra vida.

Fotografías Carla Peverelli

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