15/11
15/11
Primavera calurosa. La gente camina con los abrigos en las manos. Las noches y las mañanas son todavía frías y entonces se empieza el día abrigado.
Llego al bar. Me siento. Antes que venga el mozo anoto, para no olvidarlo: Sebald quiso, un siglo y medio después, escribir las Memorias de Ultratumba, de Chateaubriand. Son notorias las similitudes. Sebald se da cuenta que esa manera de mirar, distante, evocativa, puede restituir algo de la menoscabada dignidad de la vieja Europa.
Cecconato me hace señas, desde la puerta. Habla algo con el mozo. El comentario termina en una carcajada breve, que se apaga en el momento en que empieza a caminar, bastón en mano, abriéndose paso entre sillas y mesas, hasta mi sitio junto a la ventana.
Leí por ahí, ya no me acuerdo dónde, dice cuando le cuento mi teoría, que Piglia decía algo parecido; no menciona a Chateaubriand, pero habla del tono, una voz muy definida… y dice también que todos sus libros, los de Sebald, se podrían leer como uno solo.
Ahora anoto eso. Una voz potente. Una de las pocas en esta época. A lo mejor eso ayuda. Alguien que cuenta como un recién llegado, que vuelve a mostrar lo que todos están mirando pero que en realidad nadie ve.
Un tono. Una voz que vuelve a mostrar Europa. Las otras voces, las que suenan y resuenan, y que avanzan a los tropiezos con lo evidente, son sólo ecos gastados del horror que atraviesa el siglo veinte europeo.
A la tarde
Se levantó un poco de viento. Esta ciudad está pegada al río y a veces el viento se mete por las calles, encajonado entre los edificios. Las ráfagas voltean carteles y pizarras con el menú de los bares y los restaurantes.
Por la calle Talcahuano. Una mujer paseaba su perro. El viento le voló el sombrero y estuvo un momento a los tirones con la mascota para rescatarlo. Un hombre lo recogió del piso y se lo alcanzó.
Hoy a la mañana, en el bar, Cecconato me dice: para mí es el agua. ¿El agua?, le digo. Entonces me cuenta su problema en la próstata. Trabajó más de treinta años en redacciones de diarios. En algunos importantes, en otros no tanto. Pero el trabajo era el mismo, dice; escribía crónicas policiales, a veces política; llegué a escribir los horóscopos, notas sobre botánica; una vez escribí sobre unos bulbos importados de plantas de las que ya ni el nombre me acuerdo… lo que se te ocurra. No importa lo que escribas… en esa época, en las redacciones, había que entregar a tiempo porque si no tu nota no entraba en la edición de papel y eso no podía pasar.
¿Qué tiene que ver el agua? Pará, dice Cecconato, dejá que te explique. Muchas veces me pasaba que no conseguía cerrar las notas y el tiempo se me terminaba, me agarraba una especie de pánico… pero faltando unos minutos las ideas, las palabras aparecían, entonces me di cuenta de que funcionaba mejor bajo presión; pasaba un día entero sin escribir nada; cuando se acercaba el momento del cierre la nota salía de un tirón.
Se largó a llover, de pronto. Tuve que levantarme a cerrar la ventana porque el agua entraba y mojaba el piso del departamento. Me quedé mirando un momento la lluvia.
Una paloma hace un nido en algún sitio cerca de la ventana. Va y viene con ramitas secas. Desde aquí no alcanzo a ver dónde los construye.
Vuelvo a mi asiento. Abro el libro de poemas que Cecconato me trajo esta mañana.
El polvo, el sudor y la sangre.
Sólo el aliento helado de la historia
disipa el aire.
Ahora lo entiendo…
El asesinato del Chacho.
Un hálito infecto apagando la garganta de Felipe Varela.
La última montonera.
Esta mañana
Cecconato se dispersa. Me cuenta que un editor le encargó un libro autobiográfico. No creo en las autobiografías, me dijo. En un mundo de exposición desbocada de las intimidades, lo que menos falta hace es saber cuántas veces se levanta a mear un escritor octogenario a la madrugada.
Nos reímos. Y entonces, le pregunto, qué vas hacer. Me cuenta que armó una historia de la lectura. Pero sin comentar los libros que leyó a lo largo de su vida, sino transcribiendo las notas al margen, los párrafos subrayados tal cual los encontró años después de haberlos leído.
Fue un trabajo arduo, me dice, pero me reencontré con antiguas lecturas a las que prácticamente había olvidado. No sólo eso. Me reencontré con una vieja manera de entender aquellos textos; no sé si hoy tengo la misma mirada sobre algunos de ellos; a lo mejor por eso hablan de un modo más veraz, más auténtico de mi persona.
Es toda la información que estoy dispuesto a revelar, dice y se termina el café sin azúcar. Se ríe. La única que hace falta, en realidad.
Releo: Sebald quiso, un siglo y medio después, escribir las Memorias de Ultratumba, de Chateaubriand.
Nota
-Chateaubriand escribe contra la revolución. Miembro de la nobleza se exilia en Inglaterra y le toca padecerla.
-Sebald escribe contra el nacismo, contra cualquier forma de facismo que ve germinar a lo largo del siglo veinte (y que hoy parece estar volviendo).
Esta Mañana
Cuando me jubilé, concluye por fin Cecconato. Cuando me jubilé no podía escribir. Tengo que recrear la situación de inminencia, pensaba, volver a sentir que estaba bajo presión; pero qué presión puede sentir un poeta jubilado. Me levantaba temprano. Me tomaba una jarra de un litro y medio de agua. Esperaba unos minutos. Cuando me acuciaban las ganas de orinar me ponía a escribir. Me proponía terminar, en germen, dos o tres poemas antes de salir corriendo para el baño.
Yo no aguanto la risa. Cecconato también se ríe. Es lo único que se me ocurrió, dice. Creo que eso me destrozó la próstata.
Fotografías Carla Peverelli.