En el bar Evaristo. Talcahuano y Sarmiento. Esperando a Cecconato. Esquina de corralones, ferreterías y antiguas viviendas en demolición. Se ve el plano negativo de viejas casas en las medianeras que quedan desnudas. Molduras de yeso; restos de azulejos de lo que fue la espalda de baños o de cocinas.
Da la impresión de que se construía con un criterio de habitabilidad más enfocado que el que trajo después la vida moderna. Se pensaba en espacios para pasar mucho tiempo.
Las construcciones modernas, de los estilos que fueran, están tatuadas con el estigma de la funcionalidad. Es el síntoma donde se ve, promediando el siglo veinte, como se corre el eje de lo que se podría caratular, de manera algo grandilocuente, una nueva concepción sobre lo humano. El individuo pasa a segundo plano y su lugar lo ocupa su capacidad para producir.
Entonces, el criterio de construcción de las viviendas, estará guiado por cómo resguardar esa capacidad, antes que al individuo (intercambiable) que la desempeña.
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Cecconato no viene, me envía un mensaje diciendo que había olvidado que hoy tenía turno para un estudio en la próstata. Adjunta un emoticón con el símbolo del fuck you, para que entienda en qué consiste el estudio.
De noche
Hace calor. Salgo a caminar por la avenida 9 de julio. Me meto en el pasaje subterráneo que cruza la avenida. Me acuerdo del comienzo de un cuento de Haroldo Conti. Creo que es Perfumada noche. Arranca diciendo algo así como: Debajo de este pueblo hay otro, y debajo otro… Habla de Chacabuco, y cuando dice debajo se refiere a cuestiones temporales, relaciona debajo con el pasado.
Igual pensé en eso cuando bajaba. La sensación que tengo, desde hace ya un largo tiempo, es que a esta ciudad la estamos perdiendo. Buenos Aires. En textos del pasado, en tangos, en poemas se le llegó a decir La reina del Plata, La París de América, La Atenas del Plata. Hoy es solo CABA. No es solo una sigla. Ese modo abreviado esconde una idea de expropiación. Se le ha sustraído la identidad para imponer un ideario global.
Recuerdo cómo era este pasaje hace unos años. Hoy relucen los frentes vidriados de los negocios. La luz es blanca. Brillan los porcelanatos. Tiene aire acondicionado. La mejora edilicia es notoria. La estética está más emparentada con la pulcritud y la esplendencia de los shoppings, que con el comercio de barrio o con ese espíritu de mercado o de feria barrial que gobernaba la antigua aglomeración de comercios en la ciudad.
Debajo de este pasaje hay otro, podría haber escrito Conti, y debajo otro.
Si solo fuera progreso… Pero hay una fuerte carga ideológica en la presunta desideologización que se pretende mostrar en este avance sobre la antigua idiosincrasia de la ciudad.
La historia, se sabe, es circular. A este paso, pienso, vamos camino de los Aratantes, aquél pueblo al que Heródoto se refiere en el libro V de su Historia. “El lugar, en este caso, se halla habitado por unos sujetos cuyo nombre es Aratantes. Estos individuos son, que nosotros sepamos, los únicos hombres del mundo que carecen de nombres propios, pues aunque, en conjunto, reciben el nombre de Aratantes, cada uno de ellos, individualmente, no posee nombre alguno”
Se exagera, está claro. Pero las cadenas de lugares de comida sin mozos, o sin camareras, por ejemplo, los despachos de cafetería itinerante, que venden un café para ir tomando mientras se camina por las veredas, tan promocionados en series y en films americanos, son muy distintos del viejo café porteño, donde los mozos jamás te dejan el café en la mesa diciendo: que lo disfrute. No porque no lo deseen, sino porque no tienen la necesidad de impostar ninguna mueca de servilismo.
En los bares de Buenos Aires el cliente nunca tiene la razón, y no la tienen porque los mozos están sindicalizados, gracias a una historia de luchas por la que pocos países en el mundo han transitado. Con esto los mozos no consiguen estar por encima de los clientes, consiguen que, como no ocurre en muchos otros lugares, los clientes no estén por encima de ellos. Entonces el patrón, en una disputa entre el mozo y un cliente, siempre laudará en favor del mozo, siempre preferirá perder un cliente antes que un juicio laboral.
Es ese, digamos, el equilibro que se pretende quebrar con la instalación corporativa de franquicias, de bares, de sitios de comida o de cafeterías sin camareras y sin mozos. No es esnobismo, es penetración cultural y económica para forzar un retroceso en antiguas conquistas laborales.
Camino por las veredas de la avenida de mayo, en dirección a la plaza del congreso. Los edificios, aquí, son imponentes, hermosos. Me meto en el viejo bar Los 36 billares. Gladis, la camarera de la tarde, ya me conoce, me trae el café sin que se lo pida. Hablamos. El clima; la concurrencia. Me pongo nostálgico. Debajo de este bar hay otro, pienso. ¿Qué hay debajo de este bar, Gladis?, le pregunto, siguiendo el hilo de la afectación que traía todo lo que venía pensando sobre la ciudad, sobre estos lugares. Ella mira la escalera, que desciende hasta el subsuelo. Mesas de billar, dice, y se vuelve hasta la barra.
Fotografías Carla Peverelli