06/08
06/08
Mañana fría y lluviosa. Una lluvia rara, de esas que salpican. Como si hubiera mucho espacio entre una gota y otra. Algunas calles del centro están cortadas. Hay una marcha y se ve pasar a los manifestantes con enormes banderas enrolladas en varas y en cañas.
En la mesa de un bar de la avenida Callao. Una segunda lectura de John Fante, la saga de Bandini. Vuelve a sorprenderme un recurso narrativo que utiliza. No recuerdo haber tomado nota la vez anterior. Su personaje parece una suerte de Quijote ocasional. Al estar relatado en primera persona, el narrador se construye un universo ficticio al que permanentemente habita y deshabita. Es decir, imagina una realidad y se pone a transitarla. Siempre vuelve a su situación existencial.
Visto desde afuera, al entrar y salir se comporta como Quijote y Sancho al mismo tiempo. Habita su propio delirio y un momento después se deja doblegar por la realidad dura y concreta.
Es, por supuesto, el mecanismo común de toda conciencia. Se aferra al discurrir de los hechos, de las vivencias, pero, para soportar ese tránsito, debe licenciar a la imaginación, darle cierta autonomía que higienice el saturado mundo de la experiencia.
Un desequilibrio, hacia cualquiera de los lados, provocaría la demencia.
A la tarde
Se hace de noche muy pronto. El tiempo está mejor. Sigue nublado pero ya no llueve, hace rato. Un grupo de chicas tomaba mate en la plaza Rodriguez Peña. El funcionamiento de la ronda de mate, se observa, como herencia de las enfermedades virales, ha quedado del revés. Antes se cebaba y el mate pasaba de mano en mano. Ahora cada tomador tiene su mate y el que pasa de mano en mano es el termo con agua.
***
La novela está por fin terminada. Se aprende, con el paso del tiempo y de los libros, que la expectativa por lo escrito debe ser mesurada. En el curso de la escritura, y sobre todo al finalizar los textos, se incurre en cierta euforia. Hay picos de densidad que están por encima del devaneo intelectivo corriente. Es decir, se afinan y refinan los argumentos, las ideas, las impresiones de un modo que traspasa el propio y común devaneo de las reflexiones y los pensamientos corrientes.
Esto genera una sensación de deslumbramiento. Se suele caer en el error de pensar que se está frente a un fenómeno inédito, algo que nadie pensó ni ideó nunca. La creación más original.
Si bien toda creación reviste algún grado de originalidad, nunca se trata de una vía por la que ya no haya transitado el pensamiento o la creatividad de alguien.
Ante lo que se está, en definitiva, es ante el sobrepaso de los límites corrientes de la propia creatividad.
Martes 7
Desde la ventana de un consultorio médico, en un segundo piso, en el barrio de Once. Una multitud en las veredas. Peatones; vendedores ambulantes; manteros; gente comprando. Vista así, de golpe, la multitud causa siempre la impresión de la pérdida de la identidad. Una masa uniforme, compacta, que disuelve las identidades singulares.
¿Cómo se narra una historia donde el sujeto es la multitud, más allá de cómo lo han pensado filósofos y sociólogos? Es lo que han hecho los grandes escritores. Una narración elusiva y a la vez focalizada. No se habla de la multitud. En la descripción de una historia, de un personaje transitándola, nace una idiosincrasia. La idiosincrasia sería la identidad de la multitud.
¿Es la multitud el sujeto en El hombre sin atributos, de Musil? Todo está allí, la introspección y la época.
Viernes 10
Doy vueltas por las calles, un poco a la deriva. Anoche me descubrí mirando una vidriera en un negocio de fundas para teléfonos celulares. Hay algunos colores muy llamativos, que semejan, pensé, el pico de ciertas aves. Un pigmento que desarrollaron para que los pichones, con una visión aún limitada, distingan el lugar desde donde viene la comida.
Qué es lo que debemos distinguir cuando vemos una de estas fundas, me preguntaba. Enseguida lo entendí. Es el final del libro. Se anda un poco disperso, se le busca sentido a cosas que…
De todos modos, pienso, el trabajo con un libro no se termina fácilmente. Viene la etapa de las correcciones. Durante un largo tiempo, el texto se niega a abandonarnos. Desde algún lugar siempre nos está convocando. Cuando esas preocupaciones se circunscriben solo al plano de lo técnico, se puede decir que el libro está terminado.
La historia, o el mundo al que se intenta reflejar en hechos o en impresiones, es un mundo acabado.
Lo que viene, de todos modos, es un limbo confuso. El libro al que pensamos concluido sigue haciendo temblar una lumbre frágil e inestable, y el siguiente nos convoca enviando señales cada vez más insistentes.
A la tarde
Llueve. Otra vez. Miro por la ventana. La lluvia se desata con violencia. Tengo que salir a comprar las cosas para la cena. Pienso en la campera impermeable, en el paraguas. Pienso que salgo y camino las dos cuadras hasta el supermercado. Imagino los autos y los colectivos salpicando agua a su paso. Repaso las cosas que necesito comprar. Cebolla, tomate triturado, ajo, albahaca, algún paquete de fideos. En la caja, cuando estoy pagando, imagino que me pasa lo de siempre: me olvido de llevar la bolsa y tengo que traer todas las cosas sueltas en las manos.
Sigo mirando por la ventana. La lluvia no para. Me imagino la caminata de regreso, intentando que el viento no me dé vueltas el paraguas y con las cosas para la cena cayéndose de las manos. Entonces me levanto del sillón y lo primero que agarro, antes que el paraguas y el impermeable, es la bolsa para cargar la mercadería.
Salgo a la calle, como el Bandini de Fante, para ver cuál de las dos situaciones es la más interesante.
Fotografías Carla Peverelli