Literatura

Diario de la ciudad; Apuntes de escritura #4

Por Mauro Peverelli

13 de mayo de 2023 - 22:55

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Anoche caminata por Rodríguez Peña. Impresionante el Palacio Pizzurno. La época de oro de estos edificios monumentales fue el final del siglo diecinueve y el comienzo del veinte. Benjamin, en su texto sobre los pasajes de París, aclara que las edificaciones que le dan la fisonomía definitiva a la ciudad, comienzan a proliferar en el momento en que la industria siderúrgica empieza a producir las vigas de hierro (ornamentales y de estructura) que sirven para que la construcción soporte el peso de estas moles arquitectónicas.

Buenos Aires está hecha de a pedazos. Tiene algo de esa impronta, la que acompañó el desarrollo técnico, pero también la de las barriadas populares: las que impulsó el Estado y las que se conformaron con los desechos de la ciudad opulenta.

Cuando la ciudad desborda su plano, la traza rígida con que originariamente fue concebida, adquiere una fisonomía plebeya. Asentamientos dispersos emplazados en la irregularidad catastral de los suburbios.

***

Me metí en el bar de una estación de servicios. Un televisor enorme con un partido de fútbol viejo, que se había jugado hacía unos días. Solo imágenes. Sin sonido. Pensé que en aquella escena se veía el funcionamiento completo de la conciencia y la memoria. La atención dispersa en todo lo que allí acontecía: la gente en las mesas; las chicas que atendían detrás de la barra y los escaparates de las golosinas; los playeros cargando combustible del otro lado de los vidrios. La imágen del televisor, por otra parte, funcionando como un recuerdo. Un fragmento del pasado expuesto en imágenes parpadeantes desde la pantalla.

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Abrí este cuaderno y me puse a leer lo que había ocurrido los días anteriores. Poco. La vida cotidiana va amontonando los días uno detrás de otro y la rutina confunde los sucesos y las secuencias.

La mejor idea de progresión la dan las lecturas. Se pueden rastrear los hechos, los acontecimientos de un tiempo a través de los libros que se leen. Cuando se está frente a la biblioteca, y se observa el lomo de los libros leídos, aparece el tiempo desplegado con el colorido que mejor escoge la memoria. Los lugares donde se leyó un párrafo, un capítulo que se salva del olvido. La impresión de lo leído se mezcla con el fragmento de la experiencia, con los sitios donde se desarrolla la experiencia.

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Comparada con las capitales europeas, Buenos Aires, por supuesto, es una ciudad joven, en un país pobre. Entonces los suburbios dan cuenta de una irregularidad y una pobreza que remite, además del complejo entramado social, a la edad y el proceso de producción de los materiales con que se construye.

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El desplazamiento constante y masivo de la ruralidad, en busca de mejores condiciones de vida, se sabe, satura los conglomerados urbanos de todas las ciudades de latinoamérica.

El tiempo en que esto ocurre, a diferencia de cuando ocurrió en los países ricos, es el tiempo de la precariedad. Todo tiempo la tuvo, también esto es cierto. Solo que la producción a escala de materiales precarios es un signo de esta época.

***

Conversación de dos mujeres en un bar, en la avenida Córdoba. Hablaban en una mesa cerca de la puerta y apenas oía lo que decían. El ruido de los autos, que venía de la calle, me dejaba escuchar algunas frases sueltas, algún comentario. Viki se queja, dice una de ellas. Reniega mucho, dice la otra, Viki es un viejo renegón. Se ríen. Alcancé a entender que Viki es el dueño del bar, y que se queja de los tipos que se toman un café y se pasan la tarde hablando y tratando de arreglar el mundo en una mesa.

Yo los dejaría, dice la más joven, …a lo mejor lo arreglan, los que lo tienen que arreglar lo están haciendo mierda asique… Se ríen.

A la tarde

Conversación telefónica con Daniel Garisto, el poeta pesimista. No nihilista. Nihilista sería una condición de vida, suelo decirle, filosófica. En su caso es una condición de escritura. Es uno de los tipos más alegres que conozco. Su actitud es de un amor por la vida, en cualquiera de sus formas, que a veces hasta conmueve.

Su escritura es un espiral descendente. Un laberinto sin salida. Hermético. Techado.

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Si observás el cerebro humano, me dice, es una estructura cerrada. Desde fuera también semeja un laberinto hermético, sin salida. Entonces todo cuanto produce, o distingue, en su estado más sutil, que es la conciencia, es también de condición limitada.

La imaginación más atrevida, la más valiente, solo es capaz de desarrollarse con las limitaciones proyectivas del órgano que la produce.

La conciencia está encerrada en estas limitaciones. No entiende, ni entenderá más sobre el universo que la contiene de como lo entiende una planta. Aquello que crece a ciegas es más sabio y más eficaz en cuanto al modo en que se enfrenta al mundo que lo anima.

¿Entonces? Pregunto. Entonces al poeta le cabe la responsabilidad de traer a la luz de la lengua la impresión más aproximada de la oscuridad que está del otro lado de los límites del entendimiento.

¿Hay una forma cognoscible en esa oscuridad? No, no la hay. Solo la poesía puede desarrollar una lengua que consiga cercarla, que se asome a ese acantilado y traduzca algo de ese zumbido distorsivo que produce el viento que le da en la cara.

Fotografías Carla Peverelli

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