por Mauro Peverelli
Diario de la ciudad: Apuntes de escritura #1
15/03
La mañana es blanca, fría. El sol golpea el frente de los edificios orientados hacia el este. ¿El primer frío? No hay que confiar en marzo. Un mes indeciso. ¿Verano? ¿Otoño? Estoy en un bar de la calle Tucumán, en el centro. Una novela por terminar. Leo y releo el cuaderno y la acción sigue clavada allí. Está todo medio definido. La trama. La estética por supuesto. Pero hay un camino hacia el final que siempre es escarpado, dificultoso. Las novelas no se terminan, por supuesto. Pero sí el aliento que las motiva. En algún momento empieza a declinar, a extinguirse.
Aparecen ideas para un nuevo libro. No sé si dejarlas crecer. Entro en otra sintonía y el horizonte final de esta novela que está terminando empieza a verse borroso.
A la tarde
De repente nubes. Viento y frío. Desde la ventana de la cocina se ven las ramas voladas de un árbol que aún conserva todas las hojas. Releo a Bernhard. La filiación de su escritura con la filosofía de Wittgenstein es siempre notoria. En la obra Almuerzo en casa de Ludwig V. es donde está más a la vista, pero es en realidad en toda su escritura donde se aprecia. Una prosa que avanza y se frena todo el tiempo. Como esas aspiradoras automáticas que chocan con algo y retroceden, o toman otra dirección. Bernhard avanza en la construcción de una imagen, de un episodio, de un concepto, y de pronto se topa con lo indecible, con lo que al lenguaje le resulta inaprensible, y allí se detiene, retrocede y vuelve a empezar.
Salgo antes de que oscurezca. Camino en dirección a la Avenida de Mayo. Voy a Los 36 billares. Me quedé parado en la esquina de San José y la avenida. La gente pasaba visiblemente más abrigada que hoy a la mañana. El viento ya no era tan importante.
Me quedé mirando un afiche publicitario. Es el segundo que veo en estos días. No el mismo. Pero sí la misma impresión, algo chocante, para mi gusto. Pero distingo allí un signo de época. Se trata de dos chicas, dos modelos promocionando una marca de ropa cara, para la inmensa mayoría imposible. Tanto el slogan (que ahora no recuerdo), como la pose, la actitud de las modelos ante la cámara (exigida por supuesto por el fotógrafo y el publicista), denotan una suerte de soberbia por la opulencia. No se intenta convencer a través de cierta sensualidad, como ocurre comúnmente; un metamensaje que agita el deseo, que coloca al espectador en situación de anhelar no solo el producto sino de formar parte de ese mundo.
Es totalmente lo opuesto. Rechaza al espectador. Propala una soberbia de clase. Le grita a quien mira: este es mi mundo, es demasiado elitista y exclusivo, no vas a poder entrar. Intenta seducir no ofreciendo algo sino negando el acceso.
El capitalismo, se sabe, incentiva y fomenta la mezquindad. Para que yo gane el otro tiene que perder, nos está recordando todo el tiempo. En esta nueva fase (gobierne quien gobierne, la cultura está cada vez más atravesada y hasta constituída por las grandes corporaciones que fomentan el consumo). En esta nueva fase, decía, que sería la versión neoliberal del capitalismo, lo que se nos recuerda, a cada momento, es: para que yo gane el otro no tiene que existir.
Me quedé mirando desde la vereda, vi a la chica de la tarde, ¿moza? ¿camarera? . Estaba parada junto a una mesa. Hablaba con una mujer y se reían. Tenía la bandeja colgando de una mano. Con la otra hacía señas, acompañaba las frases, las dirigía como un director en una orquesta, encauzando los sonidos, la melodía de las palabras.
Me siento en mi mesa junto al vidrio. Abro el cuaderno. Muchas cosas sin terminar. Me puse a releer el cuento El recibo. Lo publiqué en 2002 o en 2003 (no me acuerdo) En El Diario de Pilar, en el marco de una columna que se llamaba Historias Pilarenses.
Hay que cambiarle el final, me dijo mi amigo el poeta Carlos Arana. Me lo pidió para una revista literaria que él dirige. Si le cambio el final no funciona, le dije.
La historia es simple. Un cadete, un mandadero, de mediana edad, que trabaja en las oficinas de una empresa textil, recibe la orden de su jefe, de quien vive aterrado, de dirigirse al centro a realizar un pago en efectivo de dos mil dólares.
El jefe le habla, de manera imperativa, autoritaria, y él se bloquea. Solo escucha algunas palabras. Sale de la oficina con el sobre donde está el dinero. Se sube al colectivo. Recuerda, bien claro porque el jefe se lo repite a cada momento, que debe traerle el recibo. Durante el viaje comienza a tranquilizarse. Entregar el dinero y traer el recibo, piensa, no puede ser tan difícil.
Cuando por fin llega al centro se baja del colectivo y empieza a caminar. Hace unos metros y se da cuenta de que no sabe hacia dónde se está dirigiendo. No recuerda la dirección que el jefe le dio. Mira el frente del sobre, el reverso. Nada. Ni una palabra.
El cuento es de una trama cerrada. Muy ajustada. La prosa es austera. Es solo acción y reflexión. O mejor dicho acción y desesperación. El héroe es un tipo de personaje que está en toda la literatura de principios del siglo veinte. Muy aferrado a la trama, y si se quiere al concepto. Tiende a borrar el mundo que lo circunda, del que hay muy pocos datos. Su figura arquetípica sería Bartleby el escribiente, de Melville.
Cuando el tipo entiende que no sabe dónde tiene que entregar el dinero vuelve al estado de desesperación. Piensa en llamar al jefe para preguntarle, pero lo descarta al instante. La sola idea lo aterra. Recuerda, de pronto, que lo verdaderamente importante de su diligencia era llevar el recibo. Eso sí es solucionable, se dice. Se va hasta una librería comercial y compra un talonario de recibos. Se sienta en el banco de una plaza y completa los datos. Recibí de tal, la suma tal, le pone la fecha, y le inventa una firma. Lo lee. Queda conforme. Se siente por fin mucho más tranquilo.
Comienza a caminar rumbo a la parada del colectivo que lo devuelve a la oficina donde trabaja. Espera unos minutos. Piensa en cualquier cosa: el clima, las horas que le faltan para salir del trabajo. Ve acercarse el colectivo. Cuando está a punto de subir recuerda algo que vuelve a perturbarlo. Todavía tiene el sobre con los dos mil dólares en el bolsillo del saco. En un instante, sin casi pensarlo, saca el sobre del saco y alcanza a tirarlo, en el cesto de basura que hay en la parada, y se agarra del pasamanos para subir al colectivo.
No puede tirar la plata, me dice la camarera cuando le cuento la historia, con breves palabras. Le pasa el trapo a la mesa. La rocía con alcohol y vuelve a pasárselo. De eso se trata, le digo, de que moleste. Molesta, me dice. De última llevarla de vuelta a la empresa, dejarla escondida en la oficina del jefe si no se quería quedar con la guita.
Yo me río. Cuando lo publiqué, hace veinte años, las reacciones fueron las mismas. Llevaba escritas más de treinta Historias Pilarenses. Nadie jamás me comentó un solo cuento. Ni me preguntó nada. Cuando se publicó El recibo llegó a pararme gente en la calle. Las expresiones desconcertadas, a veces hasta de enojo. Cómo va a tirar la guita, me decían.
La misma cara que la de Gladis, hoy en Los 36 billares. ¿Cómo es tu nombre?, le pregunté. No me gusta… no me sale gritar: moza cuando te tengo que llamar. Gladis, me dijo, y empezó a alejarse para traerme el café. No puede… cómo va a tirar… la escuché decir mientras se acercaba a la barra.
Fotografía Carla Peverelli