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Adiós al cantor del pueblo, al amigo, al Papá Noel derquino

Derqui despidió a Miguel García, querido vecino y personaje de la localidad. Desde su barba blanca, recorrió los barrios entregándoles regalos a los chicos.
23 de septiembre de 2015 - 00:00

Por Víctor Koprivsek

Derqui tiene su gente. Quienes habitan esa comarca son su más valioso patrimonio. Y como todo pueblo que se convirtió en ciudad, el tiempo fue pariendo sus personajes. Entrañables, tiernos, infinitos. En esa categoría entra Miguel García.
Viernes 18 de septiembre por la mañana, de boca en boca se multiplicó la noticia de su partida. Se arremolinaron los bares y se cerraron las gargantas. El Sifonazo, la parrilla que está casi frente a la estación más antigua, se fue llenando de los amigos más queridos. El llamado de la cofradía y los recuerdos no se hicieron esperar.
Entre lágrimas y risas revivieron cientos de anécdotas que tuvieron como gran protagonista a este querido vecino. “Yo soy de Derqui, de Boca y peronista”, repitió tantas veces.
La historia empezaba a escribir un adiós tan mágico e irreal que ni las palabras de esta nota ni la tormenta de este pecho podrán acaso describir. Pasó todo el viernes como una estampida y el sábado amaneció lleno de incertidumbres. Si bien todas las voluntades acompañaron el recorrido del cuerpo, abriéndose puertas para que Claudio, primo de Miguel, avanzara con los trámites pertinentes, la burocracia y alguna insensibilidad ajena hicieron que el sábado no se pudiera llevar adelante el velatorio. A la tarde noche ya estaba el certificado de defunción pero desde la cochería municipal no hubo muchas opciones, domingo de 9 a 12 sería la despedida.
Eran las 21 y a metros de la sala velatoria se empezaba a agolpar la gente. “Hay que esperar hasta mañana”, dijo su primo. Las redes sociales replicaron. Había que pasar otra noche sin Miguel.
“No se quiere ir”, sentenció Willy en la puerta del Sifonazo. Pero de pronto una bomba estalló en el medio de la congoja. Valerga trajo la noticia. “Trajeron el cuerpo. Está en la sala velatoria municipal, lo dejaron ahí y se fueron. Yo lo vi y me crucé, le pregunté si era Miguel y no me quiso contestar el tipo. Dijo que mañana lo velaban. Lo dejaron adentro, va a pasar toda la noche ahí, solo como un perro. Y nosotros acá.”
Se agitaron las aguas y la marea comenzó su temblor. “Miguel hubiera pateado la puerta.” “Miguel nunca nos dejó tirados.” “Pueblada.” “Hay que entrar.” Barretas, labios fruncidos, dureza del barrio cuando te sorprenden con la guardia baja.
“Miguel es importante.” “García es Derqui.” “Hay que entrar, no puede pasar toda la noche solo ahí, detrás de esa cortina.”
Las leyendas se tallan con el clamor del pueblo, se van gestando en mitad de la noche y sus confines. El Buchi estaba firme con el fierro en la mano, no lo quería soltar. Voces de calma, de prudencia. Pero no. Ahí estaba el amigo. Ahí estaba el Papá Noel derquino, el cantor del pueblo.
“Miguel es del pueblo no es de la Municipalidad”, gritó con bronca la “Chola”. Un llamado telefónico a la cochería, del otro lado una voz, Marisol. “Señorita, usted no entiende. García es una persona importante, es un referente de la cultura local”, le decía el Tío Dick en mitad de la oscuridad.
“Mire, señorita, ustedes no me dijeron nada que lo iban a traer a las once de la noche. Yo soy el primo, no soy de acá y esto me supera. Si ustedes no abren yo no puedo responder. Acá la gente va a entrar”, avisó el familiar.
“En una hora va una persona a abrir”, se escuchó. Las campanas dieron las doce. “Nunca vi un velorio así. Todos cantando, riendo y llorando. Pensé que estaba en una película pero era real, estaba pasando ahí”, cuenta una señora el domingo a la noche en el homenaje que se hizo en el Club Unión con pantalla gigante prestada por la querida Biblioteca Palabras del Alma, con músicos, locutores de radios locales. Cuando el coche fúnebre al final te llevó, no queríamos soltarte. Te siguieron las guitarras por la Avenida de Mayo, se detenían los colectivos para darte paso, las mujeres en las veredas se persignaban; si hasta la barrera del paso a nivel se bajó para que no te fueras.
“Y construyó castillos en el aire”, sentenció el Chino Méndez con los ojos llenos de lágrimas. Y yo, mirando de reojo al Tío Dick, sintiendo que se me quebraba el pecho pero que no terminaba ahí. Yo, cantando una vez más, siendo parte del coro inmortal que nunca te dejará solo. Tanta serenata, tanta noche de poesía, tanto abrazo envuelto de barba blanca, tanto piberío juntado para darles un regalo, no un juguete, un regalo. Adiós querido amigo, adiós Papá Noel. Adiós Gran Pez, el mar es infinito, como vos, Miguel García.

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