Carta de lector
La ética viste de negro
Sr. Director:
El pasado 18 de enero, la democracia, la ética y la República vistieron de luto. A 31 años del fallecimiento de Don Arturo Illia, quería rendirle este humilde homenaje, que pretende ser además un merecido reconocimiento. Es una necesidad que surge ante la realidad que impera en nuestra República. Es tiempo de que los argentinos empecemos a valorar, a reconocer, a destacar, a homenajear y sobre todo recuperar a las figuras modélicas de nuestra patria; aquellos hombres y mujeres que con sólida humildad y por ende, ejemplaridad, han desplegado su energía transformadora sobre nuestras tierras, mejorándolas, desarrollándolas de manera cabal y contundente; aquellos hombres y mujeres honestos, que por su inmensa honestidad y sencillez han caído triste e injustamente casi en el olvido.
Quería atreverme a corregir un error que suele cometerse con respecto a su figura. Illia, un fiel defensor de la democracia, jamás aceptó la proscripción del peronismo ni de ningún otro partido político. Esta fue impuesta antes de su llegada al poder por sectores militares que jaqueaban la política argentina.
Una vez en el poder, trabajó hasta donde pudo para una apertura democrática total, como lo demuestra la anulación del decreto ley 4.041 (que prohibía cualquier presencia de simbolismos pejotistas). De hecho, buscó permitir la postulación de candidatos provenientes del peronismo en las elecciones de término medio. Ambos factores enfurecieron a muchos de quienes luego apoyarían su derrocamiento.
A Don Arturo algunos lo llaman “El Caballero de la Democracia”, otros prefieren llamarlo “El Peregrino” de la misma. Cualquier apodo es válido para describir a un Señor Presidente que por las mañanas podía caminar libremente por Plaza de Mayo sin custodia ni temor a ser agredido, un presidente sin nada que esconder. Cualquier descripción puede ser enmarcada por un presidente con logros inimaginables, incorruptible y transparente sin igual, pero por sobre todas las cosas HONESTO. Honestidad: aquello que los argentinos hemos reclamado a todos nuestros líderes de las últimas décadas, con un hiato excepcional sobre la figura de Raúl Alfonsín.
Durante el corto mandato de Illia, la actividad económica creció un 10,3% en 1964 y un 9,5% en 1965. La industria aumentó un 18,9% en 1964 y el 13,8% en 1965, mientras que el gasto público disminuyó del 35,7% en 1962 al 30,5% en 1965, siempre en relación con el PBI. La participación del sector trabajador en el ingreso nacional subió del 36,4% en 1964, al 38,4% en 1965 y al 41% en 1966, cerca del ideal 50% de la socialdemocracia. Logró renegociar los contratos petroleros, recuperando YPF (verdaderamente) para la soberanía nacional.
Al éxito económico lo acompañó un amplio respeto a la democracia y las instituciones, y una notable disminución en las cifras del desempleo: el 8,8% en 1963, el 7,4% en 1964, el 6,1% en 1965 y el 5,2% en 1966. Por citar algunas cifras que hoy, quienes se hacen llamar grandes estadistas, no logran igualar ni con un INDEC mentiroso.
Ni hablar del presupuesto designado a la educación, verdaderamente el más amplio de la historia. Es común escuchar a los adultos mencionar que las escuelas públicas antes solían tener una calidad admirable. Todo tiene un motivo. Illia destinó cerca del 23% a este campo fundamental para el progreso y desarrollo de nuestro país.
Aún así, este balance tan positivo no bastó para que la actitud vergonzosa de algunos “politicuchos” y de presiones extranjeras impulsadas principalmente por aquellos países que preferían que la Argentina continúe siendo un país del tercer mundo, derrocaran al mejor presidente que la Argentina ha tenido, autor de tan magna obra como es el sueño que todos los compatriotas compartimos, el de ser el país que nos merecemos aprovechando las riquezas naturales de nuestra hermosa Nación, únicas en el mundo.
Con Illia, los argentinos dejamos de vivir en una pesadilla para vivenciar un sueño. Un sueño breve. Un sueño que se oscureció frente a una preocupante indiferencia de la sociedad, un factor determinante para que se lograra concretar su injusto derrocamiento.
Illia parecía estar en el lugar indicado, pero en el momento equivocado. La sociedad no logró comprenderlo a tiempo. Hay pocos casos en la historia nacional e incluso mundial, en los que un líder haya sido derrocado con tantos en su contra, pero hay aún menos casos en que la gran mayoría de quienes defendieron fervientemente su derrocamiento se hayan arrepentido de su errónea actitud de manera tan tajante, asumiendo ellos mismos, que su conducta entonces fue un error absoluto y arrepintiéndose públicamente de haberlo hecho.
La historia afortunadamente se ha encargado de ratificar su figura. Nuestra memoria debe recuperarla. Si nuestros dirigentes no lo mencionan, es porque no se encuentran a su altura.
Hoy más que nunca necesitamos que los valores éticos, democráticos y morales que Don Arturo pregonaba sean puestos en práctica nuevamente. Necesitamos mirar en los libros de historia para que veamos lo que fuimos y lo que pudimos ser. Tenemos que comprender lo que podemos lograr. Recuperemos los ejemplos a seguir de nuestra patria. Los VERDADEROS. Aprendamos de ellos ¡Dejemos de jugar al relato y trabajemos en serio!
Dijo alguna vez el sabio doctor Illia: “Una nación está en peligro cuando su presidente habla todos los días y se cree la persona más importante del país”. Una mera coincidencia que se aplica al día de la fecha.
Gracias Illia por demostrar que con honestidad se puede, que con honestidad el país crece en serio ¡Qué distinto sería todo si hubiésemos comprendido a este gran hombre a tiempo! ¡Qué distinto sería nuestro país si hubiésemos seguido su ejemplo! ¡Gracias Illia! ¡Siempre adelante.
Santiago Rodríguez Ali, miembro de la Juventud Radical de Pilar.