Tribuna de los lectores: La víspera entre la luz y la oscuridad
Es triste. Es la impotencia de ver a muchos pibes corriendo, a madres con niños corriendo, niñas y niños llorando asustados. Y un grupo bien claro, de cien y no más, sordos e intolerantes, fogoneando en la esquina de un supermercado ante la mirada pasiva del resto. Justamente de ese resto voy a escribir.
Duplicaban en número a los que querían entrar a saquear, pero estaban ahí, mirando a 20 pasos, engrosando el número del tumulto. Callados pero presentes, tan cerca y tan lejos.
Tan cerca para recibir una bala de goma o lastimarse en las corridas, tan cerca con niños colgando, esperando en las paradas de colectivos de una calle clausurada.
Esos sí eran de Derqui, los que querían entrar a robar, la mayoría no. Hay que decirlo.
Fue justo en el horario de la siesta, ahí se fueron acercando a la estación, llegando de ¿dónde? Con algún que otro adulto trayendo pibes sin importarle si podían salir lastimados, mujeres y hombres adultos, pocos pero estaban, la mayoría hay que decirlo, eran pibes.
Por momentos parecía un juego, pero había armas.
Entonces fueron llegando los cartoneros al tren de la siesta, fueron llegando con sus carros callados y se encontraron con esos que estaban ahí sentados queriendo entrar al supermercado Día, a la carnicería de la estación.
Y así fue como se arrimaron al súper mientras el resto, mirones expectantes de un mundo que se debate entre la luz y la oscuridad, participando sin participar, también se arriaban de a poco. Así fue como llegaron los policías y cuando se abalanzaron los cien que en su mayoría ni siquiera eran de Derqui, cuando rompieron las cortinas metálicas del Día, cuando comenzaron los disparos y las corridas ya no de cien sino de los 300 que estaban en esos 100 metros a la redonda, qué pasó?
En la estampida se mezclaron tibios y saqueadores, niños que estaban esperando el tren con sus madres y madres que fueron con niños a ver qué pasaba.
Y nosotros que estamos juntando juguetes para más de quinientos pibes del barrio Sansouci, nosotros que estamos abriendo los comercios esperando estas fiestas para poder enderezar un poco el bolsillo, nosotros que soñamos una navidad de amor con abrazos repartidos desde hace como una semana, nosotros abuelas, tíos, hermanos, empleados, propietarios, pibes del barrio que quieren y aman a Derqui, nosotros esquina en paz, trabajo y dignidad, cultura y respeto.
¿Y nosotros?
Mirando sin ver a 100 que ni siquiera son de Derqui y tampoco importa, que vienen sin escuchar y con palos, cien nomás, apenas. Nosotros callados, mirando de costado, engrosando las filas de los tibios, los miedosos, los que miran y ni siquiera se animan a arrimarse a un adolescente y decirle con respeto:
- Pibe, no te enganches, cuidate, vos sos valioso.
Ese resto me preocupa más que todas las noticias y las imágenes de la tele, ese resto que mira y se queda ahí como si viera una película, que escucha un rumor y va a ver qué pasa por ver nomás, que cruza con sus motitos o se queda a una distancia de 20 pasos mediocres, brazos cruzados mirando para después murmurar, para decir justificados esos negros de mierda o ¿qué? ¿Qué dicen mientras rompen el negocio de Don Pepe? ¿Qué dicen mientras le cagan la navidad al barrio?
Ahora sí, todos los referentes comunitarios que se dignen de tal, todos los que están al frente de organizaciones barriales, y cuando digo todos quiero decir todos, desde coordinadores de murgas hasta directivos de colegios, dirigentes de clubes, responsables de merenderos, referentes políticos, todos los que se destacan dentro de un equipo de básquet o fútbol, todos los que salen en las fotos y los que no, hoy es el día en que nos tenemos que poner las pilas porque ayer fue viernes y porque venimos luchando por una navidad en paz.
Es el momento de poner lo que hay que poner para sembrar con más fuerza que nunca ese respeto que tanto proclamamos rasgándonos las vestiduras, porque la situación no es la misma que hace 11 años atrás y acá no importan las ideologías políticas ni partidarias, acá está en juego la tranquilidad del barrio, no con armas, no con muerte… con familia, con celebración, con perdones.
Y la tranquilidad del barrio es una conquista de todos.