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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Casi suicidio

22 de septiembre de 2012 - 00:00

 

por Manuel Vázquez

 

Elena es una magnífica cocinera y yo, de puro caradura, además de pedirle que me cuente la historia del suicidio fracasado, le dije que llegaría a su casa sobre el mediodía. Sabía que ella, para quien la cocina es una pasión irresistible, me esperaría con alguna de sus múltiples delicias culinarias.

No me equivoqué. Ni bien salió a  recibirme me anunció que había preparado tallarines caseros con un auténtico tuco de osobuco,  mi plato favorito.

Mientras yo descorchaba el cabernet que había aportado y ella echaba la pasta en el agua hirviente, comenzó a desgranar para mi grabado el siguiente episodio.

“Yo te lo cuento tal cual fue, pero vos después cambiale los nombres y otras cosas así no nos metemos en lío. De todas maneras, vas a ver que unos cuantos van a recordar la historia.

Lisandro Castello no era pilarense. Creo que venía de Córdoba. Por esa época tendría unos treinta años y una pinta bárbara.              A mí siempre me pareció un poco engreído y demasiado cuidadoso de su apariencia, pero las muchachas del pueblo andaban enloquecidas con él que, invierno y verano,  usaba saco y corbata. Bueno, en aquella época casi todos los hombres se vestían así, pero Lisandro tenía unas corbatas de seda italiana que eran la envidia de todo Pilar. Me acuerdo que las usaba con un pañuelito de la misma tela acomodado en el bolsillo superior del saco.

Siempre estaba recién afeitado y el peinado parecía haber sido hecho por un peluquero profesional. Mi hermano, que no lo podía ni ver, decía que a la noche se ponía ruleros y se acotaba con una redecilla en la cabeza, como las mujeres; pero yo no lo creo. Para mí, eran hondas naturales que él, eso sí, sabía acomodar para que quedasen perfectas.

A poco de llegar al pueblo se puso de novio con Perlita Balbuena, una chica quince años más joven que él.  Era bonita, pero no se la consideraba una belleza infartante ni mucho menos.

Los mal pensados de siempre decían que Castello andaba con ella porque, como los padres de la muchacha eran bastante liberales, la dejaban salir sola y que él aprovechaba para hacer lo que no hubiese podido con otra chica de familia.

Lo cierto es que por las tardes, cuando todas las parejas daban la vuelta del perro alrededor de la plaza 12 de Octubre, él y Perlita se iban solos por la calle Rivadavia y cruzaban la Ruta 8 para el lado por donde ahora está la Panamericana, que en esa época era un descampado.

¡Si hubieses oído lo que decían de ellos mi mamá y otras vecinas! ¡Cómo les sacaban el cuero! Eso sí que hubiese sido como para publicar en un diario.

Pero, Lisandro era un picaflor y a pesar de que ponía a su novia en boca de todo el pueblo con esas visitas a los baldíos, igual salía con otras mujeres. Una, con la que mantuvo una relación bastante larga, fue Zulema, una muchacha muy bonita y con un cuerpo escultural que, como él, andaba siempre de punta en blanco y hasta se daba ínfulas de “chica bien”.

Dicen que Castello hacía acrobacias con su tiempo para salir con las dos sin que ninguna conociese la existencia de la otra. Sin embargo yo sé que a Perlita no la engañaba, porque una vez le enviaron una nota diciéndole                que su novio la estaba traicionando. Pero Castello, con su labia, logró convencerla de que todo era una mentira inventada por algunas de las tantas que andaban tras él.

Al comprobar que la chica, de puro enamorada, estaba dispuesta a hacerse la ciega ante sus aventuras, el muy sabandija  perdió toda la prudencia para ocultar sus salidas con la Zulema.

No sé cómo, Perlita se enteró que Lisandro pasaría con su jeep a buscar a la morocha por las cinco esquinas, que en esa época era casi el límite del pueblo, y saldrían hacia Moreno, donde acostumbraban pasar algunas tardes  solos.

La muchacha los esperó entre los arbustos de un terreno baldío de la calle Nazarre y cuando vio venir el jeep con el traidor al volante, salió de su escondite y se plantó ante el vehículo con intención de arrojar contra el parabrisas el enorme cascote que llevaba en su mano derecha.  Por suerte para Lisandro, un taco aguja de los zapatos de la chica se hundió en la tierra húmeda de la vereda haciendo que la pobre, trastabillando,  cayese de bruces varios metros delante del jeep que frenó sólo a unos centímetros.

Zulema, creyendo que el amor de Perlita era tan grande como para haber intentado matarse por la infidelidad de su novio, abofeteó al traidor y se alejó para siempre de su vida mientras que él, conmovido por lo que creyó un intento de suicidio, decidió pedir la mano de la muchacha en matrimonio.

Tres meses más tarde, la pareja se casaba en la iglesia de Pilar y a partir de ese día Perlita se convirtió en una auténtica guardia cárcel del atorrante que no era dueño de dar un paso sin informarle adónde iba”.

El relato fue divertido; los tallarines, fantásticos y el flan con dulce de leche digno de una medalla dorada.  

            

 

 

 

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