Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: El tesoro escondido
por Manuel Vázquez
Don Carlos me recibió en su casa del barrio Río Luján y al tiempo que me mostraba viejas fotografías de la propiedad en que trabajó como jardinero por más de treinta años, empezó a narrarme la historia de la fortuna oculta en ese predio (Aunque él no me lo pidió, preferí cambiar los nombres).
“Cuando Francisco Losada llegó desde España, apenas terminada la guerra civil, Pilar le pareció una gran ciudad si lo comparaba con la pequeña aldea asturiana donde había pasado su niñez. Sin embargo, lo que más lo sorprendió fue la cantidad de comida que se servía en nuestro país. Durante la contienda, ya muchacho, vivió en Oviedo y, según me contó, pasó allí un hambre terrible que aumentó aún más cuando terminó el conflicto y Franco tomó definitivamente el poder. Me confió que en esa época estuvo días enteros sin comer más que una papa cruda y un pedazo de pan negro…
Pero aquí, en la pensión de la calle Lorenzo López donde se había alojado, se deslumbraba con la sopera repleta y el queso rallado listo para espolvorear sobre el plato humeante, o ante la fuente del puchero colmada de carne y verduras. Lo que más disfrutaba eran las gruesas tajadas de queso Mar del Plata y dulce de membrillo que le servían como postre.
Cuando él llegó, la mayoría de los pilarenses entendíamos sólo de vacas, pollos y ponedoras, así que no le costó mucho encontrar trabajo. Había aprendido bastante de electrónica cuando, en España, hacía de mandadero en un comercio que se dedicaba a reparar aparatos de radio; por eso lo aceptaron enseguida en un negocio similar frente a la plaza de Pilar.
Después de un año ahorrando peso sobre peso, pudo poner su propio taller de reparaciones de electrodomésticos. Dos años más tarde se casó con Mercedes Ragno, una chica pilarense de familia acomodada.
Cuando falleció el padre de la muchacha, que era hija única, Francisco cerró taller para dedicarse administrar la fortuna que acababan de heredar; pero se había entusiasmado tanto con los artefactos eléctricos que empezó a devorar todas las publicaciones que aparecían sobre el tema.
Aunque en Pilar todavía nadie tenía, él ideó e instaló en su casa un sistema de seguridad que monitoreaba desde el televisor. También construyó un montón de aparatos que copiaba de revistas especializadas, como un equipo de aire acondicionado, una fabricadora casera de helados y una especie de robot que enceraba y lustraba los pisos.
Durante el verano y los fines de semana, Mercedes y Francisco, que no pudieron tener hijos, se instalaban en la chacra que habían comprado cerca de Manzanares. Allí se había lucido con sus artefactos construyendo lo que hoy casi llamarían “una casa inteligente”. El riego del parque era automático y también la climatización de la pileta funcionaba con sensores de temperatura. Una tolva conectada a un timer racionaba el alimento de los perros guardianes e instaló en el chalé un sistema de seguridad con el cierre electrónico que impedía la entrada o salida si él o su mujer no lo habilitaban con códigos especiales.
Losada nunca había confiado en los bancos y por eso, desde que empezó a administrar los campos y otras rentas, además de comprar propiedades, fue acumulando ahorros en divisas extranjeras y pequeños lingotes de oro que escondía en distintos lugares de la casa.
Cuando esos ahorros se convirtieron en una auténtica fortuna, su mujer, temiendo sufrir un asalto, le pidió que buscase otro sitio para guardarlos y que ni le dijese a ella dónde los iba a poner.
Aprovechando que en la chacra estaban construyendo un quincho, veredas y haciendo diversas reparaciones, Francisco ideó una especie de nicho de seguridad para ocultar su tesoro en algún lugar del campo.
Dos o tres años más tarde, cuando estaba conectando una nueva red de iluminación en el parque de la propiedad, el pobre recibió una descarga eléctrica que lo mató de inmediato.
Mercedes, desconsolada y sin saber qué hacer con todo lo que le quedaba a cargo, reunió a sus sobrinos (futuros herederos) y les pidió que la ayudasen en la administración. Les contó también sobre los enormes ahorros que, según creía, estaban escondidos en la chacra.
Al día siguiente, los muchachos prohibieron a los que trabajábamos allí que anduviésemos solos y siempre había uno de ellos vigilándonos.
¡Tendría que haberlos visto a los muy angurrientos buscando la guita por todos los rincones!
Por ahí les parecía que había un poco de tierra removida o alguna baldosa floja y ya les daban el día libre a los peones y se aparecían ellos mismos con las palas para escarbar aquí y allá. A mí, como me tenían un poco más de confianza, me dejaban que los ayudase. Le juro que a los pocos días dejaron la chacra con más agujeros que un queso gruyere.
Yo enseguida me di cuenta de que se desconfiaban entre ellos. Se vigilaban continuamente y si uno cambiaba el coche o algo así, enseguida se armaban discusiones acusándolo de haber descubierto parte del tesoro escondido.
Hace unos años, cuando murió Mercedes y los muchachos se hicieron cargo de la chacra, la cosa empeoró todavía más.
Para evitar que alguien topase con el escondite, despidieron a todo el personal, incluso a mí, y contrataron vigilancia para que nadie pudiese entrar, ni siquiera los guardias, que sólo están autorizados a rodear por afuera el alambrado perimetral.
Ahora la casa está siempre cerrada y los pastizales han ido cubriendo todo. La pileta de natación, que era una hermosura, está repleta de agua estancada. Ellos no van casi nunca y, cuando lo hacen, entran todos juntos, pero ya casi ni revisan.
Como cuando nos despidieron me indemnizaron como correspondía, yo quedé bien con ellos y de vez en cuando me llaman para hacer algún trabajito de jardinería en sus casas.
Hará unos meses estuve en lo del mayor y me contó que tiene ganas de demoler chalé y hacer arar todo el campo para buscar el escondite así venden la chacra de una vez, pero los hermanos no están de acuerdo y prefieren dejar las cosas como están.
A estas alturas yo ya creo que la guita no está allí. Para mí, Francisco Losada la fue mandando de a poco a España, donde tenía una hermana con varios hijos; porque una vez, cuando le ayudé a cambiar unas tejas del chalé, me dijo que su sueño era volver rico a su aldea y ayudar a sus sobrinos para que pudiesen estudiar en la universidad.
A estos no les digo nada. Son tan miserables que merecen seguir peleándose como perros y gatos por una plata que, quizás, ya no existe.”