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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: El otro Alberto Castillo

por Manuel Vázquez
28 de julio de 2012 - 00:00

Allí donde Pilar se desgranaba en casuchas cada vez más pobres, donde las veredas no existían y los tapiales de ladrillos asentados en barro o los cercos de ligustrinas se convertían en simples alambrados de tres o cuatro hilos tras los cuales pastaban unas pocas vacas; allí, entre dos sauces, se levantaba el rancho de Alberto Castillo.

En realidad, su libreta de enrolamiento rezaba Jorge Alberto Castillo, pero él, a fuerza de ocultarlo, había hecho desaparecer el primer nombre para ser llamado como el médico y cantor de tangos que hacía furor por aquellos años.

Pero nuestro Alberto Castillo no cantaba. A los cuarenta años  mantenía una voz aflautada, casi femenina, que le había ocasionado más de una cargada en los bares y milongas que frecuentaba desde muy joven; porque nuestro hombre era salidor y tanguero.

Imposibilitado de cantar, y procurando hablar en público lo menos posible, aprendió a tocar el bandoneón que su madre pudo comprarle vendiendo las alianzas matrimoniales y el reloj con cadena de plata del  padre tempranamente fallecido.

Sin embargo, Alberto tampoco era muy hábil con la digitación. Intentaba ganarse la vida reemplazando a los bandoneonistas que se enfermaban en las orquestas mediocres que se presentaban en prostibularios cafetines porteños. También, en su casa, enseñaba los rudimentos del fuelle a niños que no tenían el menor interés en aprender, pero cuyos padres soñaban con un hijo músico.

Castillo vivía con su madre doblada por los años y la artritis. Generalmente era ella quien paraba la olla lavando ropa ajena en un enorme fuentón de cinc que llenaba bombeando el agua.

Las más de las veces, en el rancho semiderruido se cenaba mate y pan duro. En ocasiones también se almorzó lo mismo.

Como el dinero siempre escaseaba, el brasero para cocinar y caldear la vivienda apenas se encendía con dos pedazos de carbón, incluso en las más frías noches de invierno. Una sola vela se usaba para alumbrar la única habitación que hacía las veces de cocina, comedor, sala y dormitorio. También allí, con las camas ocultas tras una cortina de cretona pendiente de un alambre, el bandoneonista recibía a sus alumnos.

Todo faltaba en aquel rancho, menos el traje bien planchado, las camisas inmaculadas y los zapatos de brillo impecable que utilizaba Alberto en sus presentaciones.

Cuando las orquestas se presentaban en los bailes organizados en los pueblos del interior, los músicos, y aún más los cantantes, sabían hacer fulminantes conquistas entre las muchachas enamoradizas. El aura de “artistas” que los rodeaba las atraía como la miel a las moscas. Sin embargo, la abulia de Alberto Castillo y el temor a que se burlasen de su voz, lo mantenían aislado y afectaban su vida sentimental.

Pese a que algunas jóvenes se le acercaban al terminar la actuación, seductoras en los entallados vestidos y con las bien torneadas piernas enfundadas en medias con costuras posterior, el músico parecía no tener ojos para ninguna. Y así, mientras sus compañeros desaparecían un buen rato en compañía femenina, él continuaba improvisando en el bandoneón para los que, ya medio borrachos, se detenían a escuchar sus solos deplorables.

Sin embargo, una noche de carnaval, cuando ya terminaba el baile en el Racing Club de Baradero, se le acercó una rubia monumental. Ante tanto despliegue de belleza, los dedos del inconmovible Alberto se congelaron sobre los botones de marfil.

-  Usted no es mujeriego como sus compañeros - cuentan que le dijo sentándose a su lado en la silla que había dejado libre el guitarrista del conjunto.

Él recordó la vergüenza de su voz aflautada y decidió no hablar. Simplemente llenó de aire el fuelle y se dispuso a dedicarle un tango; tal vez “Nieblas del Riachuelo”, su preferido. Pero ella lo detuvo apoyando una mano enjoyada sobre el bandoneón.

 

-No. No sigas. No lo hacés bien.

 

Alberto la miró con desconcierto. Aunque él lo sabía, nadie le había dicho en la cara que era un mal músico. Sabía que sólo lo llamaban para hacer reemplazos y que únicamente los borrachos se quedaban a escucharlo cuando la orquesta culminaba su actuación, pero él hacía suyos los aplausos dedicados al conjunto, y sus alumnos de Pilar lo llamaban “maestro”.

 

-  Sí, no sos bueno con el bandoneón; pero en una de esas  servís para tocar otras cosas… ¿No?- dijo la rubia encendiendo un cigarrillo y acercándole su cuerpo en el palco desierto.  

 

El bandoneonista sintió el alcohol en su aliento, vió sus ojos vidriosos y notó la mancha de vino sobre el escote del vestido.

Olvidando lo que ella opinaba de su música, Alberto comenzó a ejecutar un largo lamento en compás de dos por cuatro. Los dedos de su mano izquierda se detenían parsimoniosos en los bajos, mientras los de la derecha jugaban sobre los botones haciendo llorar y reír alternativamente a las notas más altas. Mantenía sus ojos cerrados. No podía verla pero la sentía allí, escuchaba su respiración anhelante, percibía su perfume y lo acaloraba la turgencia de los pechos rozando uno de sus brazos.

Siguió tocando como nunca lo había hecho, o al menos eso le pareció; por eso no escuchó los pasos del comisario Beltrán, el marido de la rubia borracha, que se acercaba al palco. Sólo sintió que, de pronto, el aire escapaba del rígido pulmón que tenía entre sus manos y, en cada una de ellas, sintió el peso de medio instrumento.

Alarmado, Alberto abrió los ojos. El bandoneón había sido limpiamente cortado en dos y ante él, el comisario, sostenía una daga enorme y lo miraba desafiante con los ojos tan vidriosos como los de su esposa.

Lentamente, Beltrán volvió el arma a su vaina y tendió la mano hacia su mujer que, sonriendo estúpidamente, se dejó llevar por la sala de baile ya vacía.

La rubia no se volvió para mirar al bandoneonista. De haberlo hecho, lo hubiese visto llorar sobre el fuelle inútil.

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