El banquete de bodas se realizaba en la cancha de pelota paleta del hotel Centenario que, por aquella época, estaba en la esquina de Independencia y Belgrano. No era común que en Pilar alguien convocase a una fiesta de casamiento fuera de su casa pero, como la vivienda de Insúa, padre de la novia, era humilde y sin capacidad para tantos invitados; y la familia del novio, además de ser rica no era del pueblo, optaron por organizar el festejo en ese improvisado comedor, a una cuadra del templo.
Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Otras bodas de sangre
Los Freixas, en cuya estancia Insúa trabajaba, le habían ofrecido su enorme casona para realizar la reunión, pero prefirieron no hacerla allí porque, si llovía, sería imposible para los invitados llegar por callejones convertidos en auténticos lodazales.
Fue así que el sábado en que se celebraría la boda, cerca del mediodía, llegaron a Pilar los padres del novio y ocuparon las habitaciones reservadas en el sencillo y único hotel “como la gente”.
Campechano y prepotente él, frágil y con aspecto enfermizo ella, rechazaron la invitación a recorrer el pueblo que les hizo su hijo cuando fue a saludarlos con su futura esposa quien, delante de esos suegros de apellidos patricios, no se atrevía a levantar los ojos del piso. También declinaron el convite a almorzar con los Insúa, quienes, endomingados y nerviosos, los esperaban en su casa repasando mil veces la disposición de la sencilla loza sobre la mesa cubierta con blancos manteles prestados por “la patrona” de la estancia.
El joven Alejandro Las Heras Bullrich había llegado a Pilar hacía menos de un año con su flamante título de ingeniero bajo el brazo. Lo habían contratado los Pando para proyectar una serie de canales que ayudasen a disminuir la pérdida de hacienda y cosechas de sus campos cada vez que el Luján se salía de madre.
Mientras estuvo alojado en el pretencioso casco de la estancia Carbassa, Alejandro conoció a Isabel Insúa, una mucamita adolescente de rostro apenas pecoso y cabello color trigo maduro. Le fue suficiente hablar con ella dos o tres veces para quedar totalmente enamorado, pero la muchacha andaba en secretas relaciones con Celestino Ponce, un apuesto peón, y no demostraba ningún interés por el joven ingeniero de doble apellido.
Alejandro, coincidiendo con Francisco de Quevedo en aquello de que “el desdén es el arma más poderosa que las bellas manejan”, creyó que la vasquita, simulando indiferencia y que, rehuyendo su presencia, sólo buscaba seducirlo hasta tenerlo “en la muerte del anzuelo”. Creyó también que la muchacha, decidida a no ser usada y burlada como muchas bonitas campesinas, buscaba que él diese pruebas de la seriedad de sus intenciones. En realidad, eran tan auténticos sus propósitos que, totalmente ciego y sin sospechar siquiera que un peón podía ser su rival, le propuso matrimonio.
Sorprendida, Isabel lo rechazó cortésmente, pero Alejandro Las Heras Bullrich, dispuesto a salirse con la suya y demostrando hasta qué punto era sincero, se presentó una tarde en la humilde casa de los Insúa para solicitar la mano de la muchacha en un acto que, ya entonces, estaba pasado de moda.
Los millones de los Las Heras eran muchos, y extensos eran también los campos de los Bullrich; así que los vascos presionaron a su hija para que aceptase tan tentadora propuesta. La niña intentó resistirse pero, acostumbrada a obedecer, terminó sometiéndose a la voluntad de sus progenitores que, ahora, junto al almuerzo que les habían despreciado, debían tragar el desdén de sus futuros consuegros.
La iglesia de Pilar estaba repleta cuando entró la novia, sin embargo las mujeres del pueblo, que esperaban ver los deslumbrantes vestidos de las señoras de la alta sociedad porteña relacionadas con los Las Heras, se llevaron una gran desilusión. Salvo la madre del novio y una hermana viuda que concurrió para acompañarla, nadie llegó hasta el pueblo para asistir a la boda.
Culminada la ceremonia, la mayoría de los presentes se dirigió caminando hasta el hotel Centenario para participar del banquete. Mientras, los contrayentes se llegaban hasta la casa de fotografías para que les tomasen el “retrato oficial”.
Los notables del pueblo, especialmente invitados, lucían tan envarados como los padres de la novia ante los aristocráticos visitantes. Por su parte, éstos, sin el menor interés por confraternizar, demostraron en todo momento que sólo estaban ahí para no desairar a su único hijo.
Culminada la comida, la pequeña orquesta venida desde San Isidro arrancó con el vals y los novios salieron a la pista; elegante y enamorado él, hermosa y ausente ella. Luego deberían haberse sumado sus padres, pero la señora de Las Heras, argumentando un repentino malestar, se negó a girar en brazos de su consuegro quien, para disimular el desaire, sacó a valsear a la hermana viuda que, tomada por sorpresa, aceptó el convite sin tener en cuenta el cerrado luto que la cubría. Llegó, al fin la hora de despedir a los flamantes esposos que serían conducidos hasta la estación para abordar el tren rumbo a Córdoba e iniciar su viaje de bodas.
La volanta cargada de baúles y valijas comenzó a traquetear por una tenebrosa y despoblada calle (hoy Nazarre). De pronto, un jinete apareció en una de las esquinas y gritó el alto al cochero. Cuando el vehículo se detuvo, el hombre, sin desmontar, abrió la puerta del coche y tendió un brazo hacia la novia que, aferrándose a él, saltó sobre la grupa del caballo.
Alejandro Las Heras Bullrich, acostumbrado desde chico a usar armas, aunque mucho más sofisticadas que aquellas con las que sus antepasados se apropiaron de leguas y leguas de campo masacrando indígenas, sacó la pistola que siempre llevaba en la sobaquera y abrió fuego sobre las sombras que comenzaban a alejarse.
En la oscuridad que no alcanzaba a quebrar el farol pendiente del eje del vehículo, se oyó un grito de mujer y luego el golpe de un cuerpo que se desplomaba sobre la calle de tierra.
En las tinieblas, el jinete sofrenó el caballo unos metros más allá. Tras unos instantes, el joven de apellido patricio volvió a disparar hacia la negrura impenetrable cuando, casi desde abajo del estribo de la volanta en que aguardaba parado, surgió la hoja de un facón y se le hundió en la garganta.
El cochero, anonadado, alcanzó a divisar como Celestino Ponce, con amoroso cuidado, cargaba en sus brazos el cuerpo sin vida de Isabel y se perdía en la noche llevando su caballo por la brida.