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Tribuna del lector: Disputatio nominis (“discusión acerca de los nombres”)

por Daniel Hirsch*
30 de mayo de 2012 - 00:00

En los últimos días se ha suscitado en la discusión pública pilarense, un debate tan interesante como infructuoso, a saber, revisar y cambiar los nombres de determinadas calles del centro de la ciudad como así también de la periferia, en una suerte de genuino revisionismo histórico.

Esto me recuerda a una cuestión filosófica, igual de sofisticada e igual de estéril, la llamada disputatio nominis o el “problema de los universales”. Este problema filosófico, si bien tiene su origen allá por el siglo V a.c, con el viejo Heráclito, toma gran relevancia y con gran razón, en la Edad Media, con exponentes de la talla de Pedro Abelardo, Anselmo de Canterbury, Santo Tomás y hasta Guillermo de Ockhan. La disputa consiste en saber si los nombres o universales, le pertenecen a los objetos o si el nombre es meramente un sonido articulado, simple artificio humano o si tal vez haya un designio divino en el nombre que poseen los objetos.

Lo cierto es que esta disputa medieval, llevó por un lado a grandes divisiones entre los filósofos; se conformaron varias corrientes de pensamiento en torno a ella, por ejemplo: nominalistas, conceptualistas, realistas (moderados y exagerados), por citar a las principales. Por otro lado, no es menor el detalle de saber que la discusión le llevó a la filosofía desde el siglo IV hasta el siglo XII, ocho siglos, 800 años discutiendo acerca de los nombres de las cosas, y como es de esperar, el intríngulis no se resolvió.

Cuál es la interpretación de toda esta anécdota… La filosofía o el arte de someter todo al pensamiento crítico, a la interrogación y al cuestionamiento, que había nacido en Grecia problematizando sobre el hombre, la ética, la política, el conocimiento y el universo; se vio en la Edad Media, clausurada en su vocación de discutir los problemas que interesan al hombre real y concreto y restringido su campo de acción, a ser una mera sierva de la teología o mero divague intelectual que en nada afectará al poder de turno y desdeñará su principal finalidad, la de cuestionar las verdades establecidas. Tal es así, que este hecho mereció para esta etapa de la historia, el mote de “oscurantismo”, debido al absurdo de opacar las discusiones realmente importantes y no cuestionar hechos evidentes de aquellos años, como el sistema feudal de ordenamiento social, el esclavismo como modo de producción económico, las monarquías hereditarias y los excesos de las influencias papales.

¿Qué quiero decir con esto? No es nuevo ni novedoso, que en las sociedades, intelectuales, legisladores, personalidades públicamente reconocidas y opinólogos de varios pelos, se enrosquen, desde los más elaborados argumentos, hasta las falacias por demás verosímiles, en discusiones vanas, que en nada modifican la vida de los mortales de a pie. Horas y horas, litros de tinta, portadas de diarios, etc., etc., derrochadas en disputas, que al fin y al cabo, sólo importan a un reducido número de iniciados en el tema, que exacerban los ánimos de propios y ajenos, pero que poco inciden en la concreción de cambios efectivos y transformadores para la sociedad, dejando al descubierto, la distancia que existe entre, el microclima de los iniciados y el hombre o la mujer común.

Pregunto al respecto, ¿no será más productivo pensar en lugar del nombre de la calle, pensar en la esencia de la calle? Es decir, preocuparnos por lo que sucede sobre ellas, el tránsito. Mientras los iniciados discuten sobre la pertinencia de tal o cuál nombre para las calles, cada año en Pilar, la cantidad de muertes por accidente de tránsito va en preocupante aumento. Interrogantes tales como la capacitación de conductores y peatones, señalización vial, controles de seguridad y de prevención, planificación urbana y reordenamientos vehiculares, estacionamientos, veredas, estado y conservación de la vía pública, etc., etc… ¿No será más productivo dedicarse a problematizar sobre la esencia de las cosas, que de sus accidentes? Preocuparnos después de todo, por lo que atañe a los problemas que cotidianamente aquejan al hombre y la mujer concretos.

Para finalizar, si bien es importante y loable, homenajear a nuestro querido Néstor Kirchner, y apoyaremos todos los homenajes que a él se realicen, debemos ponderar en su justa medida el orden de la agenda pública, a los fines de resolver los problemas importantes y no formar parte de discusiones distractivas. Como dijo Umberto (sin H) Eco: “La rosa no perdería su perfume, si se llamara de otra manera”.

 

*ex candidato a concejal de Pilar.

 

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