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Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Los crímenes de La Lonja

por Manuel Vázquez
19 de mayo de 2012 - 00:00

“-Ya sé que usted no ha de persignarse, porque ya me han dicho que es bastante hereje, –me dijo doña Carmen mientras apretaba con sus nonagenarios dedos las cuentas del rosario de azabache –pero cuando se refieren ciertas cosas, es mejor poner el nombre de Dios de por medio”.

“-Lo que voy a contarle sucedió aquí no más, cerca del arroyo Pinazo cuando todavía tenía el agua clara y hasta se podía pescar algo en él.

A pocas cuadras de la ruta 8 había una casa de material. No era una belleza, pero se le veía sólida y amplia. Estaba rodeada por un monte de frutales que era una maravilla. ¡Viera usted qué duraznos y ciruelas había allí por el verano; y qué naranjas hermosas en otoño! También tenían un gallinero enorme y hasta un chiquero en el fondo de la propiedad.

Los dueños de todo eso eran dos hermanos solteros que andarían por los cuarenta años más o menos y que se apellidaban Bisutti. Eran italianos, y habían llegado a la Argentina en busca de mejor fortuna, como llegamos todos los que cruzamos el mar hace tanto tiempo.

Los hermanos compararon ese pedacito de tierra y la trabajaban juntos. También abrieron una pequeña carpintería en un galpón vecino a la casa.

No salían jamás y nadie había entrado nunca en la propiedad. Los que iban a encargarles algún trabajo de carpintería, a comprar huevos o fruta, eran atendidos en el portón de rejas.

Un día llegó de Italia una prima veinteañera que había quedado huérfana y a la que ayudaron con el pasaje. La idea era hospedarla en la casa los primeros tiempos, mientras ella buscaba acomodo. Era una rubia muy bonita. Yo le vi una o dos veces en el almacén de Monti, en La Lonja. Recuerdo que la pobre no hablaba ni una palabra de castellano y le costaba hacerse entender.

Resulta que la muchacha se quedó a vivir con los dos primos y, según parece, se ocupaba de la limpieza, de la cocina y de la ropa. Pronto tuvieron un bonito jardín y pintaron las paredes. Además, los solterones comenzaron a vestir ropas planchadas hasta para trabajar en la carpintería.

De vez en cuando se llegaban los tres hasta Pilar. Pasaban primero por la iglesia a rezar y luego iban al cine de doña Susa, en la avenida Tomás Márquez, siempre que la película que diesen fuese italiana. Luego volvían los tres en el sulkey que habían comprado para sacar a pasear a la parienta.

No pasó mucho tiempo sin que algunos comenzasen a decir que los dos hermanos se habían enamorado de la muchacha.    Otros, los peor pensados y puercos, llegaron a comentar que ambos vivían con ella como si fuesen marido y mujer. No me pregunte usted si las cosas las hacían por turno o todos a un tiempo, porque yo de esas porquerías no quise nunca saber; pero lo cierto es que, aunque dejaron de rezar en la iglesia, los tres Bisutti andaban de lo más alegres y sonrientes.

Mi marido, a quien Dios guarde, me contó que un día en que se había llegado hasta la carpintería para hacer arreglar unas sillas, vio que la chica entraba a llevarles dos jarros con café a sus primos. Mientras se los alcanzaba, uno de ellos le dio un mal disimulado pellizco en una nalga y el otro le tiró un beso pensando que mi finado no miraba en ese momento.

Pasaron así casi un año hasta que, una tarde, los niños de unos vecinos fueron a comprarles huevos. Golpearon las manos y, al ver que nadie iba a atenderles, decidieron saltar el cerco y llegarse hasta la casa. No llevaban miedo a que les sorprendiese algún perro porque era sabido que “los tanos”, como todos les llamábamos, los odiaban.

Los pequeños rodearon la vivienda hasta que descubrieron una ventana abierta y por ella llamaron a voces. Como no les respondieron, con la imprudencia que tienen las criaturas, decidieron entrar por allí y dar una ojeada a la misteriosa casa.

Cruzaron la salita aspirando el perfume de la cera con que la italianita lustraba los pisos de pinotea y, al abrir la puerta de uno de los dormitorios, quedaron helados ante el cuadro que descubrieron sus ojos inocentes. Sobre la cama, desnudos, estaban los cuerpos de la muchacha y uno de sus primos, acribillados ambos por los perdigones de dos escopetazos, como se supo luego.

Entrada la noche, cuando el juez había permitido retirar los cadáveres para llevarlos vaya a saber a dónde y hacerles la autopsia, la policía encontró el cuerpo del segundo de los hermanos. Se había ahorcado colgándose de un tirante del techo del galpón en que funcionaba la carpintería. En sus manos encontraron luego rastros de pólvora, indicando que él había disparado el arma que mató a sus parientes.

Como usted ya habrá pensado, todos supusimos que se trató de un arranque de celos. Lo que al principio habían creído poder compartir, se les hizo luego imposible. El resultado de semejante aberración terminó con los tres.

La casa estuvo mucho tiempo cerrada y algunos vecinos, con la escusa de impedir que muriesen de hambre, se alzaron con las aves de corral y los cerdos. Casi un año después llegó un abogado para liquidar todo con un poder otorgado por los herederos desde Italia.

No fue fácil vender la propiedad que ya era conocida como “la casa de los tres muertos”, y menos aún cuando comenzó a correrse la bolilla de que, por las noches, se veían luces a través de las ventanas. También decían que, en cada aniversario de la tragedia, se oían dos disparos de escopeta que parecían surgir del interior de las habitaciones desiertas.

Unos alemanes, Goldberg o algo así, compraron luego la propiedad pero vivieron allí muy poco tiempo. Cuentan que debieron marcharse porque veían ciertas cosas que nunca quisieron comentar.

Al final, no sé con orden de quien, la tiraron abajo y vendieron el terreno baldío”.

 

Ya había anochecido cuando me despedí de doña Carmen y me encaminé hacia la finca del relato. Estuve unos cuantos minutos parado frente al portón de rejas, único resabio de aquella historia que acababa de contarme.

 

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